CAPÍTULO 14 LAS ENTRAÑAS DE LA BESTIA
La galería que se abría ante ellos ya no guardaba relación con la geografía conocida del metro.
Las paredes de ladrillo rezumaban una humedad espesa y viscosa; un sudor mineral se deslizaba por las juntas trazando surcos cenicientos que parecían cicatrices.
El pavimento, cubierto por una costra blanquecina, crujía bajo las botas con el sonido de huesos secos.
En las esquinas, acumulaciones de salitre formaban montículos que asemejaban osarios olvidados.
Leonor sintió que cada paso que daba sobre aquella costra era una profanación, la certeza de estar pisando los restos de algo que nunca debió ser perturbado.
El crujido bajo sus pies no era el de la roca, sino el de una sustancia pastosa que había sido triturada y olvidada.
La textura del lecho, al rozar con la suela de sus botas, le transmitía una sensación de fragilidad antigua, una tierra hecha de huesos molidos.
En la palma de Leonor, el relicario de Joan y la llave de hierro continuaban su danza espasmódica.
Su luz parpadeaba con una intensidad vacilante, el talismán sentía la presión de un aire que se negaba a circular.
La atmósfera misma estaba cargada de una tensión invisible, un hormigueo que hacía vibrar el vello de sus brazos y les erizaba la nuca.
Leonor sintió que la joya no solo reaccionaba al peligro, sino que estaba luchando contra algo, manteniendo a raya una presencia invisible.
El metal se caldeaba y enfriaba en intervalos irregulares, respirando al compás de una fuerza que no podían ver.
Entonces oyeron los pasos. No eran los suyos.
Eran pisadas secas, sigilosas, que resonaban a sus espaldas con la precisión de un latido.
Los pasos no seguían un ritmo humano. Eran demasiado regulares, demasiado mecánicos, la rigidez de un autómata caminando.
Leonor sintió que el sudor frío le recorría la espalda.
Josep también lo oyó. Se quedó inmóvil, escuchando, intentando descifrar el origen de aquel sonido.
El eco de los pasos se multiplicaba en los muros, rebotando de un lado a otro, una multitud invisible que caminaba a su alrededor.
—No mires atrás —dijo Josep—. Es lo que quieren.
Leonor giró ligeramente la cabeza. Por un instante, el fulgor del colgante recortó imágenes diminutas que se deslizaban entre las columnas de piedra.
No tenían rostros. Eran contornos difusos que corrían y se ocultaban en los recodos.
Eran críos, o lo que habían sido, que ahora habitaban la oscuridad, siluetas de un tiempo que ya no existía.
Algunos parecían correr, otros gateaban, otros se arrastraban.
Todos se movían con la urgencia de quienes han estado esperando mucho tiempo.
Leonor sintió que aquellos pequeños no eran amenazas, sino testigos de una historia que nadie había querido contar.
—No mires atrás —repitió Josep—. Sigue el colgante.
Avanzaron en silencio. La galería se estrechaba, apretando los muros hasta convertir el paso en una garganta angosta.
El olor cambió: el polvo y la humedad dejaron paso a una fetidez a tierra muerta y hierro oxidado.
Las paredes latían sordamente, un pulso que recorría el pasadizo de extremo a extremo.
El vaho caliente que exhalaban los muros se condensaba en el techo y caía en forma de pesadas gotas que abrasaban la piel al contacto.
Leonor sintió que las gotas le quemaban la mejilla al caer, dejando una marca roja que ardía con la intensidad de un hierro candente.
No era agua, era algo más denso, más viscoso, el sudor espeso de un animal herido.
El olor a azufre y metal caliente se mezclaba con la humedad, creando una atmósfera asfixiante que se pegaba al paladar como una capa de ceniza.
El relicario se detuvo un instante. Luego, con lentitud, comenzó a girar hacia la izquierda. Pero Leonor no se movió. Esperó. Y entonces, desde la negrura del ramal lateral, una voz infantil cortó el aire:
—Por aquí, maestra.
—¿Jordi? —preguntó Leonor.
La voz no respondió. El talismán estalló en un ardor febril.
La voz de Jordi era inconfundible, pero algo en ella no encajaba.
Había un eco, un ligero retraso, una distancia que no podía medirse en metros.
No era Jordi quien hablaba, sino un eco de él, una memoria que se había quedado grabada en las paredes del túnel.
Leonor sintió que la voz no era solo un sonido, sino una señal, un mensaje que había viajado a través del tiempo para llegar hasta ellos.
—¿Y si nos están engañando? —preguntó Josep—. ¿Y si es una trampa?
Leonor vaciló un instante. Apretó el amuleto contra su pecho.
La incertidumbre era un veneno que podía paralizarla.
Pero recordó la promesa que había hecho a Mercè, la mirada de la madre cuando le entregó el colgante.
No podía fallar. No ahora. La imagen de Mercè, encogida sobre la cama de Jordi, la impulsó a seguir adelante.
—No lo creo. Ellos quieren salir de aquí tanto como nosotros.
Tomaron el ramal de la izquierda. El amuleto se aquietó ligeramente.
El pasadizo se angostaba. Los muros de piedra se cerraban a ambos lados, y el techo descendía tanto que Josep tuvo que encorvarse.
La atmósfera se volvió irrespirable. Cada inhalación exigía un esfuerzo desesperado, el oxígeno era devorado por la oscuridad misma.
Leonor sintió que el aire se volvía más denso, más pesado, el túnel contenía la respiración para asfixiarlos.
Las imágenes de los críos no cesaban. Aparecían y desaparecían tras las pilastras.
A ratos, Leonor veía una manita diminuta señalando una dirección, o una risa breve cruzaba el aire antes de apagarse.
Eran risas que no transmitían alegría, sino un eco de lo que alguna vez había sido, una memoria de juegos que ya no podían jugar.
Leonor reconoció una de aquellas manos: era pequeña, con dedos delgados, la mano de un niño de ocho años.
La mano de Jordi. La imagen de aquella palma extendida hacia ella, buscando el contacto de la suya, le provocó una opresión en la garganta.
—Un, dos, tres... al escondite inglés, sin mover las manos, sin mover los pies...
Leonor se detuvo. Reconoció la tonada. Era la misma canción que Jordi entonaba en el patio del colegio.
Un escalofrío mortal le recorrió la columna vertebral al reconocer con nitidez la melodía.
Era la misma coplilla que Jordi cantaba en los recreos, bajo la luz de un sol que allí abajo parecía haber existido en otra vida.
Aquella imagen, tan inocente, contrastaba brutalmente con la oscuridad que los rodeaba.
La canción era como un puente entre dos mundos, un hilo que conectaba la infancia perdida con la pesadilla del presente.
—No es una canción de juego —dijo Josep—. Es una trampa para retenerlos en el tiempo.
La joya volvió a subir su temperatura de nuevo.
—Sigue —urgió Josep—. No te pares ahora.
De repente, la temperatura descendió varios grados en un parpadeo.
El amuleto se sacudió con furia, emitiendo un destello cegador.
La luz reveló una visión aterradora: sobre el techo abovedado, una masa informe se arrastraba adhiriéndose a la piedra.
Pero no era una sombra. Era el túnel mismo.
Las paredes se retorcían en una contorsión orgánica, los ladrillos palpitaban como arterias inflamadas.
Leonor sintió que el túnel no era solo un lugar, sino un ser, una criatura que había estado esperando su llegada durante décadas.
La masa informe sobre el techo era como un corazón expuesto, latiendo a un ritmo desenfrenado.
Y entonces estalló su voz. Resonó en el interior de sus cráneos:
—Nunca conseguiréis cerrar lo que yo abrí.
Leonor sintió que el colgante temblaba convulsivamente.
Ya no era terror. Era la certeza de que Lluís Boada se había fundido con la arquitectura maldita.
Boada era el túnel. Las palabras de Boada no eran una amenaza, eran una declaración de identidad.
Ya no era un hombre, era el espacio mismo, la oscuridad que los rodeaba, el hedor que los asfixiaba.
—¡No le hagas caso! —bramó Josep—. ¡Solo quiere que nos detengamos!
Leonor irguió el mentón.
—No voy a detenerme —declaró—. He llegado demasiado lejos.
El pasaje se abrió en una vasta cámara subterránea.
El techo se elevaba en una cúpula cavernosa, y las paredes estaban tapizadas de inscripciones crípticas.
Al fondo, una compuerta de hierro colado, maciza, deformada por el óxido.
Era la cancela exacta que el inspector Jordi Llop había consignado en su informe clandestino.
La puerta era el final del camino. Detrás de ella, el portal.
Y detrás del portal, el Espectro. Leonor sintió que la puerta la observaba, una presencia consciente que había estado esperando su llegada durante décadas, alimentándose de la paciencia de la piedra y del silencio del subsuelo.
El colgante se aquietó. Su luz se transformó en un resplandor suave y cálido.
Leonor sintió una presencia. Alzó la vista.
Los niños se materializaban a su alrededor, formando un círculo silencioso.
No eran siluetas fugitivas. Permanecían de pie, contornos translúcidos, señalando la puerta de hierro.
Todos ellos levantaban sus manos diminutas, señalando con los dedos hacia la pesada puerta de hierro.
—Es aquí —susurró una voz—. Detrás de esa puerta está el portal.
—¿Jordi? —preguntó Leonor.
Una de las siluetas, ligeramente más pequeña, dio un paso al frente.
Era él. El pequeño Jordi, el niño que había dibujado soldados en su casa, el niño que había desaparecido en el andén, estaba allí, frente a ella, esperando.
En su gesto, Leonor vio más de lo que cualquier palabra podría haber dicho.
Era una mezcla de esperanza y miedo, de urgencia y cansancio.
Sus ojos, aunque sin forma definida, parecían decirle: "No tardes, maestra. "
Los críos comenzaron a desvanecerse. Antes de extinguirse, un último susurro resonó:
—No tengas miedo, maestra. Nosotros te ayudaremos a sostener la línea. Pero date prisa... La medianoche está muy cerca.
Leonor apretó la llave en sus dedos y se volvió hacia la puerta de hierro.