CAPÍTULO 4 EL CUERPO DEL PUERTO
Tomàs Rovira acumulaba cuatro décadas arrojando las redes al mar con los primeros destellos del alba, pero jamás había contemplado semejante estampa.
El viento de levante mecía las barcas de madera atracadas en el muelle, impregnando el ambiente con el hedor habitual a pescado podrido, fango estancado y el persistente rastro de los barcos mercantes que llevaban meses semiparalizados por el bloqueo naval.
Desde el estallido de la guerra, el puerto de Barcelona había perdido su antiguo esplendor.
Los grandes veleros y vapores que antes atracaban en sus muelles habían sido sustituidos por esquifes de pesca y pequeñas embarcaciones de cabotaje que apenas lograban sortear el cerco de los buques franquistas.
Los pescadores, como Tomàs, eran de los pocos que aún se aventuraban mar adentro, arriesgándose a ser interceptados por los patrulleros.
El viejo había visto el puerto cambiar a lo largo de los años: había conocido la época de los grandes navíos, cuando las velas blancas llenaban el horizonte y el olor a especias y maderas exóticas se mezclaba con la brisa.
Ahora, el puerto era un esqueleto de lo que había sido, un lugar donde los barcos se pudrían lentamente y los hombres se aferraban a la rutina de la pesca como a un recuerdo de tiempos mejores.
Tomàs recordaba a su padre, que también había sido pescador, y que le había enseñado a leer el mar en las olas y en el viento.
Su padre había perecido en una tormenta, hacía treinta años, y Tomàs había heredado su barco y su oficio.
Ahora, el barco era lo único que le quedaba, junto con la memoria de un mar que ya no era el mismo.
Cuando los corchos de la malla emergieron rompiendo la tensión del agua, notó un peso inusual, impropio de la pesca ordinaria.
El cáñamo mojado tiraba hacia abajo con una obstinación sorda.
Tomàs había pescado todo tipo de cosas en sus cuarenta años de oficio, pero aquella sensación era distinta.
No era el tirón de un banco de sardinas, ni el lastre de un pulpo enredado en los hilos.
Era algo más pesado, más denso. Recordó una vez, hacía veinte años, cuando había sacado una caja de madera llena de monedas antiguas, restos de un naufragio que nunca se había documentado.
Pero aquel día, la sensación era diferente.
No era la carga de un tesoro, sino el de algo que no debería estar allí, algo que el mar había querido contar durante demasiado tiempo.
En el fondo de su memoria, Tomàs recordaba las historias que los viejos pescadores contaban en las tabernas del puerto: leyendas de cuerpos que el mar devolvía sin explicación, de ahogados que no lo parecían, de cadáveres que llegaban a la orilla con los ojos abiertos y la piel intacta.
Siempre había creído que eran fábulas para asustar a los novatos.
Ahora, mientras tiraba de la red, sintió que aquellos relatos eran más reales de lo que había imaginado.
Lo que afloró a la superficie no era algo que ningún marinero deseara presenciar en alta mar.
El cuerpo inerte de un niño venía enredado en los hilos de cáñamo, prisionero de la red como un pez capturado al azar.
Tomàs contuvo el aliento, inmóvil en la borda.
Contempló el pequeño torso enfundado en una chaqueta de lana gris, de hechuras ostensiblemente grandes para su estatura, con los brazos rígidos y extendidos hacia delante conservando aún la inercia suspendida en la corriente.
Las aguas cargadas de aceite del puerto escurrían perezosamente por el tejido, despegándose con renuencia.
Por un instante, Tomàs pensó que el niño aún podría estar vivo, que sus brazos extendidos buscaban algo a lo que aferrarse.
Pero la quietud de su cuerpo, la forma en que la cabeza colgaba sin fuerzas, le devolvió a la realidad.
—Madre de Dios —murmuró el viejo pescador, santiguándose con torpeza.
El gesto era automático, aprendido en la infancia y repetido en cada momento de peligro.
Pero aquella mañana, la señal de la cruz sobre su pecho le pareció un ritual vacío, una palabra que ya no significaba nada frente a la imagen de aquel niño envuelto en la red.
Con las manos sacudidas por el temblor, soltó los cabos de la red y dejó que el cuerpo se precipitara de nuevo al fondo, incapaz de soportar la presencia de aquella muerte que parecía flotar al margen de las leyes habituales del naufragio.
El sonido del cuerpo al reingresar en el agua fue suave, casi delicado, el mar lo recibió de nuevo con una ternura que Tomàs no podía comprender.
Se quedó inmóvil, mirando el lugar donde el cuerpo había desaparecido, sintiendo que el tiempo se había detenido.
Alrededor, el puerto seguía su rutina: las gaviotas graznaban, el viento mecía las cuerdas de los barcos, los hombres seguían su trabajo.
Nadie había visto lo que él había visto.
Nadie sabía que el mar acababa de devolver un secreto que no debería haber sido revelado.
No fue hasta la llegada de la patrulla de guardias —alertados por otro barquero que había observado la escena desde la escollera— cuando los restos mortales pudieron ser rescatados por completo.
Utilizando una soga delgada, izaron el cadáver hasta depositarlo sobre el muelle empedrado, cubriéndolo de inmediato con una lona húmeda.
Aparentaba estar profundamente dormido; carecía de contusiones, laceraciones o señales de violencia externa.
Únicamente exhibía la palidez marmórea de la muerte y la pesada chaqueta gris que le abrigaba los hombros.
Los guardias se arrodillaron junto al cuerpo, y uno de ellos, un joven de unos veinticinco años, apartó la lona con mano temblorosa y se santiguó al ver el rostro del niño.
Nunca había visto a un muerto tan joven, tan sereno.
La muerte que conocía era la de los hombres en el frente, la de los ancianos en las camas, la de los enfermos en los hospitales.
Pero aquella muerte era diferente. Era algo sin explicación, una muerte que no dejaba rastro, que no contaba su historia.
—No tiene ni un solo rasguño —observó un agente con voz ronca—. Parece que se hubiera quedado dormido en paz.
—Los ahogados jamás duermen así —replicó su compañero, con gesto adusto—. El agua de mar deforma los cuerpos, los hincha. Los ahogados siempre tienen algo que contar, algo que decir sobre cómo murieron. Pero este niño no decía nada. Su silencio era el más elocuente de todos los testimonios.
Sin embargo, el niño no mostraba rastro de hinchazón.
Su piel se mantenía intacta, sugiriendo que alguien lo había depositado allí con suma delicadeza.
Los guardias se miraron entre sí, incómodos.
Uno de ellos susurró: —No parece que se haya ahogado.
Parece que lo hayan puesto allí —los demás asintieron de mutuo acuerdo, sin atreverse a decir lo que todos pensaban.
En el gélido depósito de cadáveres del antiguo Hospital de la Santa Creu, el doctor Font examinaba el cuerpo sin vida.
Las paredes de piedra del hospital, testigos de siglos de enfermedad y muerte, parecían absorber el calor de los vivos y devolverlo en forma de una humedad fría que se pegaba a la ropa y a la piel.
Allí, en aquel lugar donde el final era la única constante, el forense había aprendido a tratar los cadáveres con el mismo respeto que merecían los vivos.
Conocía cada rincón de aquel edificio: las celdas donde los monjes habían cuidado a los enfermos en la Edad Media, las salas donde los cirujanos habían amputado miembros sin anestesia, los corredores donde las monjas habían rezado por los moribundos.
El hospital era un museo de la muerte, y el doctor Font era su conservador.
A veces, en las noches de insomnio, caminaba por los pasillos vacíos y sentía que los muertos lo observaban desde las paredes, que las piedras guardaban la memoria de los siglos de sufrimiento que habían presenciado.
Aquel edificio era su refugio y su condena.
A diferencia de otros miembros de su estirpe familiar —más dados a la especulación inmobiliaria que a la ciencia—, el médico había consagrado su vida a la anatomía patológica.
En su juventud había creído que la medicina servía para sanar el porvenir, pero tras presenciar el colapso sanitario de una Barcelona cercada por la metralla y el hambre, comprendió que los vivos ya no tenían salvación; sólo los muertos consentían en revelar la verdad incontestable de los crímenes.
Por esa razón colaboraba con los juzgados.
Cada autopsia era un acto de justicia, una voz que se alzaba desde el más allá para acusar a los vivos.
El galeno había visto demasiadas injusticias como para creer que la medicina podía devolver la vida.
Pero aún creía que la verdad, aunque llegara demasiado tarde, era mejor que el silencio.
Mientras preparaba el instrumental, miró de reojo a su joven ayudante, un muchacho ambicioso que anotaba los efectos personales del difunto con una avidez impropia.
El ayudante se llamaba Gerard, y llevaba apenas seis meses trabajando con él.
Era listo, demasiado listo, y el doctor Font sabía que aquella inteligencia podía ser tanto una virtud como un defecto.
Gerard miraba los objetos del difunto con los ojos brillantes, tasando su valor en un mercado de pulgas.
Era un gesto que el médico había visto demasiadas veces en los hombres que creían que la muerte era un negocio.
Sabía que Gerard no duraría mucho en el oficio; la codicia, en aquel mundo de silencios, era un veneno que terminaba por devorar a quien lo albergaba.