El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) BLOQUE 3
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Leandro vio el Códice esa misma tarde.

No porque lo exigiera.

Sebastián consideró que, después de reconocer la relevancia de su documentación, impedirle verlo habría sido innecesario. La consulta se realizó bajo las mismas condiciones aplicadas a los demás.

Cuando la caja llegó a la sala, Leandro dejó de hablar.

Irene lo observó.

Había esperado impaciencia.

Encontró algo más próximo al temor.

Durante toda su vida el manuscrito había sido una ausencia alrededor de la cual su familia había construido recuerdos y discusiones.

Ahora estaba a punto de convertirse en un objeto real.

La caja se abrió.

Leandro contempló la cubierta oscura sin acercarse demasiado.

La pérdida inferior era visible.

También la irregularidad histórica del lomo.

—Mi abuelo describió esa cubierta.

Sebastián respondió:

—A partir de documentos. No tenemos prueba de que la hubiera visto personalmente.

Leandro asintió.

—Lo sé.

Parecía molesto consigo mismo.

—Durante años pensé que quizá había sabido más de lo que escribió.

—No encontramos evidencia de eso.

Irene permitió la apertura mínima autorizada.

Leandro vio el pergamino.

No pidió tocarlo.

Sebastián reparó en ese detalle.

El hombre que durante años había hablado de incorporarlo a una colección privada no extendía la mano cuando finalmente tenía el manuscrito delante.

—Entonces éste es —dijo Leandro.

—Sí.

—El de la referencia de Nájera.

—El mismo.

Leandro observó las hojas.

—¿Y las menciones a los lugares de la ruta?

Sebastián corrigió:

—Algunas forman parte del contenido documental del volumen. No debemos convertirlas automáticamente en etapas de su recorrido físico.

Leandro sonrió por primera vez con naturalidad.

—Siempre encontrás una palabra para corregir.

—Cuando hace falta.

Leandro volvió la vista hacia el manuscrito.

—¿Qué contiene realmente?

—Todavía estamos estudiándolo.

—¿Lo que mi familia pensaba?

Sebastián comprendió la pregunta.

—Parte de aquella hipótesis parece bien orientada. Hay referencias a entregas y noticias sobre otros escritos, pero todavía no vamos a definir la función completa hasta estudiar el conjunto.

Leandro cerró los ojos unos segundos.

—Mi padre decía que este libro no sería importante por hablar de sí mismo. Decía que importaría por lo que recordara de otros.

Sebastián lo miró.

—¿De dónde sacó esa idea?

—De una nota de Eduardo.

Sacó una reproducción manuscrita de su carpeta.

No la había mostrado antes porque nunca había podido relacionarla con una referencia concreta.

Eduardo había escrito que el volumen parecía haber funcionado como una memoria auxiliar para reconocer entregas y noticias sobre otros escritos desplazados.

La nota no demostraba el contenido del manuscrito.

Pero mostraba que Eduardo había llegado, a partir de documentación histórica, a una interpretación cercana a lo que ellos comenzaban a comprobar.

Al final aparecía una frase:

Si alguna vez vuelve a localizarse, deberá estudiarse antes de decidir quién puede reclamarlo.

Sebastián volvió a leerla.

—Eduardo no escribió que perteneciera a los Velasco.

—No.

—Dejó abierta la cuestión.

—Exactamente.

Ahí se veía cómo una ambigüedad había cambiado al pasar de una generación a otra.

Eduardo había planteado una pregunta.

Más tarde la tradición familiar empezó a tratarla como una certeza.

Sebastián devolvió la copia.

—Esta nota va a incorporarse al estudio.

Leandro asintió.

—Y quiero que se examine también la posibilidad de que aquella responsabilidad familiar tenga alguna consecuencia actual.

—Se examinará.

Sebastián añadió:

—Igual que se examinará la posibilidad de que no la tenga.

Leandro sostuvo su mirada.

—Aceptado.

Irene comenzó a cerrar el manuscrito.

Leandro permaneció quieto mientras la cubierta desaparecía bajo la protección.

Sebastián ya no veía a un coleccionista calculando cómo añadir una pieza excepcional a sus fondos.

Veía a alguien enfrentado a una posibilidad distinta.

Tal vez el mayor legado de su familia no fuera un objeto.

Tal vez fuera una obligación que ellos habían conservado en la memoria aun después de perder la claridad sobre su verdadero alcance.

Antes de salir, Leandro se detuvo.

—Hay algo que siempre interpretaste mal de nosotros.

Sebastián esperó.

—Mi abuelo no buscó este libro porque quisiera exhibirlo. Mi padre tampoco. Lo buscaban porque estaban convencidos de que alguien de nuestra familia había aceptado conservar algo y que esa obligación nunca se había cerrado.

Sebastián miró la carpeta familiar.

Aquella formulación era distinta.

No hablaba de propiedad.

—Entonces tendremos que averiguar qué significaba exactamente conservar.

Leandro asintió.

—Y si esa obligación terminó.

Salió de la sala.

Mauro esperó a que la puerta se cerrara.

—Le acabás de abrir la puerta a una reclamación.

Sebastián recogió la nota de Eduardo.

—Le abrí la puerta a demostrarla.

Fray Julián comenzó a revisar nuevamente la documentación familiar.

En todas aquellas páginas aparecían personas obligadas a recibir, conservar o restituir.

No surgía una compraventa del manuscrito.

Tampoco una transmisión hereditaria clara de dominio.

Los Velasco tenían una historia auténtica dentro de la cadena.

Eso era indiscutible.

Lo que todavía no tenían era una prueba de que aquella historia hubiera convertido una responsabilidad en propiedad.

Sebastián cerró la carpeta.

La pregunta ya no era si los Velasco habían formado parte de la vida del Códice.

Eso estaba demostrado.

La cuestión era otra.

Si generaciones enteras habían recibido el volumen para conservarlo hasta que correspondiera entregarlo, ¿qué documento permitía afirmar que en algún momento había dejado de ser algo confiado para convertirse en algo propio?

Por ahora, ninguno.