El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 5 LA PROMESA
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CAPÍTULO 5 LA PROMESA

Los rotativos sobre la mesa parecían sonreírle con sus titulares; cada palabra era una aguja clavada en su conciencia.

Solidaridad Obrera: «¿Dónde está la policía cuando un niño desaparece?

». El artículo, firmado con la pluma afilada de una redactora de la CNT, diseccionaba la pérdida del pequeño con saña.

Acusaba a la Guardia de Asalto de malgastar patrullas persiguiendo disidentes en la retaguardia mientras los críos se desvanecían en las entrañas del subsuelo.

Dinamisme, el portavoz de la UGT, adoptaba un tono más sobrio pero igual de implacable: «El caos de la revolución se cobra otra víctima inocente».

Sin mencionar al jefe directamente, el texto señalaba que la desorganización institucional había convertido las galerías de la ciudad en una trampa mortal.

Roca conocía a la redactora de Solidaridad Obrera, Eulàlia Vives, una mujer que había perdido a su hermano en el frente y desde entonces se había dedicado a denunciar las injusticias de la retaguardia.

El comisario la odiaba con la misma intensidad con que temía su capacidad para movilizar a la opinión pública.

Sabía que la periodista no se detendría hasta que alguien pagara por la desaparición de Jordi Soler, y sabía que ese alguien podría ser él.

Había visto a Eulàlia en persona una vez, en una conferencia de prensa, y le había parecido una señora de mirada afilada y tono firme, alguien que no se doblegaba ante el poder.

Aquella imagen lo perseguía ahora, mientras leía sus palabras en la página.

El comisario estrujó los pliegos con furia ciega y los arrojó al fondo de la papelera.

—¡Periodistas de mierda! —bramó, golpeando el canto del escritorio con la palma abierta—. ¡No tienen bastante con un conflicto que nos desangra, que necesitan venir a señalarme a mí con el dedo!

El agente de guardia, plantado junto al marco de la puerta, se encogió instintivamente ante el estallido.

El subalterno, un joven llamado Ferrán, llevaba apenas tres meses en el cuerpo y aún no se había acostumbrado a los arrebatos de su superior.

Roca era un tipo de carácter difícil, pero el muchacho sabía que detrás de aquella furia había un cansancio profundo, un hombre que había visto demasiadas cosas y que ya no podía soportar el peso de sus responsabilidades.

A veces, Ferrán se preguntaba cómo sería el comisario antes de este horror, antes de que la burocracia y la muerte lo hubieran consumido.

Imaginaba a un individuo más joven, con menos arrugas, con una mirada que no estuviera siempre al borde de la desesperación.

Pero aquel hombre ya no existía. En su lugar, solo quedaba un oficial hastiado que se refugiaba en los cigarrillos y la rabia.

—¿Quiere que retire los diarios, jefe?

—Déjelos ahí —masculló Roca—. Que se pudran con el resto de la basura.

Sin embargo, en cuanto el subordinado cerró tras de sí, el policía se inclinó hacia delante, rescató los papeles de la papelera y alisó los pliegues con furia.

Sus ojos volvieron a caer sobre una línea perdida, casi oculta en el faldón de la página de la CNT: «En los últimos años, otros menores han desaparecido en circunstancias idénticas en el laberinto de la red metropolitana.

Ninguno de los casos ha sido resuelto por las autoridades».

Roca sintió un escalofrío al leer aquella línea.

Los otros expedientes. Los que él mismo había archivado sin darles importancia.

Los que ahora volvían para recordarle que su negligencia tenía consecuencias.

Con un gruñido sordo, el comisario abrió el cajón inferior de su escritorio y extrajo un atestado olvidado.

Una carpeta de cartón gris, ajada por el tiempo, con el lomo despegado y un rótulo escrito a mano que amenazaba con borrarse: «Desapariciones — Metro — 1924-1936».

No recordaba quién se la había dejado en herencia; tal vez su antecesor en el cargo, tal vez un informe arrastrado por la desidia burocrática de los años republicanos.

El cartón estaba reseco al tacto, desprendiendo ese característico olor a papel viejo que solo acumulan los casos que la justicia prefiere sepultar.

Roca abrió el dossier con dedos temblorosos; sabía que lo que iba a encontrar cambiaría su percepción de los hechos.

Lo abrió con desgana. Cuatro casos en doce años: dos niños y dos niñas de entre seis y nueve años, evaporados sin testigos ni rastro en distintas estaciones del subterráneo.

Todos archivados con la misma fórmula de trámite: fuga del hogar o accidente fortuito en las vías.

Ni un solo sospechoso. Ni un solo cadáver recuperado.

El comisario repasó los nombres sin detenerse en ninguno.

Eran solo palabras en un papel, estadísticas que alguien había enterrado para no manchar el expediente de la compañía de transportes.

Pero sabía, en el fondo de su conciencia, que aquellos pequeños no eran solo números.

Eran vidas que se habían desvanecido sin dejar rastro, y él había hecho poco o nada por encontrarlas.

Recordó a uno de ellos, un chaval llamado Martí, de siete años, que había desaparecido en la estación de Urquinaona en 1931.

La madre había llorado en su cuarto durante horas, y él le había dado una palmada en el hombro y le había dicho que todo se solucionaría.

No se solucionó. Nunca se solucionaba nada en la contienda.

La madre de Martí seguía viniendo a la comisaría, cada año, en el aniversario de la desaparición de su hijo.

Nunca dejaba de preguntar. Y Roca nunca tenía una respuesta para ella.

El comisario cerró el cartapacio de golpe, levantando una ligera nube de polvo reseco.

—Coincidencias —se obligó a decir en voz baja, buscando convencerse a sí mismo—. Pura casualidad de una urbe rota.

Pero el frío en la boca del estómago le susurraba lo contrario.

Sabía, aunque no quería admitirlo, que había algo más que coincidencias en aquellos casos.

La misma estación, la misma dinámica, el mismo mutismo de las autoridades.

Era un patrón que se repetía con una regularidad que no podía ignorar.

Un golpe seco en la madera interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

Leonor Ferrer cruzó el umbral con el paso firme de quien ya no teme al mando, aunque sus brazos cruzados a la espalda traicionaban los nervios al retar al comisario.

Vestida rigurosamente de negro y con el cabello sujeto en un moño austero, se detuvo frente al escritorio.

Los rotativos aún ocupaban el centro del tablero; Roca no había tenido tiempo de ocultarlos.

La maestra los vio, reconoció los titulares, y supo que el jefe ya había leído lo que ella había leído.

Pero no dijo nada. Esperó a que él hablara.

—Usted otra vez —dijo el oficial, frotándose los ojos con un cansancio infinito—. Señorita Ferrer, ¿no debería estar impartiendo clases en lugar de patrullar por las comisarías?

—Hoy no, comisario. He leído la prensa de esta mañana —respondió ella sin apartar la vista de los diarios—. Sé que el expediente de Jordi Soler se ha cerrado en falso.

—Y así se quedará. Es una orden superior y un asunto zanjado.

—¿Y el billete de 1899? —replicó la mujer, dando un paso al frente—. ¿Y la chaqueta desproporcionada que llevaba puesta? ¿Y los otros atestados que reposan en esa mesa?

Roca levantó la cabeza bruscamente, con el rostro ensombrecido por una hostilidad repentina.

—¿Qué legajos?

—Los que menciona Solidaridad Obrera. Los que guarda en esa carpeta gris que tiene medio oculta.

El comisario bajó la mirada hacia el cartón polvoriento. Había olvidado retirarlo a su cajón.

—Eso no le concierne, señorita Ferrer. Es material policial clasificado.

—Un niño muerto en el metro es incumbencia de esta capital, comisario, no un estorbo administrativo que se archiva para limpiar las estadísticas.

Roca se puso en pie con lentitud, apoyando los nudillos sobre el tablero para intimidarla.

La silueta de su cuerpo, proyectada por la única lámpara de la mesa, cubría por completo a la maestra, intentando empequeñecer su determinación.

Pero Leonor no se movió. Su mirada era firme, y su tono no temblaba.

—Escúcheme bien —siseó, con voz ronca y contenida—.

Usted es docente, no investigadora privada.

Su deber es cuidar de los chavales que aún respiran en las aulas, no hurgar en las miserias de los que ya no están.

Esta lucha masacra a miles de inocentes cada jornada; los juzgados no tienen tiempo para fantasmas ni para teorías absurdas.

—¿Y si esto no es un accidente? ¿Y si hay un patrón?

—No hay más verdad que la que dictan los hechos y la supervivencia —sentenció el jefe—. Y si insiste en hurgar donde no le llaman, señorita Ferrer, terminará exactamente igual que ese pequeño. ¿Me ha comprendido?

Leonor sostuvo su mirada gélida sin parpadear.

—Lo he entendido a la perfección, comisario. Pero no pienso detenerme.

—Pues hágalo por su cuenta y bajo su propio riesgo —replicó el oficial, volviéndose a sentar y dándole la espalda—. Pero no espere ayuda ni clemencia de este despacho.

Leonor giró sobre sus talones y abandonó la sala con la misma dignidad con la que había entrado.

Roca se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo una mezcla de rabia y admiración.

Aquella mujer tenía un valor que él no había visto en muchos hombres.

Pero sabía que aquel coraje la llevaría a la ruina, igual que había llevado a todos los que se atrevían a enfrentarse a la verdad.