CAPÍTULO 10 LA AMENAZA
Leonor salió de su alcoba con la ropa del día anterior adherida al cuerpo, una segunda piel.
Llevaba el colgante de plata y la llave de hierro enhebrados a la misma cadena, presionando directamente contra la hendidura de su esternón.
El metal estaba helado, y su frío se negaba a disiparse en el ambiente de la casa.
Su propio pulso latía contra la plata con una insistencia febril; el amuleto intentaba marcar un ritmo ajeno a su propia sangre.
Leonor se detuvo un instante frente al espejo del recibidor.
Su reflejo le devolvió una imagen que apenas reconocía: ojeras violáceas, piel pálida, una mirada que había perdido la inocencia y la había reemplazado por una determinación fría.
Aquella mujer del espejo no era la maestra que había entrado en el refugio hacía unos días.
Era alguien que había visto lo que no debía ver y que no podía olvidarlo.
Se preguntó si alguna vez volvería a reconocerse en un espejo, o si aquella extraña con los ojos de acero sería su único reflejo a partir de entonces.
En la cocina, Sebastià estaba sentado frente a una taza de café intacta.
La superficie turbia del líquido mostraba una fina película de grasa estancada; llevaba horas inmóvil en el mismo sitio, sosteniendo el asa con una rigidez cadavérica.
Ni siquiera se giró cuando Leonor cruzó el umbral.
El café, como todo lo demás, era un lujo que escaseaba.
Sebastià lo había guardado para aquella mañana, pero al prepararlo descubrió que no tenía fuerzas para beberlo.
El líquido reposaba en el recipiente, yerto y amargo, como el propio estado de ánimo del anciano.
—No has dormido —dijo él, con la voz destrozada por el insomnio.
—Tú tampoco.
Sebastià no intentó rebatirlo. Bebió un sorbo mecánico y dejó la taza sobre la madera con un golpe seco.
—¿Vas a volver?
—Sí.
—¿Al metro? —Sí.
El anciano levantó la vista. Sus pupilas, hundidas en cuencas violáceas, no albergaban furia; había algo más aterrador en su mirada: una rendición absoluta, la aceptación fría de que su hija ya no pertenecía al mundo de los vivos que caminaban bajo el sol.
No era resignación. Era el reconocimiento de que la guerra, el temor y la pérdida habían cambiado las reglas del juego.
Ya no podía proteger a su hija encerrándola en casa; el peligro estaba dentro de ella, en la promesa que había hecho y en la oscuridad que la llamaba.
La casa entera, con sus paredes de piedra y sus ventanas tapiadas, se había convertido en una prisión para su propia determinación.
—No puedo retenerte —murmuró—. Pero dime... ¿qué buscas realmente?
—Comprobar que no estoy perdiendo la cabeza —respondió Leonor, sentándose frente a él—. O confirmar que lo que vi anoche estaba esperándome. Y también, aunque no lo dijo, buscar respuestas a las preguntas que su padre no había querido responder.
Sebastià alargó una mano temblorosa y la apoyó sobre la mesa. Leonor cubrió sus nudillos; la piel de su padre estaba helada, como la de los cadáveres que había visto en el depósito del Hospital de la Santa Creu.
—Tengo miedo, Leonor —confesó—. No del ruido de las bombas.
Me aterra lo que hay debajo de esta ciudad.
De que bajes y ya no haya forma de que regreses.
La voz de Sebastià se quebró al decir aquellas palabras: finalmente estaba pronunciando una verdad que había guardado durante décadas.
Leonor supo, en ese instante, que su padre no temía por ella solo por el peligro físico; temía que ella descubriera algo que él mismo había intentado olvidar.
Aquella confesión no era un grito de auxilio, sino la constatación de que el temor que lo había paralizado a él durante años ahora se proyectaba sobre su hija.
—Lo sé, papá —respondió ella con firmeza—. Yo también lo siento. Pero si no lo hago, la culpa me devorará antes que cualquier monstruo.
Sebastià no añadió palabra. Asintió con un movimiento milimétrico. Leonor se puso en pie.
—Voy a ver a Mercè —anunció—. Después buscaré a Josep.
Caminó por las calles del Eixample esquivando escombros y polvo gris. El aire olía a metralla disuelta y humedad. Al llegar al piso de su vecina, halló la puerta entreabierta. Entró sin llamar.
Mercè estaba sentada al borde de la cama de Jordi.
En su regazo sostenía el jersey azul del niño, pero sus manos no lo acariciaban; lo estrujaban con una violencia tal que los nudillos se le habían puesto blancos.
Su semblante era el de una aparecida: piel gris, labios cuarteados, ojos vacíos.
Mercè llevaba así desde el entierro, sentada en el mismo lugar, sin comer, sin dormir, sin apenas moverse.
La prenda de Jordi era su única conexión con la realidad.
Todo lo demás, el mundo exterior, las sirenas, los bombardeos, parecía haber desaparecido para ella, reducido a un ruido lejano que ya no le importaba.
—Mercè —susurró Leonor.
La mujer no parpadeó. Tardó segundos en girar la cabeza.
—He encontrado esto —dijo Leonor, extrayendo la nota del colgante y tendiéndosela—. Una carta de Joan que jamás llegó a tus manos.
Mercè arrebató el papel con un movimiento convulsivo.
Sus ojos recorrieron la caligrafía. Cuando terminó, un espasmo recorrió su cuerpo.
No gritó; apretó la nota contra su pecho y un llanto seco brotó de su garganta, un vómito de dolor puro que no había podido contener.
Aquella confesión tardía de Joan, que llegaba demasiado tarde para salvar a nadie, era la última herida que Mercè podía soportar.
—Él lo sabía —logró articular—. Joan sabía que los túneles guardaban algo... y no me dijo nada.
Las palabras de Mercè se perdieron en un sollozo. Leonor la abrazó, sintiendo el cuerpo de su vecina sacudido por un temblor incontrolable.
—Alguien en la compañía protegió ese secreto —respondió Leonor—. Y alguien enterró la verdad bajo el Eixample.
Mercè levantó la cabeza. Su mirada se transformó en dos brasas de hostilidad.
—Si bajas... si encuentras el rastro de mi hijo...
—Te juro que lo traeré de vuelta —prometió Leonor.
Mercè no contestó. Volvió a hundir el rostro en el jersey azul, acurrucándose en posición fetal sobre el colchón vacío, exiliada en un infierno particular del que ya no pensaba salir.
Leonor recogió el papel que había caído sobre la colcha y se marchó sin decir palabra. La imagen de Mercè, encogida como un feto sobre la cama de su hijo, la acompañó durante todo el camino.
El recorrido hasta la estación de Lesseps transcurrió en un sopor espeso. Al llegar, empujó la puerta del cuartillo de maquinistas sin previo aviso.
Josep Comas estaba sentado, con la guerrera azul arremangada y una taza de café entre las manos. Al verla, su rostro se contrajo.
—No esperaba verte tan pronto —dijo.
—¿Sabías que vendría?
Josep prefirió callar. Se frotó la nuca.
—Supongo que sí. Desde anoche no he dejado de pensar en el brillo de esa llave.
Metió la mano en el bolsillo y extrajo un pañuelo de hilo con un ribete de encaje y las iniciales E.C. bordadas. Aquel pañuelo era el único objeto que le quedaba de su hermana. Lo llevaba siempre consigo, como un talismán, como una promesa de que no la olvidaría.
—Mi hermana —dijo—. Eulàlia. Estaba embarazada de ocho meses cuando cayó la bomba en Rocafort. La explosión la arrojó hacia la reja del túnel de servicio.
Leonor sintió que el aire se volvía asfixiante.
—¿La encontraron? —Al día siguiente. Los operarios dijeron que los escombros los habían sepultado a ambos. Pero yo he oído llorar a un bebé bajo las vías, Leonor. En el mismo sector donde las luces mueren.
Era una confesión que Josep nunca había compartido con nadie, ni siquiera consigo mismo en los momentos de mayor lucidez. Pero aquella mañana, con el peso de la noche anterior aún fresco en su memoria, se había atrevido a pronunciar en voz alta aquella verdad que lo había perseguido durante meses.
Levantó la vista.
—No puedo evitar que bajes. Pero sí puedo hacer que no bajes sola. Si el subsuelo reclama cuentas, las pagaremos los dos.
En ese instante, la llave y el colgante sufrieron una sacudida brutal. Emitieron un zumbido agudo y saltaron, separándose de su blusa. Josep se puso en pie de un salto.
—¡Eso... ha vuelto a hacerlo!
Leonor apretó los metales con las manos, sintiendo el hierro morderle la carne.
Era la tercera vez que los objetos reaccionaban, y cada vez era más violento.
Leonor sintió que la cadena de plata se calentaba hasta quemarle la piel, como si las piezas estuvieran intentando liberarse de su sujeción para seguir la llamada que los atraía hacia el sur.
—Esta noche —insistió—. Cuando caiga el cierre.
Josep retrocedió.
—No. Hoy no. Bajar a ciegas es un billete directo a la tumba. Antes necesitamos los registros antiguos de la compañía. Los expedientes de 1901 en el archivo de la calle de la Princesa. Ahí empezó todo.
Leonor lo miró fijamente y asintió. La trampa estaba armada; solo faltaba encontrar el mapa del laberinto.
Josep tenía razón: no podían descender sin saber qué encontraban.
Pero Leonor sabía, en el fondo de su corazón, que el momento del descenso se acercaba.
Y que, cuando llegara, nada podría detenerla.
La luz de los metales, aquel zumbido que la había sacudido, era la prueba de que el subsuelo ya los había reclamado.