CAPÍTULO 2 LA ESCALERA QUE NO EXISTÍA #3
La policía se personó en la estación una hora más tarde.
Dos agentes de la Guardia de Asalto, enfundados en sus uniformes azules y armados con pistolas reglamentarias, se acercaron a tomar declaración a la madre desolada.
El oficial al mando, un hombre maduro con bigote poblado y expresión cansada, anotaba perezosamente en una libreta.
—A ver, señora, cuénteme exactamente cómo ocurrió —pidió con tono burocrático.
—Desapareció durante el bombardeo —balbuceó Mercè, con las lágrimas surcándole las mejillas—. Me giré un instante para hablar con una vecina y, cuando volví a mirar, ya no estaba.
—¿Dónde se supone que jugaba?
—Aquí mismo, en el andén.
—¿Con quién?
—Con otros niños que corrían cerca del muro del fondo.
—¿Y usted vio que se acercara a esa zona?
—No... estaba distraída. Pero le insisto, mi hijo me había advertido de que allí había una escalera oculta. Decía que escuchaba canciones desde abajo.
El agente intercambió una mirada escéptica con su compañero, arqueando las cejas en un gesto elocuente que denotaba su escepticismo ante lo que consideraba histeria colectiva. Volvió a dirigirse a ella con paciencia fingida:
—Mire, señora, comprendo perfectamente su estado de desesperación. Levantaremos acta de desaparición, pero no podemos movilizar patrullas exclusivas para buscar a un niño en medio de una situación de emergencia nacional. Desgraciadamente, cada día se pierden menores en el caos de la ciudad.
El mundo pareció derrumbarse definitivamente sobre los hombros de Mercè. Se quedó sola en el andén vacío cuando los agentes marcharon sin ofrecerle ninguna esperanza.
La caminata de regreso a su piso se convirtió en un vía crucis sombrío.
Las escaleras de la finca estaban sumidas en una oscuridad absoluta —el fluido eléctrico escaseaba crónicamente en el barrio—, obligándola a tantear los escalones uno a uno para no tropezar.
Cada paso era un esfuerzo, cada escalón una batalla contra el agotamiento y la desolación.
Al abrir la puerta de su vivienda, el impacto de la soledad le resultó insoportable.
La casa respiraba un vacío fantasmal. La cama de Jordi seguía deshecha tal como la había dejado por la mañana; sobre la mesa de pino reposaba el papel de estraza con el dibujo del soldado armado con carbón; y, colgado con pulcritud en el respaldo de una silla, asomaba el suéter de lana azul.
Mercè se quedó petrificada en el umbral, conteniendo un grito ahogado.
Una revelación la sacudió: había estado buscando a Jordi convencida de que llevaba el jersey azul, pero la prenda estaba allí, intacta, colgada en la silla. Había salido con la chaqueta gris de su tía.
Avanzó hasta la habitación del niño y se dejó caer de rodillas junto a la cama. Hundió el rostro en la lana. La tela aún retenía el olor de su hijo: sudor infantil, jabón de sosa, la inocencia de una vida arrebatada. Todo lo que quedaba de aquel olor era aquella tela fría.
—Jordi... fill meu, vuelve a casa —susurró contra el tejido. Y rompió a llorar.
En medio de su desamparo, la imagen de Leonor Ferrer acudió a su mente.
Su vecina, la maestra de la calle Urgell, una mujer que compartía con ella la misma herida abierta tras la muerte de su hermano Pau en el frente de Aragón.
Leonor le había dicho que eran hermanas de dolor.
Pero el abismo en el que ella acababa de precipitarse superaba cualquier medida humana.
Había perdido al marido y ahora le habían arrancado al hijo.
Ya no le quedaba absolutamente nada por lo que luchar.
Movida por un impulso ciego, se levantó y se dirigió al bargueño donde guardaba las cartas de Joan.
Las desató con dedos trémulos. En la última, encontró las palabras que ya conocía: «Mercè, si algo llega a sucederme, protege a Jordi con tu vida.
» Apretó el papel contra su pecho. Las lágrimas, silenciosas, comenzaron a romper la celulosa.
—He fallado, Joan —susurró hacia el mutismo de la cocina.
El piso no le devolvió más respuesta que el crujido sordo de las vigas castigadas por la humedad.
Se pasó el resto de la madrugada sentada en el suelo de la habitación de Jordi, la prenda contra el pecho. No probó bocado. No encendió ninguna luz. Solo esperó.
A las tres de la madrugada, cuando solo se oían las hojas movidas por el viento y las sirenas descansaban, un sonido insólito filtró a través de los cristales de la ventana cerrada. Era un rumor lejano, imperceptible, que parecía ascender desde el pavimento de la calle como un algo imposible.
—El patio de mi casa es particular...
Mercè se levantó de un salto, con el corazón golpeándole las sienes con violencia, y corrió a abrir la ventana de par en par.
La calle abajo estaba desierta, completamente vacía bajo la pálida luz de la luna.
Nadie transitaba por la acera. Las sombras de los edificios, alargadas y quietas, parecían ocultar algo en sus pliegues.
Y, sin embargo, la voz infantil seguía resonando con nitidez cristalina, filtrándose desde las alcantarillas, llamándola desde la profundidad del subsuelo prohibido.