El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) BLOQUE 2
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Leandro leyó las notas esa misma tarde.

Se detuvo en la frase sobre quienes habían conservado lo suficiente para que otros supieran después.

—Falta algo.

Sebastián esperó.

—A veces se conservaba porque no se confiaba en que el siguiente archivo siguiera siendo accesible.

Eduardo Velasco había hecho copias de numerosos documentos.

No porque creyera necesariamente que los originales serían destruidos.

Sabía que el acceso podía perderse.

Sebastián pensó en las copias que habían permitido reconstruir varias ramas de la investigación.

—Eso también es conservación.

Leandro asintió.

Irene preguntó:

—¿Eduardo copió documentos que después ya no pudieron localizarse?

—Sí.

Irene afinó:

—¿O simplemente no volvieron a encontrarse donde él los había consultado?

Leandro sonrió.

—Ya aprendí la diferencia.

Mostró una reproducción fotográfica hecha décadas atrás.

El documento original había pertenecido a un fondo particular cuya organización cambió después.

Actualmente nadie podía precisar su ubicación.

Pero la imagen conservaba suficiente información como para utilizarla con cautela.

Una de las conexiones del mapa habría quedado mucho más débil sin aquella reproducción.

Mauro miró a Leandro.

—Entonces Eduardo también fue custodio de algo.

Leandro negó.

—Del Códice, no.

—No dije del Códice.

La frase lo detuvo.

Eduardo había custodiado documentación sobre la búsqueda.

No porque una institución se lo hubiera encargado.

Porque decidió conservar lo que encontraba.

Sebastián entendió que tal vez ésa fuera la verdadera herencia que había llegado hasta Leandro.

No un derecho sobre el volumen.

Un archivo.

Leandro miró la pantalla.

—Eso sí puedo heredarlo.

—Sí.

—¿Y la obligación de conservarlo?

Sebastián respondió:

—Si decidís asumirla.

La precisión importaba.

Una responsabilidad moral no nacía automáticamente del apellido.

Leandro tenía la posibilidad de aceptarla.

—Entonces la asumo.

No hubo solemnidad en su voz.

Eso hizo que Sebastián lo creyera.

Leandro añadió que quería una digitalización completa del archivo de Eduardo relacionado con el Códice.

Los originales podían seguir bajo su custodia privada mientras decidía su destino, pero no quería que la investigación dependiera otra vez de una única copia familiar.

Irene preguntó:

—¿También las páginas que contradicen la versión que ustedes sostuvieron durante años?

Leandro respondió:

—Sobre todo ésas.

La frase cerraba una transformación importante.

Durante buena parte de la investigación, Leandro había compartido documentación auténtica pero seleccionada desde la interpretación familiar.

Ahora proponía preservar también aquello que demostraba sus errores.

Sebastián preguntó:

—¿Por qué?

Leandro cerró la carpeta.

—Porque no quiero que dentro de cincuenta años alguien tenga que reconstruir otra vez dónde nos equivocamos.

Era exactamente la lección que habían extraído del Códice.

Corregir no implicaba borrar el error.

Mauro sonrió.

—Vas a terminar financiando la demostración de que el libro no te pertenece.

Leandro también sonrió.

—Parece un mal negocio.

Aquella tarde comenzaron a mirar el archivo de Eduardo desde otra perspectiva.

Ya no solo por lo que decía sobre el manuscrito.

También por la manera en que conservaba el recorrido de la propia investigación.

Había notas corregidas años después.

Hipótesis abandonadas seguían visibles.

Algunas copias estaban acompañadas por dudas expresas sobre su procedencia.

Eduardo no siempre había tenido razón.

Lo importante era que había conservado el camino de sus errores.

Eso permitía saber por qué una hipótesis había sido descartada y en qué punto una interpretación familiar había empezado a apartarse de las fuentes.

Sebastián comprendió que también eso era una forma de custodia.

Una investigación podía deformarse si alguien conservaba únicamente la conclusión final y eliminaba todo lo que había llevado hasta ella.

Leandro podía ahora abandonar una parte de la tradición familiar sin sentir que traicionaba a Eduardo.

En realidad hacía lo mismo que él.

Cambiar de conclusión cuando aparecía una fuente mejor.

Fray Julián llegó mientras hablaban de la digitalización.

Escuchó a Leandro y preguntó:

—¿Quiere dejar los originales aquí?

—Todavía no lo sé.

El monje asintió.

—Entonces consérvelos bien.

Leandro pareció sorprendido.

—Pensé que me iba a pedir que los entregara.

Fray Julián sonrió.

—Después de todo esto sería extraño confundir custodia con propiedad justo ahora.

Por primera vez, la frase ya no pertenecía a una disputa.

Todos entendían lo que significaba.