BLOQUE 2
Sebastián entró cuando Irene llevaba más de una hora trabajando.
No habló enseguida.
Reconoció la expresión con la que ella examinaba los objetos antes de decidir si debía intervenir.
Se sentó al otro extremo de la mesa.
—¿Qué encontraste?
Irene negó.
—Hoy no estoy buscando nada.
Sebastián miró el informe.
—Entonces estás más peligrosa.
Ella sonrió.
Le entregó las primeras páginas.
Sebastián leyó sin fingir conocimientos que no tenía.
Entendía, sin embargo, que Irene no estaba preparando una lista de tratamientos.
Estaba definiendo un criterio.
—¿Nada de una gran restauración?
—Nada de una restauración pensada para que las fotografías del antes y después resulten impresionantes.
Sebastián devolvió las hojas.
Irene señaló la imagen ampliada del lomo.
—Estas reparaciones forman parte de la continuidad que usamos para identificarlo. Pero tampoco significa que nunca puedan tocarse.
Le mostró un sector donde la tensión estaba afectando una zona más débil.
—Con aperturas repetidas podría empeorar.
—Entonces ahí sí habría que intervenir.
—Localmente. Sin desmontar toda la estructura para rehacerla como si supiéramos cuál fue su estado perfecto.
Sebastián entendió.
No se trataba de venerar cada reparación antigua.
Se trataba de intervenir solo donde hiciera falta y conservar la máxima información posible.
—¿Digitalización?
—Sí. Pero después de estabilizar los puntos críticos y con una apertura controlada.
Eso tenía una ventaja adicional.
Una buena reproducción reduciría buena parte de la manipulación futura del original.
—¿Y exposición?
Irene respondió sin dudar.
—No por ahora.
—Va a haber presión.
—Lo sé.
Sebastián miró la caja.
—Es el Códice de San Millán.
Irene levantó la vista.
—Eso no hace más resistente el pergamino.
La respuesta lo hizo sonreír.
Pero el problema era serio.
Cuanto mayor fuera la importancia pública del objeto, mayor sería la demanda de acceso.
El descubrimiento podía crear riesgos que el anonimato había evitado durante décadas.
Sebastián recordó el protocolo.
—Entonces para vos el problema empieza ahora.
—Sí.
Ella miró el volumen.
—Vos necesitabas demostrar qué era. Yo necesito que sobreviva a todo lo que viene después.
La frase no sonó solemne.
Describía su trabajo.
Irene abrió otra sección del informe.
Tampoco quería que la nueva importancia del volumen justificara análisis materiales innecesarios.
Las técnicas futuras podían mejorar.
Una muestra consumida ahora por curiosidad podía impedir estudios más útiles dentro de décadas.
—Podemos usar métodos no invasivos cuando haya una pregunta concreta —dijo—. Pero no quiero tecnología aplicada solo porque esté disponible.
Sebastián tomó una hoja.
—Entonces: ningún análisis sin una pregunta histórica o material definida.
Irene asintió.
Después añadió:
—Quiero otra cosa.
—¿Qué?
—Que quede registrado quién decide cada intervención importante y por qué.
Sebastián entendió enseguida.
Habían reconstruido buena parte de la historia material gracias a notas técnicas que en su momento parecieron menores.
Irene quería ofrecer la misma posibilidad a quienes trabajaran después.
Si algún día alguien encontraba una zona modificada por ella, no tendría que adivinar el motivo.
—Eso significa que podrán revisar tus decisiones.
—Ésa es la idea.
—Y decir que te equivocaste.
—Espero que puedan hacerlo.
Sebastián pensó en Eduardo Velasco.
En sus hipótesis corregidas.
En la diferencia entre esconder un error y dejar documentado cómo había surgido.
La lógica era la misma.
Conservar no significaba intentar ser la última persona autorizada a decidir sobre un objeto.
Significaba dejar suficiente información para que otro pudiera corregirte.
Irene cerró el informe.
—No necesito que mi intervención dure para siempre.
Sebastián la miró.
—¿Qué necesitás?
—Que el Códice sí.