CAPÍTULO 13 EL DESCENSO
El chirrido de la reja al cerrarse resonó en la galería, un lamento.
Leonor sintió que el aire cambiaba: ya no era el aire húmedo del metro, sino algo más denso, el subterráneo había estado conteniendo el aliento durante décadas.
Un vaho helado y mineral impregnaba los paramentos de sillería, llenando las fosas nasales con el persistente hedor a óxido, tierra prensada y el rastro imperceptible de un tiempo que se negaba a prescribir.
Era el olor de una tumba que no había sido sellada del todo, de un lugar donde la muerte no era un final, sino una pausa.
Leonor sintió que cada inhalación le llenaba los pulmones de una materia más densa que el aire, el propio conducto respiraba a través de ella.
La bóveda de piedra, cubierta de una capa de humedad que lucía bajo la tenue claridad del colgante, parecía contener la memoria de todos los que habían descendido antes que ellos.
En su mano, el relicario de Joan latía. No era un temblor.
Era un movimiento vivo, el objeto despertaba después de un largo sueño.
El fulgor que emanaba era cálido, firme, un faro encendido en la tormenta.
Leonor lo levantó y los escalones de piedra aparecieron bajo sus pies, iluminados por un destello que parecía tener voluntad propia.
La luminiscencia del colgante no se comportaba como una luz normal.
No se dispersaba en el aire, no iluminaba las tinieblas de forma uniforme.
Era un ser vivo, explorando el espacio con la curiosidad de quien despierta en un lugar desconocido.
Leonor sintió que aquella claridad la envolvía, que era más que una simple iluminación: era una presencia que los guiaba, el túnel se abría para recibirlos.
Al fondo de la penumbra, una figura blanca.
Eulàlia, con el niño en brazos. No se movía.
Solo estaba allí, mirándolos. La aparición era más nítida que la de Llop, más real: el tiempo en la galería la había vuelto parte de él.
Su vestido blanco, intacto, contrastaba con la oscuridad que la rodeaba, una flor en un campo de ceniza.
Leonor sintió que aquella imagen no era un fantasma en el sentido habitual, sino una presencia que había aprendido a habitar el límite entre la vida y la muerte. —¿La ves? —preguntó Josep.
—Sí —respondió Leonor en un susurro.
Eulàlia levantó la mano libre y señaló una dirección.
Luego, sin más, se desvaneció. El amuleto tembló con más fuerza, había reconocido su presencia.
Leonor notó que el ritmo del latido era distinto al de antes.
No era miedo. Era reconocimiento. La joya no palpitaba como cuando se acercaba el peligro; vibraba como un animal que reconoce a su dueño después de mucho tiempo.
La pulsación era más suave, más rítmica, como el compás de su propia esperanza.
—Vamos —dijo ella—. No hay vuelta atrás.
Bajaron los escalones con cuidado. La luz se extendía por las paredes de roca, cubiertas de musgo y humedad.
Las filtraciones subterráneas formaban estalactitas diminutas que goteaban con una cadencia hipnótica.
Cada gota que caía resonaba en la quietud como un golpe de tambor, un eco que se repetía una y otra vez en la bóveda de piedra.
Leonor intentó contar los segundos entre cada filtración para distraerse del temor, pero el ritmo era irregular, caprichoso, como el latido de un corazón enfermo.
El sonido del agua, en lugar de darle una sensación de calma, le recordaba que estaban descendiendo hacia algo que no podían controlar.
Josep se detuvo.
—¿Sientes eso?
Leonor se detuvo también. Escuchó. Al principio solo el goteo del agua.
Pero luego, algo más: una sensación, alguien respiraba a su espalda.
El talismán se estremeció con violencia.
Leonor apretó los dedos alrededor del metal.
Había entendido aquel temblor. Era una advertencia.
No era el aliento de un ser vivo. Era algo más antiguo, más profundo, el suspiro de la tierra misma.
Leonor sintió que el túnel los observaba, que cada piedra era un ojo que los seguía en su descenso.
La respiración que sentía en la nuca no era humana, pero era real: la galería estaba viva, midiendo su presencia.
—Hay alguien aquí —dijo Josep—. No los veo, pero los siento. —¿Los niños?
—No. Mi hermana. La siento.
Josep tenía los ojos cerrados, intentando escuchar algo que solo él podía oír.
Leonor no preguntó más. Había algo en su voz que le decía que aquella conexión era demasiado personal para ser compartida.
La presencia de Eulàlia, aunque invisible, era palpable, un calor que se filtraba a través de la piedra fría.
El relicario se calmó ligeramente, reconociendo a Eulàlia.
Siguieron caminando, y la claridad no dejaba de moverse, buscando el camino.
El resplandor del colgante parecía tener un propósito, un perro que olfatea el rastro de una presa.
Leonor se dejó guiar por él, confiando en que el amuleto conocía la ruta mejor que ella.
El destello se movía con una determinación que no era humana, siguiendo un mapa invisible trazado en el aire.
A medida que avanzaban, la temperatura descendió. Y entonces la oyeron. La canción. Más cercana que nunca.
—El patio de mi casa es particular...
El objeto empezó a bailar al compás de la tonada.
Leonor abrió la palma y dejó que el amuleto reposara sobre ella, libre.
Ya no lo sujetaba. El colgante se movió por sí solo, girando lentamente.
Era un espectáculo fascinante y aterrador a la vez: el metal, que hasta entonces había sido un objeto inerte, se movía con la gracia de un bailarín, respondiendo a una música que solo él podía oír.
—¿Qué hace? —preguntó Josep.
—No lo sé —respondió Leonor—. Pero está respondiendo a ellos.
—¿Jordi? —llamó en voz baja.
La pausa fue breve. Luego, una voz infantil, clara, que venía de todas partes a la vez:
—Maestra, estamos aquí. La joya tembló con suavidad, un saludo dirigido a los niños que la observaban desde la penumbra.
Leonor sintió que la vibración era cálida, distinta a las anteriores.
Los reconocía. La voz de Jordi, aunque distorsionada por el eco de la galería, era inconfundible.
Leonor sintió una opresión en la garganta al oírla.
Aquel crío, que había sido su alumno, que había dibujado soldados en papeles de estraza, estaba allí, en la oscuridad, esperándola.
La voz no era un eco, era una presencia, la certeza de que Jordi estaba justo al otro lado de una pared invisible.
Los pequeños no hablaron más. Pero la canción continuó, y el amuleto la siguió, como un rastro de luz.
El túnel se bifurcó. Dos caminos. El talismán se detuvo un instante. Luego comenzó a girar lentamente hacia la derecha.
—Vamos a la derecha —dijo ella.
El corredor se abrió en una pequeña cámara circular.
En el centro, una figura: Eulàlia, con el niño en brazos.
Pero no estaba sola. A su alrededor, los niños se apiñaban, agarrados a su vestido o a sus manos.
Eran siluetas, apenas visibles, pero se movían con la inquietud de los niños vivos.
Eran los pequeños que habían desaparecido en el túnel a lo largo de las décadas.
Estaban allí, en la semioscuridad, esperando.
Leonor los contó. Seis. Siete. Quizá más.
Todos ellos, los que la galería había atrapado a lo largo de los años.
El colgante se calmó por completo. Dejó de moverse.
El fulgor se volvió suave, cálido. Leonor no necesitó preguntar. El amuleto le decía: "Están a salvo."
—Eulàlia —susurró Josep.
La figura no respondió. Pero sus ojos, fijos en él, brillaron con un destello que no era de tristeza, sino de urgencia.
Josep comprendió que su hermana no había vuelto para quedarse, sino para advertirle.
Para recordarle que el tiempo se agotaba.
El destello en sus pupilas era como una llama que se apagaba lentamente, una señal de que la espera estaba a punto de terminar.
—¿Quiénes son? —preguntó Leonor.
—Los niños —respondió Josep—. Los que el túnel atrapó. —¿Y el que lleva en brazos?
—Mi sobrino —dijo Josep, con la voz rota—. El hijo que no llegó a nacer.
El niño en brazos de Eulàlia era el que no había llegado a ver la luz del sol, el que la guerra y la metralla habían borrado antes de que existiera. Josep sintió que la pena de aquella pérdida, que creía enterrado bajo años de silencio, volvía a florecer en su pecho.
Eulàlia no habló. Pero los niños a su alrededor se movieron, algunos asomando sus rostros sombríos.
Luego, sin decir una palabra, ella se desvaneció.
Ella y los pequeños se convirtieron en pequeños haces de luz, como luciérnagas, que flotaron en la oscuridad.
Danzaron un instante, giraron alrededor de Leonor y Josep, y luego, al unísono, salieron hacia el fondo del pasadizo.
—Nos están guiando —dijo Leonor.
Las bolas de luz se alejaron, y Leonor y Josep las siguieron.
El colgante se detuvo. Ya no vibraba. El resplandor se estabilizó.
Detrás de ellos, en la oquedad que se cerraba, sabían que el espectro seguía allí, esperando.
No había duda. Lluís Boada, el contratista que había sellado su alma al túnel, los esperaba al final del camino. Y pronto tendrían que enfrentarlo.