El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 12 LA DECISIÓN
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CAPÍTULO 12 LA DECISIÓN

Leonor extendió los papeles sobre la mesa de la cocina.

Los legajos de los obreros, el atestado de Llop, los casos de los niños desaparecidos.

Los alineó como piezas de un puzzle macabro que por fin cobraba una forma nítida.

A la luz parpadeante de la lámpara de aceite, las firmas desvaídas parecían cobrar un hálito de urgencia, reclamando justicia desde el fondo de los cajones donde habían dormido el sueño de los injustos.

Leonor observó los folios durante un largo instante, esperaba que los términos se reorganizaran solos y le ofrecieran una respuesta diferente, menos terrible.

Pero el patrón era inconfundible: cada dosier, cada testimonio, cada desaparición apuntaba al mismo lugar.

Las frases de Llop, "He visto la puerta", resonaban en su mente como un eco insistente.

—Todo encaja —dijo, sin levantar la cabeza—. El túnel, los expedientes, los críos desaparecidos. No es una leyenda urbana. Es una deuda que lleva décadas cobrándose vidas y nadie lo había relacionado.

Sebastià se sentó frente a ella, con el rostro surcado por la fatiga.

No había dormido desde que su hija le había contado lo que había visto en el andén, y la falta de descanso se reflejaba en sus pupilas, en la forma en que sus manos temblaban ligeramente sobre la mesa.

Sabía que había llegado el momento de confesar lo que sabía, pero aún no encontraba las expresiones.

La mirada de Leonor, fija y decidida, le recordaba a la de su esposa en los días previos a su muerte, cuando ella también había sabido que no había vuelta atrás.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo?

—No puedo dejar a Jordi allí —respondió Leonor con voz firme—. Y no puedo permitir que otros chavales sigan cayendo en esta trampa.

Se levantó y se ajustó la chaqueta. La cadena de plata que llevaba al cuello presionaba con fuerza contra su esternón.

Se llevó una mano al pecho y miró el almanaque de la pared.

31 de octubre. La Nit de les Ànimes era esa misma noche.

La hoja fechada, un simple papel impreso con los meses del año, era el único recordatorio de que los días seguían avanzando.

Leonor lo había mirado cada jornada desde que empezó la contienda, marcando los días de ataques, los días de silencio, los días de pérdida.

Pero aquella fecha, el 31 de octubre, tenía un peso especial.

Era la noche en que los muertos volvían a la vida, la noche en que las puertas entre los mundos se abrían.

Leonor sintió que la cartulina era un testigo mudo de su determinación, una cuenta atrás hacia algo que no podía evitar.

—Voy a buscar a Josep —dijo—. Esta noche bajamos.

Cuando Leonor salió a la calle, el cielo de Barcelona se había vuelto gris, un gris sucio de pólvora y humo suspendido.

Las alarmas antiaéreas empezaron a ulular antes de que doblara la esquina, un alarido agudo que se clavaba en los oídos.

Leonor había oído aquellas señales tantas veces que ya no le producían el mismo sobresalto inicial.

Pero aquella mañana, el sonido tenía una urgencia distinta, anunciando que aquel ataque sería diferente.

La urbe entera contenía el aliento, esperando algo que solo Leonor y los muertos podían sentir.

El rugido de los motores se oyó primero, lejano y denso como un enjambre de avispas mecánicas.

Luego llegó el silbido seco de los proyectiles al caer.

La primera explosión sacudió el asfalto y el escaparate de una tienda estalló en mil pedazos sobre la acera.

La multitud enloqueció; la gente corría, se empujaba y tropezaba en desbandada.

Una mujer mayor cayó al suelo y un hombre la rebasó sin detenerse.

Un crío lloraba aferrado a la falda de su madre, ahogado por el polvo.

Leonor vio a un hombre mayor, envuelto en una chaqueta raída, arrodillarse junto a una pared y cubrirse la cabeza con las palmas.

Vio a una señora que corría con un bebé en brazos, el rostro desencajado por el espanto.

Vio a un grupo de pequeños que se agarraban unos a otros, perdidos en el caos.

La contienda no distinguía entre inocentes y culpables; todos eran víctimas del mismo infierno.

Leonor sintió que la ceniza y el pavor se mezclaban en su garganta, recordándole que cada segundo contaba.

No era un bombardeo ordinario. Era el regreso de la aviación fascista con base en Mallorca, los Savoia S-79 volando a gran altura, soltando su carga en cascada sobre el Eixample.

Las detonaciones se sucedían con un ritmo metronómico.

La tierra temblaba y el aire se volvía irrespirable, cargado de partículas de cemento y cal viva que abrasaban la garganta.

Leonor recordó las palabras de su padre: "Los italianos están usando Barcelona como banco de pruebas".

Aquel ataque, como tantos otros, era un experimento.

Leonor se preguntó si aquellos pilotos, desde la altura de sus aeronaves, podían ver las caras de las personas que corrían, o si para ellos solo eran puntos en un mapa.

Leonor corrió hacia el metro esquivando escombros humeantes.

En el Portal de l'Àngel, el estallido había dejado un cráter gigantesco, dejando los tranvías atrapados como esqueletos de hierro retorcido.

Divisó la boca de la estación de Rocafort, donde Josep la esperaba con el uniforme azul y el rostro contraído por la tensión.

—¡Rápido! —gritó—. Antes de que cierren los accesos.

Bajaron las escaleras arrastrados por una marea humana.

El andén estaba abarrotado de familias apiñadas contra las paredes.

Las bombillas de luz amarillenta parpadeaban al compás de los estallidos en la superficie.

El refugio desprendía un tufo a sudor, a pavor, a tierra húmeda.

Era el mismo hedor de siempre, pero aquella mañana tenía un matiz distinto, más denso, el subsuelo estaba conteniendo el aliento.

Arriba, el rugido de los motores se apagó. Abajo, la marea humana contuvo el aliento entre susurros temerosos. Leonor sintió que la quietud era más pesada que el estruendo, la ciudad estaba esperando el siguiente golpe.

Josep guió a Leonor hasta el fondo del andén, deteniéndose frente a una columna de azulejos blancos. Allí, semienterrada por la mugre y el tiempo, se encontraba la pequeña reja de hierro forjado.

—Siempre supe que estaba ahí —murmuró—, pero nunca imaginé que fuera la puerta a otra cosa.

Leonor se arrodilló y extrajo la llave de hierro y el colgante de plata de su cuello. Al acercarlos a la reja, la cadena cedió con un chasquido seco y los metales cayeron sobre el suelo.

—Se ha roto —dijo Leonor.

Josep se agachó y le tendió la llave, cuyo número 17 grabado brillaba tenuemente. —Encaja —susurró—. Es la llave.

Leonor introdujo el pestillo en la cerradura. La pieza giró con una precisión milimétrica, acompañada por un clic seco y profundo. El sonido del mecanismo al engranar fue como un latido. Leonor sintió que la tierra bajo sus pies vibraba un instante, y el túnel reconocía la llave.

—Está abierta —dijo.

Mientras Josep tiraba de los barrotes oxidados, Leonor sintió una corriente de aire frío a su espalda. Se giró lentamente. Llop estaba allí. La figura alta y rígida del inspector fallecido se recortaba contra la penumbra del andén. Nadie entre la multitud parecía advertir su presencia.

—No se detengan —dijo su voz grave, resonando directamente en sus mentes—. Yo vigilaré la retaguardia.

La puerta cedió con un chirrido prolongado, dejando a la vista una escalinata de piedra que descendía hacia la negrura absoluta.

Un hedor denso a tierra muerta, humedad y silencio emergió del fondo.

Era el aroma que Leonor había percibido en el colgante, el olor de los túneles viejos, el olor de la tumba.

Pero ahora, al estar frente a ella, la pestilencia era mucho más intensa, ahora el subsuelo ya no esperaba aquel momento para liberar su aliento.

Leonor sintió que aquel tufo no era solo de tierra y piedra, sino de algo más antiguo, de algo que llevaba décadas esperando.

Antes de cruzar el umbral, Josep se quedó paralizado. Leonor volvió la vista. Entre la multitud, una mujer vestida de blanco sostenía un niño en brazos. Su ropa no tenía una sola mancha de polvo ni de sangre. La mujer sonrió, y su voz llegó directamente desde el fondo de la memoria de Leonor:

—Mañana es la Nit de les Ànimes. Si no cierran el portal antes de la última campanada, el espectro seguirá cobrando vidas y la brecha será eterna. No fallen.

La silueta se desdibujó lentamente entre las sombras.

Sin pensarlo un segundo más, Leonor y Josep cruzaron el dintel y comenzaron a descender.

A sus espaldas, la pesada reja de hierro se abatió con un portazo atronador.

En el mismo instante, el bullicio de la estación y el rumor de la contienda se apagaron de golpe, tragados por una atmósfera muerta, espesa y gélida.

El sonido del portazo fue el último eco de la ciudad que Leonor oiría en mucho tiempo.

A partir de aquel momento, la marcha de las horas se mediría de otra manera.

La nada se volvió total. Leonor guardó la llave en su bolsillo y apretó el colgante de plata en la palma de su mano.

—Bajemos —dijo con voz imperturbable—. Bajemos y terminemos esto.

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