CAPÍTULO 4 EL CUERPO DEL PUERTO #3
—Jordi... —susurró, con un hilo de voz—.
Jordi, fill, despierta ya. Ningún sonido alteró la quietud de la estancia.
Mercè extendió un dedo tembloroso y rozó la mejilla del pequeño.
Estaba fría como el cristal de un espejo.
El doctor Font la observó en silencio, recordando aquella misma escena en su propia vida, décadas atrás.
La forma en que la piel de su hijo se había enfriado bajo sus dedos.
La forma en que el mundo se había detenido para siempre.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó, clavando los ojos anegados en el médico.
—No lo sabemos, señora —respondió el doctor Font con tono medido—. No presenta marcas, ni violencia, ni rastro de enfermedad. Su corazón dejó de latir por motivos que escapan a la medicina.
—¿Y la ropa? —inquirió ella al reparar en la vestimenta—. Esa no es...
—Apareció con esta puesta —terció el doctor—. Es una labor artesanal de gran valor. ¿Le resulta familiar?
—No, él llevaba una chaqueta gris que le regaló tía Encarna —era de su medida—, balbuceó Mercè, con los ojos anegados—. Esta que me está mostrando es demasiado grande, y es completamente ajena a nosotros.
El doctor Font la examinó con profunda atención.
—¿Tiene absoluta certeza?
—Absoluta —balbuceó Mercè, quebrándosele la voz—. Yo misma se la ajusté antes de marchar. Desconozco de dónde ha salido esta.
—Entonces —concluyó el doctor Font—, alguien la reemplazó tras su desaparición. Alguien que abrigó al niño con este propósito.
Las piernas de Mercè flaquearon; si no hubiera sido por los brazos del doctor Font, se habría desplomado contra el suelo de terrazo.
—Siéntese aquí, por favor. Voy a buscar agua...
—No —interrumpió ella con un susurro quebrado—. No necesito nada. Solo déjeme junto a mi hijo.
El ambiente del depósito pesaba como una losa. Sin embargo, en medio del mutismo sepulcral, un murmullo sutil comenzó a filtrarse en los oídos de la madre; una tonada infantil, nacida de la penumbra:
—El patio de mi casa es particular...
Ignoró si el sonido brotaba de la realidad o de su propia mente fragmentada.
Lo único inequívoco era que su hijo se hallaba atrapado en un dominio inaccesible para los vivos.
El doctor Font también lo oyó, aunque no se atrevió a decirlo.
Permaneció solo observando a la madre, sabiendo que algunas verdades no necesitan ser pronunciadas para ser verdaderas.
Aquellas palabras cantadas se desvanecieron en el aire.
Mientras Mercè abandonaba el depósito con el alma rota, el expediente de la autopsia emprendía su camino hacia los despachos de la autoridad.
El comisario Roca contemplaba sobre su mesa el informe forense firmado por el doctor Font, el testimonio de la madre y el sobre con el billete de tranvía.
Lo observaba con desdén, como un cuerpo extraño que ensuciaba la burocracia de sus partes diarios.
—¿De dónde ha salido esto? —espetó sin mirar a nadie.
El agente del depósito dio un paso al frente.
—El galeno sostiene que el menor falleció de forma espontánea. Simplemente paró su ritmo cardíaco.
—¿Y el billete?
—Apareció en su camisa. Fechado en 1899.
—¿Y la indumentaria?
—Una pieza de lana fina sin registro comercial. La madre jura que vestía otra prenda antes de extraviarse. Alguien se la cambió en el ínterin.
Roca arrugó el pliego con desdén y lo arrojó sobre el escritorio.
—Archiven el asunto por muerte natural —sentenció—. La contienda nos aniquila por millares cada jornada como para malgastar recursos en rarezas inexplicables. —¿Y el billete antiguo? —insistió el subordinado.
El comisario abrió un cajón y depositó la bolsa de papel dentro.
—Lo conservaré como curiosidad macabra. La guerra desquicia a la gente.
El policía no replicó. Aquella misma noche, al regresar a su domicilio, la imagen del cartón antiguo persistió en su memoria, operando como una brecha abierta en la seguridad de su despacho.
Mercè retornó a su hogar vacía por dentro.
El suéter azul de lana permanecía colgado en el respaldo de la silla de la cocina.
Al cruzar el umbral, la mudez de la vivienda la acogió con violencia.
La quietud gravitaba con la densidad de una condena.
Sobre la mesa de pino reposaba el papel de estraza con el dibujo tosco de un soldado.
Al repararlo, las rodillas de Mercè amenazaron con ceder.
Tomó el suéter azul, lo apretó contra su rostro y respiró el persistente aroma a jabón y niñez que guardaba la trama.
Las lágrimas no acudieron; la pena superaba con creces el desahogo del llanto.
Se desplazó hasta el dormitorio y extrajo del bargueño el fajo de misivas de Joan.
Abrió la última: «Mercè, si algo llega a sucederme, protege a Jordi con tu vida.
Es lo único verdadero que nos pertenece».
Repitió la lectura tres veces antes de doblar el papel y ocultarlo en el bolsillo de su delantal.
—Fallé en el encargo, Joan —susurró para sí—. No supe preservarlo. Les he fallado a los dos.
La casa le devolvió únicamente el crujido sordo de las maderas castigadas por la humedad. Permaneció inmóvil en la estancia vacía, aferrando la prenda infantil contra su pecho, a la espera de un milagro que ya no tenía forma de suceder.