El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 3 EL HOMBRE DE LA GORRA
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CAPÍTULO 3 EL HOMBRE DE LA GORRA

El crío, con apenas seis años y la mirada abierta a la maravilla, a duras penas podía contener la euforia al contemplar las siluetas imponentes de los barcos balanceándose sobre el agua plomiza.

El contratista, en cambio, arrastraba un maletín de cuero repleto de planos desplegables, deudas acumuladas y plazos de entrega asfixiantes que amenazaban con arruinar su posición como contratista de las obras del nuevo "Ferrocarril Metropolitano".

Las obras del metro, aún en fase de proyecto, prometían transformar Barcelona, pero también devoraban capital sin piedad.

El representante de la compañía de tranvías, un tal señor Font, era un hombre de trato blando y palabras afiladas que no dudaba en recordarle, cada vez que se veían, el precario estado de sus finanzas.

La correa del maletín le marcaba el hombro a través de la americana, un recordatorio constante de que la solvencia familiar pendía de un hilo.

Había pasado la noche anterior en vela, repasando números que no cuadraban, sumando cifras que siempre daban un resultado negativo.

Sabía que si el proyecto del metro fracasaba, no tendría nada.

Ni dinero, ni trabajo, ni siquiera la memoria de lo que había sido una vida digna.

Font, con su sonrisa falsa y su mano tendida, se había convertido en el símbolo de todas sus derrotas.

Odiaba la forma en que Font inclinaba la cabeza cuando le hablaba, como a un niño incapaz de entender la gravedad de su situación.

—Papá, ¿puedo acercarme a ver el velero grande de allí?

—preguntó el pequeño, tirando insistentemente de su manga y señalando un mascarón de proa que sobresalía en el muelle contiguo.

El mascarón representaba una mujer con el cabello suelto y los ojos cerrados, una figura tallada en madera que parecía contemplar el mar con una paz que Joan envidiaba.

—Ahora no, hijo. Tengo que revisar unos presupuestos con el representante de la compañía de tranvías —respondió Lluís sin levantar la vista de un pliego de cuentas.

Sus manos recorrían los márgenes manchados de tinta, sintiendo la aspereza barata del papel comercial.

Sabía que el señor Font lo esperaba en una taberna cercana, y ya podía imaginar sus palabras: "Lluís, la situación es grave. No podemos seguir así."

Buscando un banco de madera carcomido por la humedad, el contratista se sentó pesadamente y abrió el maletín.

Joan, presa de la impaciencia natural de su edad, dio un par de pasos apresurados hacia el borde del malecón, asomándose al abismo acuoso donde las aguas del puerto se mecían con un vaivén perezoso, reflejando el cielo gris que empezaba a encapotarse.

El niño miraba el agua con fascinación, siguiendo las olas que lamían los pilares de madera del embarcadero.

En algún lugar, cerca de los barcos fondeados, una gaviota lanzó un grito agudo que Joan imitó con una risa.

Lluís estaba completamente absorbido por las cifras y por las quejas constantes de su socio acerca de la escasez de capital circulante.

No pensaba en el puerto. Su mente vagaba por el recuerdo de su esposa, fallecida dos años atrás, dejando un vacío incurable en el hogar y condenándolo a una soledad que lo devoraba por dentro.

A veces, en la quietud de la noche, creía oír el roce de sus faldas en el pasillo, el tintineo de sus pulseras al moverse por la casa.

Pero al girarse, solo encontraba sombras.

La ausencia era más pesada que cualquier deuda.

Lluís recordaba los últimos días de su esposa, la forma en que su piel se había vuelto transparente, la manera en que sus dedos se aferraban a la sábana como si aún hubiera algo que agarrar en este mundo.

Había muerto en silencio, sin quejas, y él no había sabido cómo despedirse.

La última noche, ella le había tomado la mano y le había susurrado: —Cuida de Joan —y él había asentido sin saber que aquella sería la última promesa que le haría.

Ahora, dos años después, la promesa seguía sin cumplirse, y el peso de aquella ausencia lo carcomía como una herida que no cicatrizaba.

Un sonido seco rompió la monotonía del muelle. Un chapoteo repentino.

Lluís levantó la cabeza de golpe. El borde de piedra estaba desierto.

La superficie del agua, apenas unos metros más abajo, se expandía en círculos concéntricos sobre una mancha oscura.

El maletín cayó de sus manos, desparramando los papeles sobre la madera sucia.

Corrió tropezando con sus propios pies, se tiró al suelo de rodillas y se asomó al abismo salobre.

Solo alcanzó a ver una mano pequeña, un destello fugaz de tela blanca y, de inmediato, la negrura insondable del fondo.

Recordó la mancha blanca que se desvanecía, el último rastro visible de su hijo antes de que el agua se lo tragara.

No había gritado. No había pataleado. Solo se había hundido, como un mar que reclama su propiedad y con la misma indiferencia con que había reclamado a tantos otros.

—¡Joan!

El grito desgarró su garganta convertido en un aullido inhumano. Se inclinó tanto que el agua rozaba su pecho, pero el niño ya no existía. Las olas seguían su vaivén, indiferentes; allí no había ocurrido nada. Una gaviota planeó sobre el lugar y luego se alejó, sin interés.

Lluís no se arrojó tras él. Se quedó petrificado, hincado sobre las rodillas de piedra, con los ojos abiertos de par en par, contemplando la superficie líquida que acababa de devorar lo único limpio que le quedaba en el mundo.

¿Por qué no se había arrojado tras él? ¿Por qué sus piernas no habían respondido?

La respuesta era que algo en su interior se había roto al ver a su esposa morir, y aquella fractura le impedía ahora siquiera intentar salvar a su hijo.

La parálisis de la impotencia era más fuerte que el instinto de proteger.

Y Lluís lo sabía, lo sentía en cada fibra de su ser, mientras seguía mirando el agua que se cerraba sin prisa sobre el lugar donde su hijo había desaparecido.

Basta un solo segundo para que la vida entera se desmorone y la cordura se fracture para siempre.

Los meses pasaron hasta convertirse en dos años implacables.

En 1901, mientras la ciudad de Barcelona se expandía hacia el Eixample con la voracidad de un organismo vivo, las obras del Ferrocarril Metropolitano comenzaban a tomar forma bajo la superficie.

Los túneles se extendían como venas bajo la ciudad, y algunos de ellos no aparecían en ningún plano.

Boada seguía al pie del cañón, dirigiendo los frentes de excavación, pero ya no era un hombre; era una cáscara vacía impulsada por una inercia mecánica.

La pérdida de su hijo le había arrancado el alma, y lo que quedaba era un autómata que cumplía su función sin preguntarse por qué.

Los ingenieros y capataces notaban el cambio: antes era meticuloso pero humano; ahora era una máquina de calcular cifras y fechas, indiferente al sufrimiento de los obreros.

Cuando un peón se lastimaba, Boada no preguntaba por su estado; solo calculaba cuánto tiempo se perdería.

Su mirada se había vuelto vidriosa, ahora miraba el mundo a través de un cristal sucio.

Ya no reconocía a los hombres que trabajaban para él; solo veía números, gastos, presupuestos.

Una tarde de 1901, con el ambiente cargado de polvo de mina y el olor acre de las lámparas de carburo, un capataz llamado Miquel Rius se le acercó con la gorra de visera arrugada entre las manos.

Este era un hombre de rostro curtido por el sol y el polvo, con las palmas callosas de quien ha pasado media vida manejando picos y palas.

Había comenzado como peón y había ido ascendiendo gracias a su fiabilidad.

Pero aquel día, su rostro mostraba una preocupación inusual.

Tenía una familia que mantener: una esposa, Clara, que le esperaba cada noche con la cena caliente; y un hijo, Jaume, de seis años, al que llevaba a la escuela cada mañana antes de empezar su turno.

Aquella mañana, Jaume le había preguntado: —Papá, ¿cuándo terminará la contienda?

—Y el capataz no había sabido qué responder.

No había conflicto en 1901, pero el crío había oído hablar de los combates coloniales en Cuba y Filipinas y había mezclado todo en su cabeza.

El padre le había dicho que no había guerra, solo trabajo, y el pequeño había asentido con esa seriedad que los niños tienen cuando quieren parecer mayores.

Jaume siempre llevaba consigo un soldadito de plomo que su padre le había regalado en su último cumpleaños.

Era su juguete favorito, y se lo llevaba a todas partes, incluso a la escuela.

Pensaba en aquel soldadito mientras se acercaba a Boada, sin saber que su hijo ya no tendría necesidad de jugar a los soldados porque la guerra real estaba a punto de alcanzarlo.

—Señor Boada, la veta de terreno en el tercer tramo está demasiado blanda. Hay filtraciones de agua y la galería amenaza con venirse abajo en cualquier momento.

El contratista apenas levantó los ojos, fijos en un informe de contabilidad.

—Sigue excavando. Si se desmorona el techo, ya mandaremos apuntalarlo. No podemos detener el avance por un poco de fango.

—Pero... mi hijo Jaume a veces se acerca por las barracas a traerme la merienda —insistió el obrero, con un atisbo de preocupación paternal—. No quiero que ande rondando por aquí si hay peligro de derrumbe.