BLOQUE 3
La primera imagen que envió Inés mostraba una relación administrativa de varias páginas.
Nada en su aspecto sugería que una de aquellas líneas pudiera resolver la identificación de un manuscrito buscado durante generaciones.
Sebastián amplió la entrada.
La referencia era la misma que aparecía dentro del volumen.
Antes de leer la denominación quiso comprobar el contexto.
La relación utilizaba aquellas referencias para identificar materiales vinculados con transferencias anteriores y añadía, según el caso, procedencias o nombres tradicionales.
La entrada que buscaban comenzaba:
Libro grande de pergamino, falto al comienzo, venido de San Millán.
Una anotación posterior, pero claramente antigua respecto de las copias que ya habían examinado, añadía:
El que llaman Códice de San Millán, de memorias y entregas.
Nadie habló.
No era una declaración solemne.
Alguien había necesitado identificar con mayor precisión un volumen y había escrito la denominación con la que era conocido.
Eso era exactamente lo que faltaba.
Sebastián pidió a Inés imágenes completas de la página y de las hojas inmediatas de la misma serie para comprobar que la anotación perteneciera realmente al documento.
El contexto era coherente.
No había indicios de que aquella denominación hubiera sido incorporada durante las catalogaciones modernas.
La relación era anterior a la pérdida de identidad del siglo XX y había servido, además, como antecedente de copias posteriores.
La genealogía documental empezaba a resultar clara.
La relación de Nájera vinculaba la referencia con la denominación Códice de San Millán.
Almarza había cotejado esa correspondencia en el siglo XIX y había sido suficientemente prudente para no confundir identidad con ubicación.
Mucho después, el volumen regresó a Yuso y atravesó las sucesivas reorganizaciones que ellos ya habían reconstruido.
La referencia interior hallada por Irene cerraba ahora ambos extremos.
Sebastián no quiso convertir aquello en una larga lista de pruebas.
La lógica podía expresarse de manera más sencilla.
El volumen actual conservaba una marca administrativa antigua.
Esa misma marca identificaba en documentación independiente un libro de pergamino incompleto procedente de San Millán.
La relación de Nájera añadía que aquel volumen era “el que llaman Códice de San Millán”.
Y la documentación posterior permitía seguirlo hasta el ejemplar que tenían delante.
Irene preguntó:
—¿Existe alguna explicación alternativa que encaje mejor?
Sebastián repasó mentalmente las posibilidades.
Para que se tratara de otro volumen sería necesario admitir una reutilización no documentada de la misma referencia o una sustitución física que tampoco aparecía en los controles conservados.
La hipótesis de una anotación moderna introducida para crear una falsa identidad resultaba incompatible con su posición bajo una intervención antigua de la encuadernación y con la existencia independiente de esa referencia en documentos anteriores.
Siempre era posible que un documento histórico contuviera un error.
Pero cualquier alternativa debía explicar conjuntamente la referencia, la procedencia y la continuidad documental.
Ninguna lo hacía mejor.
Sebastián levantó la vista.
—No encuentro una explicación alternativa que dé cuenta del conjunto con la misma consistencia.
Mauro esperó.
—Entonces decilo como lo escribirías.
Sebastián miró la reproducción de Nájera.
—El volumen conservado actualmente en Yuso bajo la referencia moderna que hemos seguido es el mismo identificado en las relaciones históricas como Códice de San Millán.
Fray Julián cerró los ojos.
Nadie corrigió la frase.
La identificación histórica estaba demostrada.
Cuando regresaron a la sala de consulta, el volumen seguía llevando su nombre administrativo moderno.
Nada cambiaría de inmediato.
Habría que documentar el hallazgo y someter la propuesta de recatalogación a los procedimientos correspondientes.
También eso formaba parte de la conservación.
No podían corregir una historia de simplificaciones mediante una nueva precipitación.
Irene abrió únicamente lo necesario para volver a comprobar la antigua referencia.
Sebastián colocó a distancia la reproducción de la relación de Nájera.
La misma combinación aparecía en ambos lugares.
Mauro preguntó entonces:
—¿Le avisamos a Leandro?
La pregunta trasladó el problema a otro terreno.
La familia Velasco había conservado documentación auténtica relacionada con la búsqueda.
Eso no convertía esa documentación en un título de propiedad.
Sebastián sabía, sin embargo, que Leandro tenía derecho a conocer la conclusión antes de verla convertida en noticia o publicación.
—Tiene que saberlo.
—¿Antes de hacerlo público?
—Sí.
Irene preguntó por qué.
—Porque parte de la documentación que conservó su familia ayudó a reconstruir esta historia. Y porque ahora necesitamos saber qué posición adopta ante un volumen cuya identidad y custodia ya pueden demostrarse documentalmente.
Fray Julián preguntó:
—¿Y si sostiene que pertenece a su familia?
Sebastián cerró la carpeta.
—Tendrá que demostrarlo con documentos, igual que hemos tenido que demostrar nosotros cada afirmación.
No había desafío en la frase.
Era el método aplicado a todos.
Sebastián envió un mensaje breve.
No mencionó revelaciones ni utilizó ninguna expresión grandilocuente.
Solo escribió que necesitaban reunirse en San Millán porque habían alcanzado una conclusión definitiva sobre el volumen buscado durante generaciones.
La respuesta llegó poco después:
Voy.
Irene permaneció junto a la caja.
Hasta entonces, el conflicto con Leandro había girado alrededor de una búsqueda y de documentos familiares cuya interpretación todavía podía discutirse.
Ahora el objeto existía ante ellos con una identidad históricamente demostrada y bajo custodia institucional.
Sebastián volvió a mirar la referencia del manuscrito y la reproducción de Nájera.
La prueba que faltaba ya estaba allí.
El problema siguiente ya no consistiría en determinar qué era el Códice.
Consistiría en establecer qué derechos podía demostrar cada parte sobre un objeto cuya historia había sobrevivido mejor que su nombre.