CAPÍTULO 3 EL HOMBRE DE LA GORRA #2
La mención de la palabra "hijo" impactó en el pecho de Boada como una cuchillada en carne viva.
La injusticia del universo se le reveló en toda su crudeza: mientras él cargaba con el peso de una muerte que no merecía, aquel peón de manos callosas tenía a su hijo vivo, sano, esperándole cada día.
Un espasmo involuntario contrajo los músculos de su mandíbula.
En su mente, la imagen de Joan cayendo al agua se superpuso a la figura de Miquel: el padre feliz, el hijo perdido, la vida que se escapa.
La imagen de su esposa en su lecho de muerte también regresó, susurrando la promesa que él no había cumplido: "Cuida de Joan.
" Y ahora, aquel obrero cualquiera tenía lo que él había perdido para siempre.
—¿Tienes un hijo?
Miquel asintió, ensanchando ligeramente el pecho con orgullo obrero.
—Sí, señor. Tiene seis años. Un crío avispado y alegre. Le encanta dibujar soldados —añadió con una sonrisa—. Siempre me está preguntando por el trabajo, por los túneles, por las máquinas. Dice que de mayor quiere ser ingeniero.
Un nudo visceral se formó en el estómago del contratista.
La felicidad ajena, la mera existencia de un niño de esa edad, se le antojaba una afrenta intolerable mientras su propio hijo yacía olvidado en las profundidades del puerto.
El mar no había devuelto el cuerpo de Joan.
Durante días, Boada había esperado, recorriendo la costa con los ojos perdidos, buscando entre las olas un resto de tela blanca.
Pero el mar no había devuelto nada. No había tumba, no había despedida, no había cierre.
Solo el vacío. Y ahora aquel hombre le hablaba de su hijo con el sentimiento de que la vida era un regalo que todos merecían menos él.
—Prohíbele la entrada —ordenó con una voz seca, glacial—. Las obras subterráneas no son un patio de recreo para críos.
Miquel bajó la cabeza con incomodidad y regresó a su lugar en la galería.
No entendía la dureza de Boada, pero no se atrevía a discutir.
Era su jefe. Era quien pagaba su salario.
Miquel se dijo a sí mismo que al día siguiente hablaría con su hijo, le explicaría que no podía acercarse a las obras.
Y lo haría, pensó, pero no sabía que ya era demasiado tarde.
Aquella misma noche, cuando el bullicio de los turnos cesó, Boada permaneció inmóvil en la entrada principal del túnel.
De repente, creyó percibir un rumor sutil, un susurro infantil que ascendía desde el fondo de las vías muertas.
Aguzó el oído en la quietud absoluta. Una voz frágil gimió desde las entrañas de la tierra:
—Papá, ojalá estuvieras aquí...
Un escalofrío recorrió la espalda del contratista.
La voz era idéntica a la de Joan. Dio un paso atrás, con el corazón martillándole las sienes, y se asomó a la boca de la excavación.
Solo encontró silencio y el resonar metálico de la humedad.
Pero la voz persistía, venía de un lugar donde el tiempo no existía, donde su hijo seguía esperándolo.
No era un eco. Era una presencia. Algo vivo en las profundidades del túnel que había aprendido a hablar con la voz de su hijo.
—¿Quién anda ahí? —bramó al vacío.
Ninguna respuesta devolvió el eco, tan solo el crujido sordo y lejano de la tierra acomodándose bajo el peso del Eixample.
Pero en ese preciso instante, el contratista comprendió una verdad terrible: el túnel respiraba.
No era una metáfora. El túnel, con sus galerías interminables, parecía tener una voluntad propia.
Boada había pasado demasiado tiempo en sus profundidades para no reconocer aquella sensación: el túnel los observaba.
Y la voz de su hijo era la prueba de que el subsuelo había cobrado conciencia de sí mismo, de que lo que había enterrado en sus entrañas no eran solo cuerpos, sino almas.
Y sabía exactamente qué debía hacer para calmar su propia remordimiento.
Dos noches más tarde, con la excusa de revisar una grieta estructural peligrosa, el contratista condujo a Miquel Rius hasta el fondo de la galería muerta, lejos del campamento donde los demás obreros dormían en las barracas.
La llama parpadeante de la lámpara de carburo proyectaba siluetas danzantes sobre los muros de arcilla y piedra.
—La fisura pasa por aquí —señaló con falsa calma, apuntando a una hendidura amenazante en el paramento—. Si cede, nos arrastrará a todos.
Miquel se inclinó para examinar la roca con la luz de su propia lámpara.
No sospechaba nada. Boada era su jefe, el hombre que firmaba los salarios, el que decidía si el trabajo continuaba o se paralizaba.
Nunca se le habría ocurrido que aquel contratista, con su traje oscuro y su mirada vidriosa, fuera capaz de lo que estaba a punto de hacer.
Miquel pensaba en su hijo, en la merienda que le llevaría al día siguiente, en la pregunta de Jaume sobre la guerra que no existía. No sabía que no volvería a verlo.
En el instante en que el obrero bajó la guardia, Boada alzó pesadamente un pico de hierro y lo golpeó con violencia en la nuca.
El hombre se desplomó sin un quejido sobre la tierra húmeda.
El contratista descargó el pico dos veces más sobre el cuerpo hasta asegurar el fin de la vida.
Una mancha espesa comenzó a extenderse bajo la luz amarillenta.
La sangre se mezcló con la arcilla, formando un charco oscuro que reflejaba la llama vacilante.
Se arrodilló junto al cadáver, respirando con dificultad. Sus manos temblaban al rozar la ropa ensangrentada del peón.
—Perdóname —susurró con los labios trémulos—. Pero necesito que tu hijo venga conmigo. El túnel lo reclama.
El subsuelo permaneció mudo. Comprendió entonces que las galerías no aceptaban la sangre de los adultos; exigían pureza. Exigían niños vivos. La voz de Joan se había desvanecido, pero Boada sabía que no era suficiente. La galería necesitaba más.
Esa misma madrugada, Boada actuó con fría eficacia.
Eliminó a los otros dos obreros que compartían las barracas exteriores, sepultando sus cuerpos junto al capataz en una fosa improvisada al fondo de la galería antes de sellar herméticamente aquel tramo con bloques de terracota y argamasa fresca.
Cuando terminó de colocar la última pieza, el contratista sintió un momento de sosiego.
Creía que, al cerrar aquella boca del infierno, estaba cerrando también su culpa.
Pero la quietud que sintió no le brindó consuelo: era una pausa de espera; era hambre que aún no había sido saciada.
El muro, recién levantado, parecía vibrar con una pulsación apenas perceptible: era la tierra al otro lado, que estaba viva.
Luego, con los dedos aún manchados de cal, se encaminó hacia el domicilio de los Rius.
Las calles de Barcelona estaban desiertas a aquella hora, iluminadas por la luz amarillenta de los faroles de gas.
Boada caminaba con paso rápido, pero no sentía prisa.
Sabía que lo que iba a hacer era irreversible, pero también sabía que no podía detenerse.
El remordimiento lo había consumido, y lo único que le quedaba era alimentar al monstruo que había creado.
Clara, la madre del pequeño Jaume, dormía profundamente ajena a la tragedia cuando el contratista forzó la puerta trasera.
La estranguló con sus propias manos, sin permitir que emitiera un solo sonido.
Su cuerpo cayó sobre la cama, y Boada no miró atrás.
A continuación, se adentró en la habitación contigua.
Jaume dormía abrazado a un soldadito de plomo ajado por el uso.
El soldado era su juguete favorito, el que llevaba siempre consigo, el que le había regalado su padre en su último cumpleaños.
Boada se inclinó y lo sacudió con suavidad fingida.
—Despierta, pequeño.
El crío abrió los ojos, parpadeando con desorientación bajo la luz de la vela.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz adormilada. —Soy un compañero de tu padre —mintió el contratista, adoptando una sonrisa rígida y paternalista—. Me ha mandado a buscarte. Está esperándote abajo, en el túnel.
—¿Mi padre?
—Sí. Quiere que vayas con él.
Jaume, confiado por la mención paterna, estiró la manita y tomó los dedos fríos de Boada.
El hombre lo condujo a través de las calles desiertas de la madrugada hasta la boca del metro en construcción.
Con la ayuda de una piqueta, rompió parcialmente el murete de ladrillo recién levantado, abriendo una brecha hacia el vacío.
—Baja por ahí, Jaume —indicó, señalando los escalones de piedra que se hundían en un pasadizo—. Tu padre está al fondo.
El pequeño descendió con precaución, aferrando con fuerza su soldadito de plomo contra el pecho. A mitad de trayecto, detuvo el paso y giró la cabeza hacia arriba:
—¿Y usted no baja, señor?
—Yo no puedo entrar, hijo. Ese lugar solo es para los niños.