El Secreto de Rocafort CAPÍTULO 1 EL REFUGIO #3
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CAPÍTULO 1 EL REFUGIO #3

—Nada, fill. Solo es el aviso de las sirenas. No temas nada. Le mentía con una serenidad ensayada, aunque por dentro sintiera que la estructura del andén, con sus toneladas de tierra y roca, empezaba a crujir.

Pero la inquietud era un animal tangible que flotaba en el ambiente.

Leonor cerró los ojos con fuerza y comenzó a contar mentalmente los segundos transcurridos entre el silbido agudo del proyectil y el impacto subsiguiente, un hábito adquirido para calcular distancias y conservar un simulacro de control frente al horror.

La primera explosión retumbó lejos; la segunda sacudió con violencia la estructura de la estación; la tercera hizo llover una fina lluvia de polvo gris desde el techo abovedado sobre las cabezas de los refugiados.

La ceniza se posó sobre los hombros de Leonor, mezclándose con el sudor y la humedad de su abrigo.

En la boca sintió el sabor áspero de la cal y la tierra, el mismo sabor que asociaba con la muerte y la destrucción.

Varias personas comenzaron a toser, y el sonido seco de las gargantas se sumó al rumor del andén.

—Estamos a salvo aquí —repetía Mercè abrazando con desesperación al niño—. Los cimientos son firmes. No va a pasar nada.

Jordi se encogió contra el pecho de su madre, apretando los párpados con fuerza.

Leonor notó cómo las manos del pequeño se agitaban de manera incontenible, aunque prefirió callar.

Apretó los dientes, sintiendo en su propia mandíbula la tensión que el niño acumulaba en silencio.

Recordó el guijarro que la niña le había dado y lo apretó en el bolsillo. "Para que no tengas miedo."

El ataque se prolongó durante veinte interminables minutos antes de que el ulular discontinuo del fin de alerta devolviera una calma precaria. La gente comenzó a incorporarse con torpeza, sacudiéndose el polvo de la ropa y enfilar rauda hacia la salida.

—Tenemos que irnos —dijo Mercè, poniéndose en pie con fatiga—. Antes de que nos sorprenda otra oleada.

Leonor las acompañó hasta el umbral de la calle.

En el exterior, el aire apestaba a metralla fría, ladrillo triturado y humo denso.

Bajo un cielo plomizo, el Eixample parecía un organismo herido, surcado por cicatrices humeantes.

La calle se había transformado en un paisaje lunar: cráteres en el asfalto, fachadas desplomadas, cristales rotos que crujían bajo los pies.

Los tranvías, inmovilizados por los escombros, parecían esqueletos de hierro oxidado.

Una explosión había abierto una brecha en una casa de la esquina, dejando al descubierto las habitaciones como un escenario de teatro desmantelado.

En el interior, una cortina de tul se mecía con el viento, un residuo de normalidad que ya no tenía sentido.

—Cuídate mucho, Leonor —se despedía Mercè ajustando la bufanda a su hijo—. Y ten cuidado con lo que hay ahí abajo.

—¿Te refieres al metro?

—Los críos insisten en que las galerías guardan presencias extrañas. Cosas que no deberían rondar por los pasillos clausurados —añadió, apretando la mano del niño con fuerza—. No sé si creerles, pero prefiero no averiguarlo.

Leonor vio cómo ambas figuras se alejaban borrosas por la acera destrozada, mientras un frío le recorría la espalda.

Se cruzó de brazos sobre el abrigo, frotándose los hombros para disipar un rastro helado que no venía del viento de la tarde.

La ciudad ya no era suya; se había convertido en un laberinto de escombros y silencios, un escenario donde la muerte reclamaba su lugar con total impunidad.

De regreso en su piso de la calle Entença, el sueño huyó por completo.

Sentada a la mesa del despacho bajo la luz parpadeante de una lámpara de aceite, desplegó un viejo mapa de Barcelona de 1899 que su padre le había confiado para su catalogación histórica.

El papel, amarillento y quebradizo, mostraba el trazo urbano primigenio dibujado a mano alzada.

El mapa había pertenecido a su abuelo, que había trabajado como topógrafo en la década de 1890, y aún conservaba las marcas de lápiz de sus anotaciones.

"Calle de la Princesa — verificar desnivel", había escrito en el margen.

"Posible filtración — investigar." Leonor había visto esas anotaciones docenas de veces, pero nunca les había prestado atención.

Ahora, las palabras de su abuelo le parecían un eco de algo que él había sabido y que ella apenas comenzaba a vislumbrar.

Bajo la trama ortogonal del Eixample, el plano revelaba una red de líneas discontinuas que la cartografía moderna parecía empeñada en borrar u omitir: galerías subterráneas y conductos ciegos que jamás llegaron a inaugurarse oficialmente, o que habían sido sellados y sepultados en el olvido institucional.

Leonor desvió la vista, restándole importancia a aquel capricho de los topógrafos decimonónicos.

Dobló el plano con parsimonia, lo introdujo en el cajón de madera y se tumbó en la cama buscando un descanso que no llegaría.

La noche barcelonesa, habitualmente poblada por el murmullo de los tranvías, era ahora un desierto de estática y angustia.

En la soledad de la habitación, cuando la quietud exterior parecía total, creyó distinguir una melodía infantil que flotaba desde los rincones más profundos de la casa:

—El patio de mi casa es particular...

Y en ese preciso instante, con el eco de la tonada resonando en su mente, comprendió con absoluta certeza que algo, en lo más hondo de las galerías del metro, llevaba tiempo esperándola.