El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 8 EL MAQUINISTA
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CAPÍTULO 8 EL MAQUINISTA

El andén de la estación de Lesseps estaba casi vacío a aquella hora intempestiva.

Leonor aguardaba el convoy que debía retornarla al Eixample, de pie junto al borde de seguridad, con la mirada fija en la profundidad de las vías.

Colgando sobre su blusa, enhebradas con firmeza en una misma cadena de plata, descansaban ahora la llave de Oliveres y el colgante de Joan.

Con cada mínimo movimiento de su cuerpo, ambas piezas chocaban entre sí con un tintineo sutil, un repiqueteo que marcaba el ritmo de su propio recelo.

El sonido de la plata al chocar era hipnótico, un reloj que contaba los segundos que le quedaban antes de que algo inevitable ocurriera.

Leonor se preguntaba si Josep notaría el tintineo, si reconocería en él algo familiar, algo que le hiciera detenerse.

El sonido era tan regular que parecía tener un propósito; los amuletos hablaban en un idioma que solo ellos entendían.

El goteo constante de las filtraciones subterráneas medía el paso de los minutos en aquel refugio de azulejos blanquecinos, manchados de hollín y humedad.

Leonor no podía dejar de mirar la oquedad de la galería.

No era la oscuridad habitual de las vías del metro, sino algo más denso, más antiguo, una presencia viva que la observaba con la paciencia de un depredador.

Sabía que aquello era solo su imaginación, alimentada por la vigilia y la falta de sueño, pero no podía evitar sentir que, en algún lugar de aquella penumbra, algo la aguardaba.

La oscuridad respiraba; la galería estaba viva, observándola desde su propio interior.

Un hombre emergió de las escaleras del acceso con el paso pesado de quien arrastra una fatiga crónica.

Vestía el característico uniforme azul de los maquinistas del Gran Metro, con las mangas y el pecho salpicados de grasa de máquina, y del bolsillo superior de la guerrera asomaba un pañuelo de algodón blanco pulcramente doblado.

Caminaba hacia la salida con la mirada abatida, mirando el suelo de baldosas.

Sus hombros se encorvaban bajo el peso invisible de los turnos nocturnos, un agotamiento que parecía haberse incrustado de manera permanente en los pliegues de su ropa.

Aquel hombre llevaba la fatiga grabada en el semblante, en la forma en que arrastraba los pies, en la manera en que sus brazos colgaban a los costados, pesando más de lo que debían.

Leonor supo, sin necesidad de preguntar, que había visto cosas en aquellas profundidades que ningún ser humano debería ver.

Y que, a pesar de todo, seguía volviendo a su puesto cada día.

Leonor se desplazó un palmo a la izquierda para dejarle vía libre.

En el preciso instante en que sus trayectorias se cruzaron, las bombillas del andén parpadearon con violencia, apagándose y encendiéndose en una secuencia sincopada.

Al unísono, los dijes que pendían de su cuello emitieron un destello fugaz, una fosforescencia fría que brotó y se extinguió en una fracción de segundo.

Leonor sintió que el colgante se calentaba contra su pecho, y luego se enfriaba de nuevo: había reconocido algo en aquel hombre.

El calor era breve pero intenso, una señal que llegaba desde el interior de la galería.

Josep Comas se detuvo en seco. No pronunció palabra, pero sus pupilas se clavaron en el brillo que acababa de apagarse sobre el pecho de la mujer.

Durante un segundo interminable, ambos permanecieron inmóviles.

Después, el maquinista desvió la vista y reanudó la marcha.

Pero no abandonó la estación. Se detuvo junto al arranque de la escalinata, extrajo una cajetilla, encendió un pitillo y se quedó aguardando.

La llama del mechero iluminó sus facciones por un instante: pómulos marcados, ojeras profundas, una barba de dos días que no había tenido tiempo de afeitar.

Era la cara de un hombre que no dormía, que vivía en un estado de alerta permanente, temiendo que en cualquier momento algo saliera de las sombras para reclamarle cuentas.

Leonor sintió que aquella expresión no era solo de cansancio, sino de algo más antiguo, de un hombre que llevaba años aguardando que otra persona llegara con aquel brillo.

El convoy apareció silbando en la profundidad de la galería.

Leonor abordó el primer vagón, prácticamente desierto.

Justo cuando las puertas se cerraron con un estrépito neumático, Josep Comas atravesó el acceso del extremo opuesto, caminó por el pasillo central y se sentó frente a ella sin pedir autorización.

El olor acre a tabaco barato y a sudor frío impregnó de inmediato el estrecho espacio que los separaba.

—Mi relevo ha terminado —dijo con voz áspera—. Pero si va a bajar en Rocafort, la acompañaré hasta los andenes. No sé qué se esconde en esos sectores clausurados, pero no debería aventurarse allí sola.

Leonor lo miró, estupefacta.

—¿Cómo sabe que me dirijo a Rocafort?

—Por el destello. He visto eso antes, en las entrañas de la red —confesó, bajando la voz y señalando la cadena—.

Una noche de servicio, cuando la corriente cayó en todo el sector, vi algo resplandeciendo sobre los raíles muertos.

Era idéntico a eso. Aquella noche, el suministro se fue de repente, y durante unos segundos la reserva fue absoluta.

Entonces vi aquella luz, al fondo de la galería, como un ojo que me miraba.

No supe qué era, pero supe que no era humano.

Eso lo había estado aguardando, y sabía que él regresaría alguna vez.

Leonor se llevó una mano al pecho; la llave y el colgante seguían despidiendo un calor anómalo.

—Usted no lleva eso. Eso la lleva a usted —añadió Josep con sequedad.

—Mi padre me la entregó. Perteneció a un archivero municipal desaparecido. Se llamaba Oliveres.

Al pronunciar aquel nombre, las bombillas del vagón sufrieron una caída de tensión. El parpadeo fue lento, letal. Un segundo después, la iluminación recuperó su tono amarillento. Josep también lo había presenciado. Su rostro se tornó aún más pálido.

—¿Y qué pretende hacer con todo esto? —preguntó.

—Desenterrar lo que habita en esos pasadizos.

El tren devoraba los kilómetros de galería. Josep dio otra calada lenta a su pitillo. El humo se elevaba en espirales grises, mezclándose con el polvo y la humedad del coche. Josep miraba aquellas espirales buscando respuestas en su forma.

—Los maquinistas comentamos cosas entre turnos —murmuró—. Hay sucesos que se multiplican en el silencio de las galerías. Presencias que desafían la lógica.

—¿A qué se refiere?

—Siluetas que caminan por las vías de servicio.

Murmullos ininteligibles. Hace unos años, un compañero llamado Pere aseguró haber visto a un niño de pie en medio de los raíles.

Detuvo el convoy de emergencia, bajó a buscarlo y no halló nada...

pero juraba que la criatura estaba allí.

Presentó la baja voluntaria al amanecer.

La historia de Pere era conocida entre los maquinistas, una leyenda que se transmitía de generación en generación, como una patraña que los veteranos contaban a los novatos para mantenerlos alerta.

Pero Josep sabía que no era una invención.

Había visto el rostro de Pere al día siguiente, pálido y desencajado, y había entendido que lo que su compañero había visto era tan real como el hierro de los rieles.

—¿Y usted? —inquirió Leonor—. ¿Ha visto algo semejante?

Josep permaneció callado. Cuando volvió a hablar, su tono era un susurro:

—He escuchado una melodía. Varias veces, siempre en el mismo tramo maldito.

—¿Qué clase de melodía?

—Una tonada infantil... —hizo una pausa, y un estremecimiento apenas visible recorrió sus labios—. Prefiero no repetirla.

Leonor extrajo la nota amarillenta del colgante de Joan y la desplegó.

—¿Le resulta familiar esta escritura?

Josep examinó el papel con recelo.

—No reconozco la caligrafía. Pero la tonada... de esa prefiero no saber nada.

Una corriente de aire barrió extrañamente el interior del vagón. Josep se alertó.

—Le digo que ocurre siempre en el mismo sector.

—¿Dónde exactamente?

—En las inmediaciones de Rocafort.

Josep extrajo un bloc de notas y comenzó a trazar líneas.

Sus dedos se movían con rapidez, dibujando un mapa que había memorizado en sueños.

Las líneas eran precisas, el trazado de alguien que lo había recorrido cientos de veces en su mente.

—Esto no figura en los manuales de la compañía —explicó—.

Pero existe. Los operarios más antiguos lo sabemos.

Hay túneles sellados que siguen comunicados con los colectores originales.

—¿Y el acceso?

Josep marcó una cruz sobre el papel.

—Aquí, bajo este cruce de calles. Desciende en pendiente hasta enlazarse con los colectores del puerto —tragó saliva—. Y allí abajo hay un portón blindado.

—¿Una puerta?

—Sí. Y nadie conoce qué hay al otro lado.

Mientras señalaba el punto exacto, una sacudida de terror atravesó a Leonor.

No era el frío del otoño; era la certeza de que una mirada invisible los acechaba desde la negrura.

Leonor sintió que el tiempo se detenía, que el traqueteo del tren se desvanecía y que el mundo se reducía a aquel papel, a aquella cruz marcada en el centro.

En algún lugar, bajo sus pies, había una puerta que no debía ser abierta.

Y sin embargo, sabía que no podría evitar intentarlo.

—¿Ha descendido alguna vez a ese sector? —preguntó.

—Jamás. Y usted tampoco debería.

El convoy se detuvo en Cataluña. Josep se puso en pie.

—El Transversal nos espera en el andén de enfrente.

Descendieron y cruzaron los pasillos hasta la plataforma de destino. El andén estaba desierto, bañado por una luz espectral.

—Tengo que apearme aquí —dijo Leonor—. Necesito respuestas.

—No comprende lo que aguarda ahí abajo —insistió Josep—. Los pocos que han rozado esa verdad no han vuelto.

—Por eso no puedo dar media vuelta. Josep la contempló largamente.

En su mirada había una mezcla de respeto y temor: veía a alguien que se disponía a cruzar una frontera que él mismo había evitado toda su vida.

Y, en el fondo, una chispa de esperanza: quizás, después de tantos años, alguien iba a atreverse a hacer lo que él nunca había tenido el valor de hacer.

Al dar un paso para alejarse, un tirón seco le heló los movimientos: el colgante y la llave se elevaron unos milímetros sobre su blusa, suspendidos en el aire por una fuerza invisible. Josep retrocedió espantado.

—¿Qué demonios ha sido eso? —exclamó con un hilo de voz.

Leonor bajó la vista. Ya no cabía duda; los objetos respondían a una llamada subterránea.

Las piezas se movían con una precisión inquietante, siguiendo una melodía que solo ellas podían oír.

Leonor sintió que la cadena de plata se calentaba hasta quemarle la piel: los amuletos intentaban liberarse de su sujeción para seguir la llamada que los atraía hacia el sur.

El maquinista se quedó mudo. Miró el brillo antinatural de los metales, luego la mirada firme de la maestra, y finalmente la negrura insondable del abismo. Comprendió que huir ya no servía de nada, que la red los había marcado a ambos.

—Pronto hablaremos —murmuró con la voz quebrada, dándose la vuelta y perdiéndose por las escaleras.

Leonor se quedó sola en el andén, con los amuletos tintineando contra su pecho, sabiendo que el abismo ya había fijado una fecha. No sabía cuándo, ni cómo, pero sabía que volvería a ver a Josep. Y sabía que, cuando eso ocurriera, el túnel los estaría aguardando.