El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 9 LA NOCHE EN EL ANDÉN
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CAPÍTULO 9 LA NOCHE EN EL ANDÉN

Se levantó sin hacer ruido y, al abrir la puerta de su alcoba, halló la sombra de su padre apoyada en el umbral de la suya.

Sebastià notaba el mismo insomnio; sus pupilas, hundidas en cuencas oscuras, la escrutaban con una fatiga que no era solo física.

Una fina línea de sudor frío le surcaba las sienes al anciano, delatando que la vigilia compartía las mismas pesadillas.

Sebastià llevaba años sin dormir bien, desde que Oliveres había desaparecido y él había heredado el peso de sus enigmas.

Pero aquella noche, su desvelo tenía un nombre: el temor a perder a su hija como había perdido a su hijo, como había perdido a su esposa.

El miedo a que la ciudad, con su hambre de piedra, se tragara también a Leonor.

El recuerdo de su hijo muerto y de su esposa desaparecida parecía proyectarse sobre la figura de la maestra, y Sebastià veía en ella el último eslabón de una cadena de pérdidas que no podía soportar.

—¿Adónde crees que vas? —la voz le salió como un susurro áspero.

—Al metro. Tengo que volver.

—¿A estas horas?

—Los bombardeos no distinguen horarios. La estación está abierta. Sebastià la contempló largo tiempo. Luego, sin decir palabra, recogió su chaqueta del respaldo.

—No irás sola.

No era una declaración de valentía, sino de necesidad. Leonor sabía que, si no bajaba aquella noche, si no enfrentaba aquello que la llamaba desde las profundidades, nunca volvería a dormir. El pavor, como la guerra, era una bestia que se alimentaba de la espera.

Caminaron por el Eixample en un mutismo sepulcral, esquivando los cráteres que la artillería había esculpido en el asfalto.

El aire de la noche estaba impregnado de hollín dulzón y polvo de ladrillo triturado, una atmósfera irrespirable que se filtraba en la garganta con la textura del cemento.

Las calles parecían un campo de batalla abandonado: fachadas desgarradas, ventanas sin cristal, escombros amontonados en las esquinas.

La luna, oculta tras una capa de nubes sucias, apenas iluminaba el camino, y la urbe misma se avergonzaba de mostrarse herida.

Leonor y su padre caminaban despacio, con el único sonido de sus pasos sobre el asfalto roto.

En algún lugar, un perro ladraba, y la reverberación de su ladrido se perdía entre los edificios derruidos, como un lamento que nadie escuchaba.

Leonor sintió que Barcelona, herida y silenciosa, era un reflejo de su propio estado de ánimo: rota, pero aún en pie.

Al llegar a la boca del metro de Rocafort, el descenso se sintió como una caída en un pozo de tiempo. El hedor familiar del refugio les golpeó a mitad de la escalera. Leonor pensó que aquel olor era el olor de la derrota, pero también el de la resistencia, la voluntad de sobrevivir a pesar de todo.

El andén era un purgatorio de cuerpos apiñados sobre mantas raídas, un organismo colosal que respiraba al unísono.

Las bombillas oscilaban, proyectando perfiles alargados.

Leonor observó a los refugiados —la mujer con el bebé, el anciano que tosía, los críos abrazados a sus madres— y supo que ninguno de ellos sabía que, más allá de las paredes, algo los observaba.

—No te alejes —susurró Sebastià, aferrándose al brazo de su hija—. Solo echamos un vistazo.

Caminaron hasta la zona terminal de la plataforma, donde el gentío era menor.

Allí, la quietud se sentía más densa, casi sólida, impregnada del aroma a tormenta contenida y piedra secular.

Esa zona era un lugar olvidado, donde los refugiados apenas se aventuraban.

Allí, la resonancia de las conversaciones se desvanecía, y el único sonido era el goteo constante de las filtraciones.

Leonor sintió que, en aquel rincón, el tiempo se movía de otra manera, más lento, más denso, la piedra misma parecía cansada.

Aquel lugar había sido abandonado por los vivos y reclamado por algo más antiguo.

Entonces, la oyó.

—Maestra... por acá.

La voz era infantil, carente de eco. No venía de la estación, sino de algún lugar tras la columna más cercana. Leonor se detuvo, con un inesperado martilleo en sus sienes.

—¿Has oído eso? —preguntó.

Sebastià asintió con un gesto lento.

—Sí. Una voz de niño.

—Me ha llamado... me ha llamado maestra.

Leonor reconoció aquella voz, aunque no la había oído nunca antes.

Era la voz de un crío que había estado aguardando mucho tiempo, que había visto cosas que ningún pequeño debería ver, y que ahora, por fin, había encontrado a alguien dispuesto a escuchar.

En aquel tono había una mezcla de inocencia perdida y desesperación contenida; el chaval la estaba llamando durante años sin que nadie lo oyera.

Se soltó del brazo de su padre y, movida por una pulsión magnética, dio un paso hacia la penumbra.

—Maestra... por acá —repitió la voz, esta vez con una claridad que le taladró el cerebro.

Detrás del pilar, algo se desplazó. Una imagen veloz, de una pequeñez inquietante, que se deslizó hacia el fondo de la galería.

En ese instante, las luces murieron.

No fue un parpadeo. Fue una asfixia total.

La oscuridad fue absoluta, un vacío táctil que les borró el mundo.

Los refugiados, a pocos metros, continuaron durmiendo, ignorantes de que la realidad se acababa de romper.

El mutismo se volvió tan denso que Leonor sintió que sus pulmones se negaban a procesar el aire.

No era la ausencia de sonido, sino la presencia de algo más grande, más antiguo, que había estado aguardando en el fondo de las galerías y que ahora, por fin, se manifestaba.

La tiniebla no estaba vacía; estaba llena de una presencia que no podía verse pero que se sentía en la piel, en los huesos, en la médula.

—Ya viene... se acerca... por allí viene —murmuró una segunda voz. Más grave, rota por un pánico que no intentaba disimular.

Leonor sintió un frío polar en la nuca y, ante ella, en la inmensidad ciega del túnel, vio pequeñas esferas de luz.

No eran eléctricas. Eran luces frías, como luciérnagas moribundas, que flotaban en el aire denso.

Vio cómo una de ellas se acercaba a la pared y se escurría por una ranura entre dos piezas de cerámica, desapareciendo hacia el interior de la estructura.

Los revestimientos parecían ablandarse ante su paso, abriéndose y cerrándose como una membrana viva.

Leonor supo, en ese instante, que no estaba viendo luz.

Estaba viendo almas. Almas de niños que habían muerto en aquellos túneles, atrapados en un limbo de azulejos y silencio, esperando que alguien, algún día, viniera a liberarlos.

Aquellas luces eran como pequeñas llamas de esperanza, frágiles y desesperadas, que se movían con la urgencia de quienes han estado esperando demasiado tiempo.

—¿Qué es eso? —susurró.

—Vámonos —la voz de Sebastià sonaba tensa—. Ahora mismo.

Leonor no ofreció resistencia. Se agarró a su padre y ambos retrocedieron, tropezando con los cuerpos dormidos.

Mientras retrocedían, Leonor sintió que la llave y el colgante vibraban contra su pecho: los objetos lloraban, se despedían de aquellas almas que no podían salvar.

Y supo, con una convicción que la acompañaría el resto de su vida, que aquellos niños la habían reclamado por una razón. Y que no podría ignorarlos.

Las luces volvieron con un parpadeo agónico. El andén seguía igual: el mismo infierno de mantas, el mismo hedor. Nadie se había dado cuenta. Salieron a la superficie, donde el aire cortante de la madrugada golpeó sus rostros como un alivio salvaje. Se detuvieron junto a la entrada.

—Papá... —dijo Leonor, temblando—. Tú también lo has visto.

Sebastià permaneció callado.

—Sí. Y no sé qué era. Pero no era humano.

—Eran ellos. Los niños que han desaparecido.

Él no contestó, pero la estrechó contra sí.

Su padre no le dijo que no volviera. Sabía que era inútil.

Había visto el mismo reclamo en sus ojos, la misma certeza que lo había consumido a él años atrás, cuando Oliveres le había confiado la llave.

La única diferencia era que Leonor, a diferencia de él, iba a responder a esa invocación.

—Mañana —murmuró—. Mañana volveré.

Sebastià no le llevó la contraria. Regresaron a casa en una procesión de sombras desveladas.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Leonor supo que no habría vuelta atrás: la maestra ya tenía una lección final que dictar, y tendría que descender al abismo para impartirla.

No sabía qué encontraría allí abajo. No sabía si volvería.

Pero sabía que, por primera vez en su vida, estaba haciendo lo correcto.

No por deber, ni por promesa, sino porque aquellos niños la habían llamado, y ella no podía negarse a escuchar.

El eco infantil seguía resonando en su memoria, una reverberación que la guiaría hasta el final.