CAPÍTULO 29 Irene frente al Códice de San Millán
BLOQUE 1
Irene pidió quedarse a solas con el Códice durante la primera hora de la mañana.
No completamente sola.
Las normas no lo permitían y tampoco habría querido trabajar de ese modo. Fray Julián permanecía cerca y Sebastián revisaba en otra sala las últimas transcripciones del mapa de procedencias.
Alrededor de la mesa, sin embargo, no había nadie.
Eso le bastaba.
Durante semanas Irene había examinado el volumen como restauradora antes incluso de saber con certeza qué tenía delante.
Lo había seguido a través de sus daños.
La pérdida inferior de la cubierta y la reparación histórica del lomo habían servido para reconocer una continuidad que las descripciones catalográficas ya no conservaban.
Incluso aquella depresión dejada por un antiguo elemento desaparecido había resultado más estable que muchos nombres escritos en fichas sucesivas.
Había aprendido a confiar en esas marcas porque no pretendían contar una historia.
Simplemente estaban allí.
Aquella mañana ya no necesitaba identificar el manuscrito.
Necesitaba decidir qué hacer con él.
Y ésa era una responsabilidad distinta.
Encontrar una pieza de aquella importancia generaba enseguida una presión difícil de contener. Todos parecían tener una acción preparada: limpiar algo, reforzar una estructura, digitalizar cuanto antes o preparar el volumen para mostrarlo.
Cada propuesta podía tener sentido de manera aislada.
Juntas podían producir exactamente aquello que intentaban evitar.
Una intervención demasiado rápida.
Irene colocó frente a sí las fotografías tomadas durante la documentación inicial.
Después observó la cubierta real.
No buscó belleza.
Buscó estabilidad.
El cuero mostraba fatiga, pero seguía cumpliendo su función. La reparación del lomo era deficiente según criterios contemporáneos, aunque retirarla sin una razón estructural podía provocar daños nuevos.
El cosido presentaba debilidades localizadas.
Algunos folios requerirían mayor protección antes de incrementar la frecuencia de apertura.
Nada de eso justificaba desmontar el volumen.
Irene abrió el informe y escribió:
Objetivo prioritario: estabilización y conservación preventiva. No reconstrucción estética.
Leyó la frase antes de continuar.
No quería transformar todas las intervenciones antiguas en elementos intocables.
Una reparación podía tener valor histórico y, al mismo tiempo, estar generando tensiones perjudiciales.
Si eso ocurría habría que actuar.
Pero actuar no significaba borrar.
Añadió:
Toda modificación necesaria deberá documentar previamente el estado y la razón técnica de la intervención.
Eso se acercaba más a lo que quería.
No conservar mecánicamente cada daño.
Tampoco intervenir porque existiera la posibilidad de hacerlo.
Decidir solo cuando fuera necesario.
Pasó después a la falta inicial.
Aquellas hojas llevaban siglos ausentes.
Habían formado parte de la descripción del volumen mucho antes de la catalogación moderna.
No había nada que reconstruir.
Fabricar visualmente un comienzo hipotético habría creado una integridad que nunca habían conocido.
Irene escribió:
No reintegrar pérdidas de contenido mediante reconstrucciones hipotéticas.
Después observó los añadidos de papel.
Durante décadas habían contribuido a que alguien considerara moderno el conjunto.
Resultaría fácil tratarlos como intrusiones y separar esas hojas para recuperar una supuesta pureza medieval.
Irene rechazó la idea.
Aquellos añadidos pertenecían a la historia de uso.
El error no estaba en que existieran.
Estaba en haber utilizado la cronología de una capa tardía para fechar todo el volumen.
La corrección debía hacerse en la interpretación.
No destruyendo el objeto que había producido la confusión.
Escribió:
Conservar los añadidos posteriores integrados históricamente al volumen como parte de su estratigrafía material.
Estratigrafía.
La palabra le parecía adecuada.
No tenía delante un objeto detenido en un solo momento.
Tenía un volumen que había acumulado tiempo.
Las reparaciones y los cambios materiales no eran accidentes externos a su historia.
Eran parte de ella.
Durante años Irene había desconfiado de la palabra devolver aplicada a objetos antiguos.
¿Devolver a qué momento?
Elegir un supuesto estado original podía significar borrar todo lo ocurrido después.
El Códice no necesitaba retroceder.
Necesitaba poder continuar.
Al final de la primera sección escribió:
La intervención no debe buscar un estado ideal anterior. Debe asegurar la continuidad material del volumen actual sin eliminar las evidencias de su historia.
Recién entonces levantó la mirada.
Ya no veía solamente la pieza que había ayudado a identificar.
Veía algo sobre lo que, durante un tiempo, algunas decisiones dependerían de ella.
Y por primera vez sintió el verdadero peso del hallazgo.