El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 1
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El secreto de Statenville (Cal Murphy 1)

El secreto de Statenville (Cal Murphy 1)

Por R.J. Patterson

© inepub.com

Capítulo 1

Capítulo Uno

CODY MURRAY CAMBIÓ DE POSTURA EN su sillón reclinable mientras hojeaba su revista deportiva favorita. Quedarse quieto no formaba parte de sus habilidades, ni dentro ni fuera del campo. Vivía como jugaba: siempre en constante movimiento.

Pero era domingo por la tarde y Cody intentaba relajarse.

Solo tenía dos vicios, uno de los cuales consistía en perder el tiempo leyendo revistas deportivas nacionales.

Del otro había disfrutado quince minutos antes.

Sabía que estaba mal, pero, para un atleta que nunca paraba, era el complemento perfecto para su régimen de entrenamiento.

Sin embargo, últimamente Cody se había vuelto menos riguroso con aquel segundo vicio y a veces se entregaba a él por puro placer.

Cody sabía que los esteroides eran perjudiciales y difíciles de conseguir, sobre todo en un pueblo rural del sur de Idaho.

Así que ni siquiera se molestó en intentarlo.

Quería que su impresionante físico fuese fruto de su propio esfuerzo; solo necesitaba un poco de ayuda, un pequeño empujón durante los entrenamientos. Era inofensivo... al principio.

Cody se clavó las uñas irregulares en el brazo izquierdo para aliviar un leve picor justo por encima del codo.

Era una molesta distracción que le impedía leer la revista y soñar con aparecer algún día en la portada.

Por improbable que pareciera que el escurridizo quarterback de un equipo rural de fútbol americano de ocho jugadores de Idaho, que apenas medía un metro ochenta y tres, recibiera varias ofertas de becas importantes, Murray lo había conseguido. ¿Por qué no la portada? , se preguntó.

Pero esos pensamientos lo abandonaron cuando comenzó el picor.

Al principio parecía un picor cualquiera.

Cody esperaba que desapareciera con un rápido rascado.

Pero no fue así; empeoró. ¿Qué me pasa? , pensó mientras se examinaba los brazos.

En ellos estaban apareciendo ronchas rojas que se extendían hacia el pecho y la espalda. Rascarse no parecía sino empeorarlo.

En menos de un minuto, su musculoso cuerpo de atleta quedó cubierto de ronchas.

Solo podía pensar en aliviar aquel dolor abrasador.

Cody se levantó de un salto del sofá, salió tambaleándose por la puerta trasera, dio un salto enorme desde la terraza y echó a correr a toda velocidad hacia un álamo temblón situado a unos veinte metros.

Había perdido toda capacidad de razonar.

Se clavó las uñas en el pecho mientras golpeaba la espalda contra el árbol y empezó a frotarse contra el tronco, impulsándose hacia arriba desde una posición agachada en un intento por detener el picor.

Sus esfuerzos solo intensificaron la irritación de la piel.

Desesperado por encontrar alivio, Cody regresó corriendo a la casa, arrancándose por el camino la camiseta de entrenamiento de Statenville, y se dirigió directamente al baño de sus padres.

En su frenética búsqueda de algo que pudiera ayudarlo, Cody agarró un tubo de crema contra el picor.

Vació su contenido blanco en la mano derecha y se lo untó por todo el pecho desnudo y la espalda.

Seguía sin sentir alivio. El picor aumentó.

Cody volvió a salir corriendo en busca de otro árbol. Tal vez, sin la camiseta, consiga detener el picor. Más allá de la desesperación, hundió cada mano en el antebrazo opuesto, cayó sobre la hierba y se revolcó y rascó mientras gritaba de dolor.

El intenso picor era como un fuego que le abrasaba la superficie del cuerpo. Cody chilló y se retorció en el suelo, sometido a una tortura insoportable. Sus esfuerzos parecían inútiles, pero se negó a rendirse.

Tenía el cuerpo cubierto de ronchas sangrantes mientras se retorcía en la hierba.

Una última convulsión espasmódica y el picor cesó.

También su respiración. Regueros de sangre dibujaban siniestros motivos sobre su pecho.

Su cuerpo yacía bajo el sol de Idaho como los restos desechados de un sádico ritual ocultista.

Nadie creería que Cody Murray, la mayor estrella del fútbol americano de Statenville en cincuenta años, hubiera muerto de tanto rascarse.