BLOQUE 2
Leandro había preparado aquel argumento mucho antes de saber que el Códice estaba localizado.
Su documentación lo demostraba.
No traía afirmaciones grandilocuentes.
Había copias notariales y referencias familiares vinculadas con entregas reales, además de inventarios privados cuya autenticidad parcial ya habían podido comprobar.
Sebastián comprendió que Leandro no había heredado únicamente una obsesión.
Había heredado un archivo.
Era incompleto y había sido interpretado durante generaciones desde una perspectiva familiar, pero buena parte de él era auténtica.
Leandro señaló el documento principal.
—Mi antepasado recibió esos materiales con una obligación concreta de conservación mientras existiera riesgo.
Mauro señaló la cláusula siguiente.
—Y con obligación de devolverlos.
—Cuando correspondiera.
—Eso está escrito.
Leandro no lo negó.
La fórmula de restitución era imprecisa.
Hablaba de entrega a quien legítimamente correspondiere cuando las condiciones fueran seguras.
No identificaba de manera expresa a los Velasco como destinatarios posteriores.
Tampoco nombraba a Yuso en esa cláusula.
Sebastián intervino antes de que Leandro utilizara la ambigüedad a su favor.
—Una omisión no crea un derecho.
Leandro sostuvo su mirada.
—No digo que lo cree. Digo que obliga a estudiar a quién correspondía la restitución y si esa obligación llegó a cumplirse.
El argumento era más serio que una simple pretensión de propiedad.
Por eso Sebastián lo escuchó.
Leandro explicó que su familia había conservado documentación asociada con aquella responsabilidad incluso después de perder el control material sobre los objetos. Desde su perspectiva, la obligación nunca había sido formalmente cerrada.
Irene preguntó:
—¿Qué significaría hoy, para vos, que esa responsabilidad siguiera vigente?
Leandro respondió:
—Que nuestra documentación y nuestra posición histórica deban ser tenidas en cuenta en cualquier decisión relevante sobre el volumen.
—¿Estás pidiendo posesión?
—No en este momento.
Mauro soltó una risa seca.
—Durante años hablaste de incorporarlo a tu colección.
Leandro no evitó el golpe.
—Sí.
—Entonces no podés fingir que nunca quisiste tenerlo.
—No lo estoy fingiendo.
Su respuesta fue más tranquila de lo que Mauro esperaba.
—Durante años creí que el volumen podía estar fuera de cualquier custodia estable. Pensé que podía terminar en el mercado o en manos privadas sin condiciones adecuadas. En ese contexto consideraba mi colección una alternativa de conservación.
Irene intervino:
—Que una colección tenga buenos medios de conservación no convierte a su propietario en titular de cualquier pieza que pueda proteger.
Leandro asintió.
—Eso lo entiendo mejor ahora que sabemos dónde estuvo.
Sebastián observó la carpeta.
Ésa era la contradicción central de Leandro.
Su interés por conservar no era falso.
Había invertido dinero en patrimonio y sostenido investigaciones documentales reales.
Pero durante años había confundido la capacidad de preservar una pieza con la legitimidad para decidir sobre ella.
Ahora tenía delante la prueba más incómoda.
El manuscrito había sobrevivido dentro de una institución que había cometido errores catalográficos, pero que nunca había perdido la posesión material del objeto ni destruido los antecedentes necesarios para recuperar su historia.
Leandro dijo:
—No estoy pidiendo que me entreguen el Códice.
Mauro respondió:
—Por ahora.
Sebastián levantó una mano.
—¿Qué pedís concretamente?
Leandro abrió otra carpeta.
—Que la documentación de mi familia sea incorporada al estudio de procedencia y que se reconozca la etapa en que los Velasco fueron responsables de determinados materiales. Después quiero que se examine si aquella responsabilidad produjo algún efecto jurídico transmisible.
Fray Julián habló:
—¿Y si la conclusión es que no produjo ninguno?
Leandro tardó.
—Entonces tendré que aceptarlo.
Sebastián tomó el documento principal y lo dejó en el centro.
—Hay cosas que podemos reconocer desde ahora.
Leandro esperó.
—La participación histórica de tu familia está documentada y va a formar parte de la reconstrucción.
La expresión de Leandro se relajó apenas.
Sebastián continuó:
—También es cierto que parte de los papeles que conservaste aportó información válida. Eso no convierte automáticamente en correcta la interpretación familiar de esos papeles.
Leandro no respondió.
—Ahí está la diferencia —dijo Sebastián—. Podemos reconocer una responsabilidad histórica sin convertirla en un derecho patrimonial actual si los documentos no permiten hacerlo.
Leandro bajó la mirada.
—Eso es lo que quiero que se examine.
—Y se va a examinar.
Mauro intervino:
—Históricamente sabemos que custodiar no equivale a poseer.
Leandro giró hacia él.
—Sabemos que son conceptos distintos. Lo que todavía falta determinar es qué efectos tuvo esa custodia concreta.
Sebastián comprendió que, formulado así, el conflicto real recién empezaba.
Ya nadie discutía la existencia del Códice ni la autenticidad básica de los documentos familiares.
Discutían qué significado podía conservar en el presente una obligación de custodia adquirida siglos atrás.
Y esa respuesta no podía deducirse únicamente de la emoción de una familia ni de la conveniencia de la institución que conservaba el volumen.