El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) BLOQUE 3
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La caja correspondiente al grupo C-2 llegó al final de la tarde.

No contenía un inventario único.

Había fichas acumuladas durante años.

Algunas mecanografiadas.

Otras corregidas a mano.

Muchas conservaban referencias anteriores tachadas o añadidas en momentos diferentes.

Era el tipo de conjunto que podía parecer caótico si uno esperaba un sistema creado de una sola vez.

Sebastián no lo vio así.

Aquellas capas eran precisamente lo que necesitaban.

Partieron de la relación de traspaso que enlazaba el antiguo número del depósito B con el grupo C-2.

La ficha apareció más rápido de lo esperado.

La nueva descripción decía:

Manuscrito religioso. Pergamino. Fragmentario.

Mauro la leyó.

—Ya ni siquiera dice que falta el comienzo.

Irene tomó la tarjeta.

—“Fragmentario” absorbe eso y mucho más.

Sebastián buscó la referencia anterior.

Estaba escrita a lápiz en el reverso.

Coincidía con el número del depósito B.

La continuidad quedaba demostrada.

Mismo objeto administrativo.

Descripción nueva.

La ficha todavía no contenía una signatura estable.

Abajo había una observación:

Mantener separado de los manuscritos identificados hasta concluir revisión de procedencia.

Mauro frunció el ceño.

—Otra vez la procedencia.

La nota era importante.

Demostraba que el problema seguía abierto.

Quien la escribió sabía que la integración definitiva dependía todavía de una cuestión de procedencia.

Eso no permitía atribuirle ninguna intención especial.

Ni siquiera sabían si la persona era la misma que había ordenado abandonar la referencia antigua.

Sebastián comprobó la fecha.

Era posterior.

—Esto no es todavía el cambio que buscamos.

Mauro señaló la descripción.

—Pero es otro nombre.

—Sí.

Irene dejó la ficha sobre la mesa.

Sebastián repasó mentalmente las distintas denominaciones que el manuscrito había acumulado desde su regreso.

Algunas describían soporte.

Otras resumían contenido.

Otras simplemente registraban su estado incompleto.

Todas podían referirse honestamente al mismo volumen.

Ninguna contenía la identidad histórica.

Fray Julián permaneció mirando la tarjeta.

—Podría haber leído esto cien veces.

Sebastián levantó la vista.

—¿Y?

—Nunca habría pensado en el Códice.

No había culpa.

Era la constatación más importante del día.

El manuscrito no había necesitado estar escondido para permanecer perdido.

Bastaba una descripción que no pudiera conectarlo con su historia.

Mauro dio vuelta la ficha.

Había una flecha.

Remitía a otro documento.

No era una nota de conservación ni un movimiento interno.

Decía:

Nueva descripción propuesta.

Mauro preguntó si la buscaban.

Sebastián miró la hora.

Podían pedirla.

Pero prefirió detenerse.

No por cansancio.

Habían cerrado una etapa probatoria.

El Códice había regresado a Yuso y podían seguirlo después durante décadas a través de sucesivas reorganizaciones.

La continuidad física e institucional seguía intacta.

Lo que se degradaba era la precisión de las palabras utilizadas para describirlo.

No había ocurrido de golpe.

Era una deriva.

Cada nuevo instrumento reducía algún vínculo con el pasado.

Primero desaparecía la procedencia emilianense explícita.

Después la referencia antigua dejaba de mantenerse.

Más tarde se perdían rasgos materiales capaces de individualizar la pieza.

Finalmente quedaba:

Manuscrito religioso. Pergamino. Fragmentario.

Sebastián abrió el cuaderno.

Escribió:

EL CÓDICE NO DESAPARECIÓ AL REGRESAR

Debajo:

PERMANECIÓ EN YUSO BAJO DESCRIPCIONES CADA VEZ MENOS VINCULADAS A SU HISTORIA

Irene leyó.

—Eso ya está demostrado.

Sebastián asintió.

Mauro señaló la flecha.

—Y mañana vemos la descripción propuesta.

Fray Julián cerró la caja.

Cuando salieron, ninguno miró hacia los depósitos.

Ya habían entendido que la respuesta no estaba en una puerta.

Estaba en los cambios de lenguaje.

En la distancia creciente entre el objeto que permanecía allí y las palabras que los inventarios utilizaban para registrarlo.

Durante años, distintos investigadores habían preguntado por el Códice de San Millán.

Habían perseguido ese nombre y sus antiguas referencias.

Mientras tanto, el mismo volumen podía haber seguido dentro de Yuso sin conservar ninguna palabra capaz de devolverlos hasta él.

Aquello que había vuelto décadas atrás no había necesitado desaparecer otra vez.

Había bastado con que su nombre no regresara junto con él.