CAPÍTULO 2 LA ESCALERA QUE NO EXISTÍA
Mercè Soler acumulaba dos jornadas enteras sin conciliar un solo minuto de sueño profundo.
La fatiga se le había metido en los huesos como un frío espeso, agarrotándole las articulaciones cada vez que intentaba enderezar la espalda tras horas de vigilia.
No se trataba únicamente del asedio sordo de los ataques aéreos —un latido constante en la conciencia de los barceloneses que recordaba la extrema fragilidad de la carne frente al hierro—, sino del desgaste físico y moral que carcomía cada fibra de su cuerpo.
La ciudad entera parecía una inmensa sala de espera donde el tiempo se medía por la frecuencia de las sirenas y el espesor de la zozobra.
Cada mañana, al despertar, contaba los segundos antes de que el primer rumor de motores rompiera la quietud.
Era un ritual macabro: el mutismo era un regalo, y los motores, una sentencia.
Le dolían las costillas de la tensión contenida, le pesaban los brazos al cargar la cesta de la compra y le ardían los dedos tras fregar la ropa en el lavadero común con sosa cáustica.
Las mujeres del edificio se turnaban para usar las dos pilas de piedra, y Mercè había aprendido a reconocer a cada una por el sonido de sus pasos: la señora Carme, que había perdido a su hijo en el frente de Aragón y llevaba el rosario siempre en la mano; la joven Pepita, que lavaba en silencio y apenas hablaba desde que su marido había fallecido; y la vieja Àngels, que hablaba sin parar para llenar el vacío de una casa donde todos sus hijos estaban caídos o desaparecidos.
Mercè se había convertido en una más de ellas, con las manos agrietadas y los codos rojos, escuchando sus historias como un recordatorio de que el dolor no era exclusivo de nadie.
Tenía que remendar una y otra vez la chaqueta de su hijo Jordi, cuyas mangas se habían quedado cortas hacía semanas.
Su tía Encarna le había regalado otra de repuesto, una prenda de lana azul gruesa que al niño le causaba rechazo porque le rozaba el cuello y le provocaba una picazón insoportable.
Sin embargo, se la ponía de mala gana para soportar el frío húmedo de los espacios casi claustrofóbicos.
Mercè había cosido un forro interior para suavizar la lana, pero la chaqueta seguía siendo la única prenda de abrigo que le quedaba.
Pensaba a menudo en cómo sus dedos habían trabajado para calmar el sufrimiento de su hijo, y en cómo ahora no podían hacer nada para protegerlo de lo que estaba por venir.
Desde que la noticia de la caída de Joan en el frente de Belchite había llegado a casa, la soledad se había vuelto insoportable.
A veces, en la quietud tensa de la madrugada, se sorprendía conteniendo el aliento, convencida de escuchar los pasos conocidos de su marido subiendo los peldaños de la finca.
Sus dedos buscaban en el espacio vacío a su lado del jergón, encontrando únicamente el frío áspero de la sábana desocupada.
Pero los pasos nunca materializaban su regreso.
Lo único que volvía era el rugido de los motores en el cielo.
Aquel jueves, 14 de octubre, el día amaneció bajo un cielo plomizo, cargado de amenaza.
La mujer había regresado del mercado municipal con la exigua cuota de pan estipulada: apenas ciento cincuenta gramos por persona al día, cuando la fortuna acompañaba.
El mercado de la calle Urgell, antes un hervidero de vida y color, se había convertido en un escenario de tensión contenida.
Las colas empezaban antes del amanecer, cuando la luz aún no había teñido el cielo.
Las mujeres, envueltas en chales y bufandas, esperaban horas para conseguir un mendrugo de pan o unas patatas magulladas.
El trueque se había convertido en moneda corriente: una lata de conservas por un poco de harina, un par de zapatos viejos por una manta.
Aquella mañana, Mercè había visto a una señora ofrecer su alianza de bodas a cambio de un puñado de judías secas.
El vendedor, un hombre de mirada huidiza, había tomado la sortija, lo había sopesado en la palma y había negado con la cabeza.
—No vale lo suficiente —había dicho. La mujer había recogido la joya y se había marchado sin una palabra, con los ojos secos y la boca apretada.
Mercè había sentido un nudo en el estómago al verla, reconociendo en su gesto la misma desesperación que ella misma llevaba meses tratando de ocultar.
Se preguntó si aquella mujer tenía hijos, si alguien la esperaba en casa.
No lo sabía, pero la imagen de la mujer con la pieza en la mano se le quedó grabada como la de tantas otras que había visto en el mercado, todas ellas víctimas de una guerra que las había dejado sin nada.
—Mamá, ¿hoy hay leche? —preguntó Jordi desde la cocina, sentado ante un trozo de papel de estraza donde trazaba con carbón vegetal.
Las manos del niño estaban manchadas de negrura hasta los nudillos.
El papel, que había sido un envoltorio de pan, estaba lleno de bocetos: soldados, tanques, aviones.
Jordi no pintaba casas ni árboles. Trazaba su realidad.
—No, fill. Hoy tampoco hay leche.
—¿Y pan?
—Pan sí tenemos. Pero cómetelo despacio, con cuidado, porque mañana nadie nos asegura que podamos conseguir más.
Jordi asintió con la cabeza, con la vista fija en su trazo negro.
Estaba bosquejando un soldado provisto de un fusil largo, imitando los carteles de propaganda que tapizaban las paredes de la ciudad.
Los carteles eran omnipresentes: rostros de milicianos con el puño en alto, consignas rojas y negras, la promesa de una victoria que se alejaba cada día más.
Para él, aquellos carteles eran tan reales como los soldados que veía en las trincheras de sus sueños.
Una punzada de angustia atravesó el pecho de Mercè.
—No garabatees eso, Jordi. Intenta hacer una casa, un árbol, algo bonito.
—Es lo que veo en la calle, mamá —respondió el niño, con una madurez impropia de su edad—. Fuera no hay otra cosa que soldados.
Mercè enmudeció. Su hijo tenía una lógica inapelable; el conflicto se había adueñado del paisaje visual de su infancia.
A las siete en punto de la tarde, las sirenas antiaéreas desgarraron el aire.
Con un sobresalto coordinado, Mercè agarró la mano del niño, empuñó la manta áspera y una pequeña bolsa de tela con las pocas pertenencias que le quedaban, y se precipitó hacia el rellano de la escalera.
El edificio entero era un hervidero de vecinos que descendían a trompicones, arrastrando bultos y agarrando a los más pequeños entre sollozos ahogados.
Alguien gritó desde abajo: «¡Corred, que están encima!
», y Jordi se aferró a la falda de su madre con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Mercè sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo sobre el ruido de los pasos y los gritos.
No era la primera vez que bajaba corriendo las escaleras, pero cada vez era igual: la misma sensación de que el tiempo se estiraba y se contraía al mismo tiempo, de que cada segundo podía ser el último.
Cruzaron la boca del metro de Rocafort, arrastrados por una riada humana.
El hedor familiar del subsuelo —sudor, tierra húmeda, el rastro metálico del pavor— los golpeó como siempre.
Mercè sintió que el aire se le pegaba a la garganta, pero no había tiempo para acostumbrarse.
Había bajado a aquel andén decenas de veces, y la sensación resultaba idéntica: una opresión calcada, una desesperación contenida.
El mutismo era la ley no escrita del refugio.
Pero aquella tarde, una mujer de cabello gris empezó a rezar el rosario, y pronto el andén se llenó de un rumor de plegarias, un conjuro colectivo para ahuyentar la muerte.
Mercè no rezaba. No había rezado desde que recibió la carta de Joan.
Pero en aquel momento, escuchando el murmullo de las oraciones, sintió que las palabras se le pegaban a la garganta como un eco de algo que había perdido para siempre.
Mercè encontró un hueco junto a una pilastra revestida de cerámica azul y se sentó, tirando de Jordi hacia su regazo.
—Quédate aquí pegado a mí. No te muevas por nada del mundo.
—¿Y si empiezan a caer las bombas? —preguntó Jordi, mirándola con unos ojos demasiado serios.
—Ya lo sabes, fill. Cuando caen, el metro vibra, pero aquí abajo estamos seguros.
La bóveda es muy gruesa. Le acarició la mejilla con torpeza, intentando transmitir en el contacto una seguridad que sus propias entrañas desmentían.
La mejilla del niño estaba caliente, y Mercè notó que la fiebre que había estado combatiendo en los últimos días aún no se había ido del todo.
Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar que Jordi estaba enfermo, que su cuerpo frágil estaba luchando contra algo más.
Le preocupaba que no hubiera medicinas, que no pudiera hacer nada para aliviar su sufrimiento.
El temor a la enfermedad, en aquella Barcelona sin recursos, era casi tan grande como el pánico a los estallidos.
Jordi observó el andén, el bullicio de los refugiados, y al fondo, un anciano con una armónica cuya melodía melancólica parecía expresar el cansancio de toda Barcelona.
Nadie le prestaba atención, pero su música se filtraba en los silencios entre las explosiones, un recordatorio de que la vida, incluso en los momentos más oscuros, seguía buscando una forma de expresarse.
Aquella tarde, el anciano tocaba una canción que Mercè reconocía de su infancia, una nana que su madre le cantaba cuando era pequeña.
La melodía trajo a su memoria el rostro de su madre, la calidez de su voz, un tiempo en que la contienda era solo una palabra en los periódicos.
Ahora, aquella misma canción sonaba a duelo.