El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 2 LA ESCALERA QUE NO EXISTÍA #2
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CAPÍTULO 2 LA ESCALERA QUE NO EXISTÍA #2

Jordi se aburría soberanamente. Primero observó al músico hasta que este se marchó; después intentó contar los azulejos de la columna, perdiendo la cuenta al llegar al centenar.

Fue entonces cuando reparó en un grupo de niños algo mayores que él, correteando y jugando al escondite entre las familias apiñadas cerca del extremo más recóndito del andén.

El niño miró de reojo a su madre. Mercè estaba enfrascada en una conversación tensa con una vecina sobre la escasez de harina. No lo estaba mirando.

—Mamá, voy un momento aquí al lado —susurró, aunque su voz se perdió en el murmullo general.

Sin esperar respuesta, Jordi se levantó con sigilo, esquivando una cesta y una manta, y corrió tras los otros niños.

Avanzó hasta el confín del andén, donde la iluminación de las bombillas perdía fuerza y las paredes acumulaban más hollín y humedad.

Al llegar allí, comprobó que los otros niños ya no estaban.

Se detuvo en seco, frunciendo el ceño, extrañado por el silencio repentino de esa zona.

Fue entonces cuando la vio.

No se trataba de una de las escaleras principales de la estación, anchas y provistas de pasamanos metálicos.

Era un acceso estrecho, excavado en piedra viva, con los peldaños visiblemente gastados por el paso de los siglos.

Aquella escalinata descendía hacia una galería mucho más densa y sofocante que la del propio andén.

Un escalofrío recorrió la espalda de Jordi, pero al mismo tiempo sintió una curiosidad irresistible, un imán invisible que lo empujaba a asomarse.

—Un, dos, tres... al escondite inglés, sin mover las manos, sin mover los pies...

La canción llegó desde el fondo de la escalera, clara y nítida, la cantaban justo al otro lado de la pared.

Jordi reconoció la melodía: era la misma que cantaban los niños en el patio de la escuela, el juego donde los jugadores debían quedarse quietos mientras el que la liga se giraba.

Pero allí, en la negrura del túnel, la canción sonaba distinta. No era un juego. Era una orden.

Se inclinó ligeramente hacia el hueco. Del fondo brotaba un olor penetrante a tierra mojada, piedra sepultada y un perfume antiguo que no supo catalogar.

Y entonces, flotando desde las profundidades inexploradas, le llegó una voz infantil.

Era una voz muy clara, lejana, que entonaba una canción conocida:

—El patio de mi casa es particular...

—¿Te has perdido, pequeño?

Jordi dio un respingo, sobresaltado, y giró el cuerpo con rapidez.

Al borde de la semioscuridad, un hombre lo observaba con una sonrisa ambigua.

Vestía un traje sombrío de paño grueso, una bufanda larga enredada al cuello y una gorra de cuadros marrones y verdes que proyectaba sombra sobre sus ojos.

A pesar de la extrañeza del lugar, su postura era extrañamente calmada.

—¿Quién es usted? —preguntó el niño, sintiendo que la voz le vacilaba ligeramente.

—Alguien que conoce bien los pasajes ocultos —contestó el hombre, con un tono suave y persuasivo—. ¿No quieres bajar? Hay más niños ahí abajo. Están jugando.

—¿Jugando?

—Sí, al escondite, igual que tú. —El desconocido extendió una mano enguantada hacia él—. No tengas miedo. Es un secreto entre nosotros. Solo los niños pueden entrar.

Jordi vaciló un instante. Tenía grabada en la memoria la advertencia de su madre de no dirigir la palabra a desconocidos.

Sin embargo, la voz del hombre resultaba extrañamente familiar, exenta de malicia, y el señuelo de los niños cantando en la penumbra era demasiado tentador.

Pensó en los niños que jugaban al escondite, en sus risas, en la promesa de no estar solo.

Desde que su padre había muerto, Jordi había aprendido a sentirse solo incluso en medio de la multitud.

Y aquella voz le ofrecía lo contrario: compañía, juego, un lugar donde los niños no temían de las bombas.

Tomó la mano del hombre y descendió los primeros peldaños de piedra.

Mercè advirtió la ausencia de su hijo en el instante preciso en que las sirenas emitieron el sonido largo y continuo del fin de alerta.

Veinte minutos de zozobra comprimidos que daban paso a la evacuación.

La marea humana comenzó a agitarse, levantándose de las mantas para iniciar el camino de regreso a la superficie.

Con el corazón desbocado, Mercè se puso en pie de un salto y empezó a gritar:

—¡Jordi! ¡Jordi, fill, dónde estás!

Su voz se estrelló contra el estrépito de las pisadas y las conversaciones superpuestas.

Recorrió el andén de punta a punta, apartando a la gente con desespero, agachándose para mirar detrás de las columnas y entre los bultos acumulados.

Nada. Su hijo no aparecía por ninguna parte.

Una mujer la agarró del brazo y le dijo: —Tranquila, seguro que está con los otros niños.

—Pero Mercè no podía tranquilizarse. Sabía que Jordi no estaba con los otros niños.

Lo sabía con la certeza que solo una madre puede tener cuando intuye que algo terrible ha ocurrido.

Se detuvo en mitad de las baldosas, paralizada por un vértigo repentino.

Un recuerdo lejano la golpeó con la violencia de un puñetazo en las entrañas: unos días antes, Jordi se había despertado alterado en plena noche asegurando haber visto una escalera de piedra que se hundía en las entrañas de la estación, acompañada por el eco de una canción infantil.

En aquel momento, agobiada por el cansancio, le había quitado importancia, tachándolo de pesadilla.

Ahora, con el andén vaciándose a su alrededor, comprendió que aquello no había sido un sueño.

—¿Han visto a mi hijo? —preguntaba a los transeúntes con la voz quebrada por el llanto—. Es un niño pequeño, pelo castaño, lleva un jersey azul...

Nadie se detenía. Algunos negaban con la cabeza con prisa; otros la miraban con una mezcla de compasión distante y hastío.

Una mujer anciana, sentada sobre un cajón de madera mientras doblaba una manta, levantó la vista y la examinó con fijeza.

—¿Ha mirado bien al fondo del andén, señora?

—Sí, he ido hasta allí —respondió Mercè con desesperación—. Pero no hay nada. Aunque... días atrás, mi hijo me juró que había visto una escalera bajando a la profundidad en ese mismo rincón. ¿Ha visto usted algo parecido alguna vez?

La anciana sacudió la cabeza con lentitud.

—Jamás, señora. Llevo bajando desde que empezaron los bombardeos y en ese extremo solo hay muro de carga. Se lo aseguro.

—¡Pero el niño la vio! Mi hijo no me mentiría con algo así.

La anciana suspiró con tristeza.

—Los críos tienen la imaginación desbordada con esta guerra, hija. Ven cosas donde no las hay.

Mercè sintió que el suelo perdía consistencia bajo sus pies.

Sabía que Jordi no mentía, pero la evidencia física contradecía su instinto.

A pesar de las palabras de la mujer, caminó hasta el final del andén y apoyó las palmas de las manos contra la pared.

Al tacto era fría, perfectamente lisa y firme.

Sin embargo, al presionar con los dedos, percibió una anomalía sutil: un punto donde el muro parecía hueco, como si los revestimientos no fueran más que un telón falso ocultando una herida abierta en la roca.

Allí, justo en el lugar donde sus dedos encontraban el vacío, sintió un hilo de aire frío que no venía de la ventilación, sino de algún lugar profundo e inaccesible.

Con la certeza de que el subsuelo estaba respirando.

—Jordi... —susurró con la boca seca—. Jordi, ¿dónde estás?

Ningún sonido le devolvió el eco, tan solo el goteo constante e indiferente de una filtración de agua en la lejanía.