El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) BLOQUE 3
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Irene pidió una última sesión de documentación material antes de continuar con el estudio sistemático del contenido.

Todavía no hablaba de restauración.

Quería registrar el estado actual con la precisión suficiente para que cualquier cambio futuro pudiera compararse con una base clara.

Sebastián la encontró revisando imágenes de la cubierta y del lomo.

—¿Cuánto falta para restaurarlo?

Irene levantó la vista.

—No sé si hay que restaurarlo.

Sebastián había esperado esa respuesta.

Desde que se confirmó la identidad, demasiadas personas hablaban de intervención como si encontrar un manuscrito importante obligara a modificarlo.

Irene señaló el daño del ángulo inferior.

—Esto ayudó a demostrar la continuidad material.

Si una intervención antigua hubiera reconstruido por completo esa zona para mejorar el aspecto de la cubierta, parte de la evidencia habría desaparecido.

Lo mismo ocurría con la depresión dejada por el elemento ausente y con las reparaciones históricas del lomo.

Los daños no eran únicamente defectos.

También podían conservar información.

—Entonces, ¿qué harías? —preguntó Sebastián.

—Lo mínimo necesario.

Había sectores que podían requerir estabilización.

Pero antes debían documentar qué correspondía a intervenciones anteriores y qué debía preservarse como evidencia de la biografía material del volumen.

El objetivo no era devolver el Códice a una apariencia supuestamente original.

Era permitirle continuar existiendo sin borrar lo que le había ocurrido.

Sebastián comprendió.

—Entonces la procedencia también está en el objeto.

—Claro.

Una costura rehecha podía ser tan informativa como una ficha de archivo cuando podía situarse dentro de una secuencia documental.

Sebastián pensó nuevamente en el título de sus notas.

La historia no era solo quién había conservado.

También importaba cómo.

No todas las reparaciones históricas serían aceptables según criterios actuales.

Eso no significaba que hubieran sido inútiles.

Irene mostró una intervención antigua del lomo.

—Hoy no la haríamos así.

—Pero mantuvo unido el volumen.

Irene sonrió.

—Eso podemos decir. No que alguien “salvó el Códice”.

Sebastián aceptó la corrección.

Volvía a intentar construir héroes.

Fray Julián entró con una pequeña caja documental.

Había encontrado una nota técnica posterior a una reparación:

Se asegura el cosido por hallarse flojo y peligrar la pérdida de hojas. No se modifica la cubierta.

Irene la leyó con atención.

—Esto sí importa.

La intervención había sido limitada al problema que amenazaba la integridad de los folios.

La cubierta se mantuvo.

No podían juzgar aquella actuación con terminología contemporánea, pero sí comprobar que alguien había decidido intervenir sin reemplazar toda la estructura.

Irene pidió que la referencia quedara vinculada al informe material.

Objeto y documentación volvían a encontrarse.

Mauro llegó poco después.

Leyó la nota.

—Cada vez que abrimos una caja aparece alguien haciendo su trabajo.

Fray Julián respondió:

—Quizá eso explique por qué todavía queda algo que estudiar.

Nadie contestó inmediatamente.

La respuesta parecía demasiado sencilla después de tantos años de misterio.

El Códice no había sobrevivido gracias a una organización clandestina ni a una voluntad continua que atravesara los siglos.

Había sobrevivido mediante decisiones discontinuas tomadas por personas que casi nunca se conocieron entre sí.

Algunas copiaron.

Otras conservaron o entregaron.

Hubo también quienes registraron mal una pieza, pero dejaron suficiente información para que otro pudiera corregirlos más tarde.

Sebastián miró a Irene.

Hasta entonces el desafío había sido localizar e identificar.

Ahora comenzaba otra etapa.

Conservar el volumen sabiendo ya lo que era.

Irene cerró la carpeta de fotografías.

—Ahora nos toca a nosotros.

Sebastián entendió que no hablaba de propiedad.

Hablaba de ocupar durante un tiempo un lugar dentro de la misma cadena.

Por primera vez dejó de pensar exclusivamente en todo lo que habían tenido que hacer para llegar hasta el Códice.

Pensó en quien vendría después.

En alguien que revisaría sus informes y posiblemente encontraría errores.

En otra persona que evaluaría dentro de años las decisiones de Irene.

No podían controlar lo que esas personas concluirían.

Solo podían dejar suficiente evidencia para que pudieran hacerlo mejor.

El Códice de San Millán había sobrevivido porque, una y otra vez, alguien permitió que otro pudiera continuar.

Ahora la pregunta ya no era qué habían decidido quienes los precedieron.

La pregunta era qué iban a decidir conservar ellos.