CAPÍTULO 4 EL CUERPO DEL PUERTO #2
—No mires las pertenencias con esa avaricia, muchacho —murmuró el doctor Font sin levantar la vista de las bandejas de acero—.
Miras el bolsillo del difunto con la misma chispa calculadora que los viejos especuladores de parte de mi familia.
Mi tío abuelo Pere Font se hizo rico levantando bloques sobre los solares donde otros perdían la vida en el Eixample.
Creí que al menos nosotros, rodeados de esta carnicería, habíamos aprendido a mirar algo más que el beneficio.
Guarda el cuaderno y concéntrate: a los muertos ya no les importa lo que llevaban encima.
Gerard bajó la mirada, avergonzado, pero no dijo nada.
El doctor Font sabía que no había logrado convencerlo.
La ambición era un instinto demasiado arraigado para ser eliminado con un sermón.
Con treinta años de oficio a sus espaldas, aquel caso en particular le provocaba al doctor un desasosiego indescifrable.
El cuerpo reposaba sobre la losa fría, conservando la prenda de abrigo porque el médico aún no se había atrevido a desabrochársela.
Algo en la postura del niño le recordaba a su propio hijo, muerto de difteria a los cinco años, décadas atrás.
El doctor Font había enterrado a su hijo en el cementerio de Montjuïc, y aún recordaba el peso del ataúd en sus brazos, la forma en que la tierra había caído sobre la madera.
Aquel niño, aquel desconocido, tenía la misma quietud que su hijo había tenido en su lecho de muerte.
Una quietud que no era paz, sino la ausencia de todo.
Cuando su hijo había muerto, el doctor Font había sentido que el mundo se detenía, que el tiempo ya no tenía sentido.
Ahora, al ver aquel cuerpo, sintió el mismo aturdimiento, la misma sensación de que la parca era una presencia que no podía ser explicada ni controlada.
Un golpe seco interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Un miembro de la Guardia de Asalto cruzó el umbral.
Era el mismo oficial que había tomado declaración a Mercè Soler en la estación de metro un par de jornadas atrás, portando bajo el brazo una libreta y una expresión de profundo cansancio.
El oficial, que se llamaba Molina, llevaba veinte años en el cuerpo y había visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nada.
Pero aquella mañana, algo en su mirada delataba una zozobra que no lograba ocultar.
Molina había visto cadáveres de todo tipo, pero aquel niño, con su piel intacta y su rostro sereno, le provocaba una sensación que no sabía cómo nombrar.
No era miedo, era algo más profundo: la certeza de que la muerte, en aquel caso, no seguía las reglas que él conocía.
—Doctor Font, la madre aguarda en la estancia contigua. Exige ver el cuerpo de su hijo.
El doctor Font levantó la vista de sus fichas y se despojó de los lentes metálicos. —¿Está plenamente convencida?
—Asegura que se trata de su niño, Jordi Soler, de ocho años, desaparecido en Rocafort durante la última alarma aérea.
—¿Cómo lo ha identificado?
—Por la descripción de la ropa. Mencionó una chaqueta gris regalada por su tía —explicó el agente, deteniéndose un instante—. Aunque antes, presa de los nervios en el andén, gritó que llevaba un jersey azul. Pero esa prenda se hallaba colgada en su domicilio.
El doctor Font asintió despacio, volviendo la mirada hacia la camilla.
Sabía que la identificación de un cadáver era siempre un momento difícil para los familiares, pero en aquel caso, la confusión de la madre añadía una capa de misterio que no podía ignorar.
La chaqueta gris no encajaba en la descripción inicial de la ropa, y la presencia de una prenda ajena era un detalle que no podía pasarse por alto.
—¿La hago pasar? —inquirió el policía.
—No —respondió el galeno—. Primero necesito averiguar qué le arrancó la vida.
La autopsia se prolongó durante dos horas.
El doctor Font laboró con la precisión quirúrgica de quien asume la absoluta responsabilidad de sus palabras ante la desdicha.
Incidió el tórax, exploró los tejidos pulmonares, el músculo cardíaco y el tejido cerebral.
El bisturí avanzaba con suavidad por la dermis intacta, encontrando una resistencia biológica anómala para un cuerpo extraído del mar.
Los tejidos mantenían una elasticidad casi vital, como si la muerte hubiera sido apenas un paréntesis.
El doctor Font había visto muchos cuerpos en su carrera, pero ninguno como aquel.
Parecía que el niño no hubiera muerto, sino que hubiera sido transportado a un lugar donde la muerte no existía, solo la ausencia de vida.
La carne, en lugar de estar fría y rígida, conservaba una textura que desafiaba la lógica; la vida hubiera sido suspendida en lugar de extinguida.
El resultado fue desconcertante. No había rastro de líquido en los pulmones.
Faltaban lesiones internas, huellas de agresión, tóxicos o patologías aparentes.
El corazón del pequeño se había detenido por completo sin causa física que lo justificara, como si una mano invisible hubiera seccionado el impulso vital.
El doctor Font se quedó mirando el cuerpo en silencio, sintiendo que la ciencia no tenía respuestas para lo que estaba viendo.
El corazón, examinado bajo la luz del flexo, parecía perfectamente sano.
No había infarto, no había hemorragia, no había nada que explicara su parada.
La vida se había retirado sin previo aviso, llamando al niño desde un lugar que la medicina no podía alcanzar.
—¿Cuál fue la causa de la muerte? —preguntó el agente desde el marco de la puerta.
El doctor Font se despojó de los guantes de goma arrojándolos a la cubeta.
—Lo ignoro. Carece de etiología clínica. Su corazón cesó y no hallo explicación científica para ello.
El guardia anotó el apunte. Pero en su mirada había algo más que simple burocracia: una pregunta que no se atrevía a formular.
¿Qué clase de muerte no tiene explicación?
¿Qué tipo de muerte no deja rastro? El doctor Font sabía que no había respuesta, al menos no una que pudiera escribir en un informe oficial.
—¿Y respecto a la chaqueta? ¿La reconoce?
El médico sacudió negativamente la cabeza.
—Es de una lana de calidad superior, de un tipo que dejó de comercializarse antes del conflicto. La costura está realizada a mano, con hilo de seda legítimo. No porta etiquetas ni marcas comerciales. No pertenece a este niño.
—¿Cómo puede afirmarlo con tanta seguridad?
—Resulta desproporcionada para su tamaño. Acérquese a la mesa y observe los dobladillos de las mangas, ajustados tres veces. Alguien se la colocó, pero indudablemente no era para él.
—¿Quién pudo hacerlo?
El doctor Font se quedó callado. Se apartó de la camilla y se acercó a la mesa auxiliar de acero donde reposaban los efectos personales del difunto.
Entre la chaqueta gris y la camisa apartada, examinó con atención los dobleces del tejido.
En el bolsillo de la camisa asomaba un pequeño cartón rectangular.
Lo extrajo con sumo cuidado mediante unas pinzas.
Se trataba de un billete antiguo, amarillento por el paso de las décadas, con los cantos ajados.
Mostraba una ilustración impresa de un tranvía de tracción animal y una rotulación legible: «Tranvías de Barcelona.
1899. Abono de 10 viajes. Válido exclusivamente para la línea del Eixample. »
El doctor lo elevó contra la luz cenital del flexo.
El billete era de una calidad que no se veía en los papeles de la guerra: grueso, con un relieve apenas perceptible al tacto, y que había sido impreso con una tecnología que ya no existía.
El doctor Font reconoció el tipo de papel, el tipo de tinta, el tipo de impresión.
Era un billete que no debería existir en el bolsillo de un niño de 1937.
—¿Qué clase de objeto es ese? —se interesó el uniformado.
—Un título de transporte de hace casi cuarenta años —respondió el doctor Font—. Del año 1899.
—¿Qué demonios hace un cartón así entre las pertenencias de un menor en 1937?
—Lo desconozco —murmuró el forense, introduciendo el billete en un sobre de pruebas—. Pero confirma que nos enfrentamos a una anomalía imposible de encajar.
El doctor Font suspiró, cerró el sobre y se retiró hacia la puerta.
—Ya he terminado —anunció—. Haga pasar a la madre. Debe ser ella quien confirme la identidad.
Mercè Soler cruzó el umbral de la sala de reconocimiento con los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.
El doctor Font la condujo con suavidad hasta la camilla y retiró la sábana.
La madre contempló las facciones apacibles de su hijo.
Los párpados cerrados, los labios entreabiertos, los cabellos todavía húmedos.
No exhalaba la fealdad de la muerte; parecía sumido en un letargo apacible.