El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) CAPÍTULO 20 El derecho que reclamaba Leandro
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CAPÍTULO 20 El derecho que reclamaba Leandro

BLOQUE 1

Leandro Velasco llegó a San Millán poco después del mediodía.

No pidió ver el Códice.

Eso fue lo primero que sorprendió a Mauro.

Sebastián había imaginado que entraría exigiendo respuestas después de una búsqueda que había ocupado a varias generaciones de su familia. En cambio, Leandro dejó el abrigo sobre una silla y apoyó una cartera de documentos sobre la mesa sin abrirla.

Parecía cansado.

No había euforia en su expresión.

Tampoco la actitud de alguien dispuesto a discutir desde el primer minuto.

Fray Julián permanecía cerca de la ventana. Irene había decidido quedarse y Mauro también. Sebastián no veía razón para convertir aquella conversación en un encuentro privado. El volumen estaba bajo custodia institucional y cualquier reclamación debía examinarse dentro de ese marco.

Leandro miró a Sebastián.

—Me dijiste que era definitivo.

—Sí.

Esperó.

Sebastián no reconstruyó toda la investigación.

—El volumen regresó a Yuso en el siglo XX.

Fue recibido y permaneció dentro de la institución.

Aurelio Montalvo limitó temporalmente la visibilidad de su procedencia porque las antiguas equivalencias podían utilizarse para localizar determinadas piezas.

La documentación no fue destruida, pero quedó repartida entre instrumentos que después dejaron de consultarse juntos.

Leandro escuchaba sin moverse.

—¿Lo encontraron?

Sebastián respondió directamente.

—Sí.

La expresión de Leandro cambió apenas.

Bajó la mirada hacia la mesa y tardó unos segundos en volver a levantarla.

—¿Es el Códice de San Millán?

—Sí. La identificación está demostrada.

Leandro se sentó.

Durante un momento pareció no saber qué decir.

Finalmente abrió la cartera.

—Mi abuelo murió creyendo que había llegado tarde.

Sebastián guardó silencio.

Leandro acarició la tapa de una carpeta.

—Mi padre pensó durante años que el error estaba en Burgos. Después sospechó que la última entrega había sido mal interpretada. Yo crecí escuchando distintas versiones de la misma ausencia.

Irene comprendió entonces que la primera reacción de Leandro no pertenecía al coleccionista.

Pertenecía al nieto de hombres que habían dedicado buena parte de sus vidas a una búsqueda inconclusa.

Sebastián dijo:

—Eduardo estuvo más cerca de lo que pudo saber.

Leandro lo miró.

—¿Cuánto?

—Parte de la documentación que conservó tu familia era auténtica y algunas de sus reconstrucciones resultaron correctas, aunque determinadas conclusiones no lo fueran.

Leandro sonrió brevemente.

—Mi abuelo habría aceptado eso.

Abrió la carpeta.

—Entonces tenemos que hablar de otra cosa.

Mauro se movió.

—¿De qué?

Leandro colocó una copia sobre la mesa.

—De por qué mi familia nunca entendió que estuviera buscando algo completamente ajeno.

Sebastián reconoció parte de la documentación.

Habían visto fragmentos durante la reconstrucción de la participación de los Velasco, pero no aquella versión completa.

El texto documentaba una entrega temporal relacionada con una rama familiar.

No describía una compraventa.

Tampoco una donación.

La fórmula establecía una responsabilidad de conservación y una restitución posterior sujeta a determinadas condiciones.

Mauro levantó la vista.

—Esto es custodia.

Leandro respondió:

—Es una responsabilidad transmitida.

—No es propiedad.

—No dije que lo fuera.

Sebastián continuó leyendo.

La documentación permitía afirmar que un miembro de la familia había recibido materiales en una situación de riesgo con obligación de conservarlos hasta que pudiera producirse la restitución.

Aquello tenía relevancia histórica.

Pero no bastaba para transformar una obligación temporal en dominio sobre el objeto.

Leandro sacó otras hojas.

Había referencias posteriores que demostraban continuidad familiar en la guarda de documentación asociada con aquella etapa.

No formaban una línea perfecta.

Sí resultaban suficientes para demostrar que los Velasco habían ocupado un lugar real dentro de la historia de custodia.

Sebastián cerró la carpeta.

—¿Qué reclamás exactamente?

Leandro tardó en contestar.

—Que se reconozca que mi familia no apareció por accidente en esta historia.

—Eso ya está demostrado.

—Y que se examine si aquella responsabilidad terminó realmente cuando otros dieron por supuesto que había terminado.

Ahí estaba el punto.

Leandro no negaba que el manuscrito hubiera regresado a Yuso.

Lo que sostenía era que una responsabilidad histórica recibida por sus antepasados podía haber dejado algún derecho o posición transmisible.

Sebastián volvió a apoyar la carpeta sobre la mesa.

—Eso hay que demostrarlo por separado.

Leandro asintió.

—Por eso vine.