CAPÍTULO 11 LOS CASOS ANTIGUOS
Leonor y Sebastià llegaron a la calle de la Princesa bajo un cielo de plomo que amenazaba con descargar una tormenta sucia sobre Barcelona.
El viento arrastraba volutas de hollín y papeles de estraza por unas aceras donde la vida parecía haberse contraído, reducida a la urgencia de encontrar un refugio antes de que el cielo reventara.
El edificio de la compañía del metro se alzaba como una mole de ladrillo áspero, con las ventanas altas tapiadas parcialmente con tablones y una pesada puerta de hierro que emitió un quejido metálico al ceder ante el empuje.
La fachada del inmueble, otrora símbolo del progreso y la modernidad, se había convertido en un monumento al abandono: las ventanas ciegas, los muros manchados de humedad, la puerta que se resistía a abrirse.
Todo en aquel lugar hablaba de un pasado que la urbe prefería enterrar.
Leonor sintió que la construcción era como un anciano que se negaba a morir, que guardaba en sus paredes los secretos de un siglo que la contienda había tratado de borrar.
En el interior, el aire era una mezcla irrespirable de vaho de sótano, rancio olor a pigmento de imprenta y polvo acumulado.
La única fuente de claridad procedía de una lámpara de incandescencia colgada de un cable en el techo, que proyectaba un cono amarillo sobre una mesa de despacho.
A su alrededor, las esquinas del vestíbulo se perdían en semioscuridad, protegidas del bullicio de la ciudad por gruesos muros que amortiguaban incluso el rumor de los tranvías exteriores.
Leonor sintió que aquel lugar era una tumba de enigmas, un mausoleo de celulosa y polvo donde la certidumbre se había quedado a dormir.
La quietud no era la de una biblioteca, sino la de una cripta, donde las palabras estaban enterradas bajo capas de indiferencia.
Un empleado de unos cincuenta años, con la piel cetrina y la mirada hundida por el hambre, levantó la cabeza al oír los pasos.
Al reconocer a Sebastià, su expresión pasó de la desconfianza a un reconocimiento sombrío.
El empleado, cuyo nombre era Pere Rius, había trabajado en aquel depósito durante más de veinte años.
Había visto entrar y salir a decenas de personas, pero ninguna le había parecido tan inquietante como aquella mujer de ojos oscuros que lo miraba con una determinación que no encajaba en los tiempos de penuria y pavor.
Pere sabía que algo estaba a punto de cambiar, que la llegada de Leonor no era casualidad, sino el final de una larga espera.
—Sebastià Ferrer —dijo, con una sonrisa tensa—. Hacía años que no pisaba este agujero.
—He venido a pedir un favor, Pere —respondió Sebastià, bajando la voz—. Mi hija necesita revisar los registros del archivo antiguo.
El empleado desvió la mirada hacia Leonor, evaluándola con recelo.
—¿Sabes lo que me pides, Sebastià? —murmuró—.
Con el desgobierno de los comités, la empresa mantiene esto bajo llave.
Si alguien descubre que he franqueado el acceso a personas ajenas...
me acusarán de espionaje. Pere conocía bien los peligros de la guerra civil en Barcelona.
La paranoia se había apoderado de la ciudad, y cualquier movimiento sospechoso podía ser interpretado como una amenaza para la República.
Pere sabía que estaba arriesgando su puesto, quizás su vida, al dejar que aquellos dos extraños hurgaran en los registros de la compañía.
Pero también sabía que Sebastià no habría venido si no fuera urgente.
—Lo sé —replicó Sebastià sin parpadear—. Pero no nos queda otro camino.
Pere contuvo la respiración unos segundos.
Un espasmo nervioso le contrajo la comisura de los labios antes de soltar un suspiro de rendición, abrir un cajón y extraer un manojo de llaves pesadas.
La plata tintineó con un eco hueco en la madera, delatando el temblor desbocado de quien temía ser descubierto.
—Háganlo rápido —advirtió—. Y si alguien pregunta, hoy no he estado aquí. Los depósitos están en el sótano al fondo del pasillo.
Sebastià asintió y guió a Leonor hacia una puerta de madera carcomida al final del corredor.
Descendieron por una escalinata de piedra en espiral, estrecha y húmeda.
Al llegar abajo, el espacio se abrió en una inmensa sala subterránea, un laberinto de estanterías metálicas de suelo a techo que se perdían en la penumbra.
Aquella sala era un submundo dentro del submundo, un lugar donde el tiempo se había detenido y los documentos dormían el sueño de los justos.
Leonor sintió que cada caja contenía una historia que alguien había querido olvidar.
El polvo, el olor a papel viejo y la débil luz la envolvían como una capa invisible, recordándole que estaba pisando un terreno sagrado.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Leonor.
—Por la sección de personal y obras civiles —respondió su padre, encendiendo una cerilla—. Los legajos de los obreros que construyeron el primer tramo deben estar en este sector.
Avanzaron en muda compañía. Pero el sigilo del depósito no era pacífico. A pocos metros, un golpe seco estalló entre las tinieblas. Leonor se detuvo en seco. Al pie de un anaquel, un cartapacio de cartón ajado yacía tirado en el suelo.
—¿Has visto eso? —susurró.
Sebastià se adelantó y lo recogió.
—No ha sido una corriente de aire —murmuró—. Aquí el aire está muerto.
Un segundo después, otro legajo cayó desde un estante superior. Luego otro. Y otro más, trazando un sendero deliberado.
—Nos están marcando el camino —dijo Leonor.
Sebastià comenzó a seguir la pista. A su paso, las estructuras metálicas vibraban con un zumbido sordo; era el depósito mismo respondiendo a su presencia.
Leonor sintió que no estaban solos, que alguien o algo los guiaba desde la oscuridad.
El sendero de legajos era como un hilo de Ariadna en un laberinto de documentos y polvo.
La pista se extinguió al pie de un cofre gris en el rincón más recóndito del subsuelo. Las esquinas estaban carcomidas por la humedad y el rótulo frontal casi borrado.
—Es esta —sentenció—. La sección de incidencias de 1901.
La abrieron. Al retirar la tapa, un olor denso a papel putrefacto y tierra húmeda golpeó sus rostros. Sebastià extrajo los documentos y los extendió sobre una mesa auxiliar.
—Juan Miró, Sebastià Vila, Miquel Rius —leyó Leonor—. Los mismos operarios del dosier de Roca.
—Y aquí —añadió su padre, extrayendo una libreta de tapas de cuero—, el atestado del inspector Jordi Llop.
Leonor abrió la libreta. Las páginas estaban manchadas de tinta corrida y trazos febriles.
Llop describía un ramal clandestino sellado bajo la calle Entença, mencionando una puerta de hierro que no figuraba en ningún plano oficial.
Al pie de la última página, una anotación temblorosa: "He visto la puerta.
He oído la canción al otro lado. La estructura está viva y alguien debe sellarla para siempre antes de que sea tarde.
" La escritura de Llop se volvía ilegible en los últimos párrafos; el espanto había superado su capacidad de describirlo.
Leonor imaginó al inspector, sentado en su despacho, escribiendo aquellas líneas con la certeza de que no le quedaba mucho tiempo.
Podía ver sus dedos temblar sobre el folio, la tinta corriéndose por la humedad de sus manos sudorosas, la pluma arañando el pliego en un intento desesperado por dejar constancia de lo que había visto antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Qué fue de Llop? —preguntó Leonor.
—Desapareció de su despacho tres días después de firmar esto —respondió Sebastià—.
La policía archivó el caso como deserción voluntaria.
Jamás se supo nada de él, aunque en los bajos fondos de la comisaría aún se recordaba su obsesión por las leyendas urbanas de las galerías y el persistente recuerdo de sus advertencias sobre la corrupción de la empresa.
Algunos decían que Llop había vuelto a los túneles, que había intentado encontrar la puerta y había desaparecido en el intento.
Otros aseguraban que había sido asesinado por los mismos que habían enterrado el secreto en 1901.
Pero nadie sabía con certeza qué había sido de él.
Leonor guardó el atestado. Al fondo de la caja, sus dedos rozaron un último cartapacio: "Desapariciones no oficiales — Menores — 1905-1910".
Lo abrió con tacto tembloroso. Tres expedientes.
Tres críos desaparecidos en las inmediaciones de Rocafort.
En cada testimonio paterno se repetía la misma letanía: los pequeños aseguraban haber escuchado una melodía que los llamaba desde las paredes y hablaban de una "escalera secreta".
Eran historias tan parecidas que Leonor sintió un estremecimiento al leerlas.
Los mismos padres, en distintas décadas, habían descrito el mismo horror con las mismas palabras.
La galería no había cambiado en todos aquellos años.
—El patrón es idéntico —murmuró Leonor—. Los niños escuchan la música. Buscan la entrada. Y desaparecen donde las vías mueren.
—Esto confirma lo peor —concluyó Sebastià—. El abismo lleva décadas abierto bajo nuestros pies.
Leonor guardó los documentos. Al enderezarse, un reflejo fugaz llamó su atención. Las siluetas de los estantes parecían haberse estirado, adoptando contornos humanos.
—Papá... —susurró—. Mira allí.
Sebastià giró la cabeza. Al fondo de la crujía, una forma alta y rígida recortaba la negrura. Vestía un abrigo oscuro de corte antiguo.
—¿Quién es? —preguntó Leonor.
Sebastià entrecerró los párpados.
—Parece... una figura.
La figura no se movió, pero un tono grave resonó directamente en sus cráneos:
—Va por buen camino, señorita. Pero la puerta no se abrirá con respuestas, sino con sangre.
Leonor parpadeó. Cuando volvió a abrir los párpados, el pasillo estaba vacío.
—¿Lo has oído?
—No con los oídos —respondió Sebastià—. Lo hemos sabido los dos.
Leonor cerró la bolsa con los expedientes. La investigación intelectual había terminado.
—Vámonos de aquí —ordenó—. Ya tenemos lo que necesitamos.
Salieron del depósito sin cruzar palabra. El empleado ni siquiera levantó la vista. El aire gélido de la tarde les golpeó la cara, recordándoles la ciudad en guerra, pero el verdadero calor procedía del pecho de Leonor, donde la llave y el colgante ardían con una furia incontrolable.
—Papá —dijo, mirando la boca de una alcantarilla—, esto es mucho más antiguo que la contienda. Y en pocos días podremos cobrar las deudas.