El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 3 EL HOMBRE DE LA GORRA #3
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CAPÍTULO 3 EL HOMBRE DE LA GORRA #3

Jaume asintió con inocencia y continuó bajando los peldaños.

En cuanto el último rastro de su silueta desapareció en la penumbra, Boada recolocó los ladrillos y selló la abertura con argamasa, clausurando el acceso para siempre.

El sonido de los pasos de Jaume se desvaneció lentamente, mezclándose con el eco de la canción que empezaba a flotar desde el fondo.

Casi de inmediato, el subsuelo devolvió un sonido que helaba la sangre. Miquel Rius canturreaba aquella vieja canción para arropar a su hijo, y la vocecita de Jaume se sumaba al instante en un coro espectral:

—El patio de mi casa es particular...

El contratista recostó la espalda contra la pared exterior de ladrillo y esbozó una sonrisa vacía.

Su pequeño Joan ya no volvería a estar solo en el fondo de la tierra.

Los días transcurrieron en una espiral de locura.

Boada informó a las autoridades que los obreros habían abandonado la obra a medianoche tras un altercado salarial, una versión que nadie se molestó en investigar en aquellos tiempos convulsos.

La desaparición de unos peones en una obra menor no era noticia para nadie.

La policía archivó el expediente sin demasiado interés.

Sin embargo, el descanso mental jamás llegó.

Por las noches, encerrado en su despacho, los ecos traspasaban el parqué: Miquel, Clara, los obreros sepultados...

y, por encima de todos, el recuerdo persistente de su propio hijo.

Los murmullos no eran acusatorios; eran más terribles aún.

Eran cánticos que jugaban, que vivían una vida paralela en las profundidades de la tierra, y él no podía hacer nada para silenciarlos.

A veces, los susurros entonaban canciones de cuna que él recordaba de su infancia; otras veces, reían como niños jugando al escondite.

Y él, desde su despacho, escuchaba sin poder hacer nada, atrapado en el infierno que él mismo había creado.

Una madrugada, sumido en el delirio provocado por el alcohol y la culpa, gritó hacia las esquinas siniestras de la habitación:

—¡Por qué no calláis de una vez!

La respuesta surgió directamente desde la oscuridad del rincón, adoptando el timbre exacto de Joan:

—Papá, el túnel tiene hambre. Todavía reclama más niños.

Boada se tambaleó, dejándose caer de rodillas sobre la alfombra mientras la botella de coñac se estrellaba contra el suelo, derramando su contenido como un charco de sangre.

En su último suspiro de lucidez, antes de que el corazón le fallara fulminado por el terror, comprendió la monstruosidad definitiva: el verdadero abismo no era el subsuelo de Barcelona, sino la podredumbre que él mismo había albergado en su propio pecho al sacrificar la inocencia para calmar su dolor.

La voz de su hijo, que había sido el consuelo de su vida, se había convertido en su condena.

La promesa que le había hecho a su esposa en su lecho de muerte se había torcido, convirtiéndose en una pesadilla que lo había devorado por dentro.

Había intentado proteger a su hijo, y en su locura, había destruido todo lo que amaba.

Su último pensamiento consciente fue una certeza inapelable: He creado un monstruo.

Y después, la nada.

Treinta y seis años más tarde, exactamente en el mismo andén donde Boada había tapiado el acceso maldito en 1901, Mercè Soler comprendió que el secreto del subsuelo seguía agazapado tras los revestimientos cerámicos.

La tonada infantil brotaba con fuerza desde el otro lado de la pared, filtrándose como vapor.

Ya no era una única voz aislada. Era un coro unísono, muchas voces infantiles cantando juntas desde el fondo de las eras perdidas.

—Jordi... —susurró con los labios exangües—. Jordi, ¿estás ahí?

La canción no cesó. Pero entre todas las modulaciones, una destacó con nitidez desgarradora, perforando el alma de la madre.

—¡Jordi! —gritó, golpeando con desesperación la superficie esmaltada—. ¡Sal de ahí ahora mismo!

El coro infantil continuaba impertérrito, celebrando un juego macabro en las entrañas de la tierra. Mercè se desplomó de rodillas, apoyando la frente contra la fría superficie de la estación.

Justo antes de que el rumor se amortiguara en un murmullo lejano, distinguió la voz de su hijo, clara y cercana, con la nitidez de una presencia al otro lado de un cristal invisible:

—Mamá, no tengas miedo. Aquí estamos muy bien, jugamos al escondite todo el tiempo... Pronto vendrás tú también.

El andén de Rocafort permanecía desierto e inmóvil bajo la luz parpadeante de las bombillas de emergencia, mientras el goteo constante del agua continuaba midiendo el tiempo en la fría quietud del túnel.

Mercè se levantó muy despacio, con el cuerpo entumecido por el horror.

—Jordi —susurró hacia el muro inquebrantable—. No te vayas lejos de mí. No hubo respuesta. Solo la humedad del subsuelo y la quietud opresiva de las galerías devolvían, como un resonar persistente, los retazos de aquella canción infantil que jamás terminaba de apagarse del todo.