CAPÍTULO 1 EL REFUGIO #2
Las incursiones aéreas ya no daban tregua.
Primero habían sido los bombarderos trimotor Savoia S-79 con base en Mallorca; después, la maquinaria metódica de la Legión Cóndor alemana, que utilizaba el cielo catalán como campo de pruebas para el porvenir bélico de Europa.
Los pilotos alemanes ensayaban sobre Barcelona lo que luego aplicarían en Guernica: el bombardeo de saturación, la destrucción masiva de infraestructuras civiles para quebrar la moral de la retaguardia.
Barcelona era un experimento en vivo, un lienzo sobre el que dibujaban mapas de destrucción con la indiferencia de quien estudia la anatomía de un insecto.
Para contrarrestar la matanza, la Junta de Defensa Pasiva de Cataluña, constituida formalmente el 9 de junio de aquel año, coordinaba la construcción oficial de refugios colectivos.
No obstante, la verdadera red de supervivencia la habían cavado a pulso los propios vecinos, armados con picos, palas y desesperación bajo los cimientos de sus fincas.
De los 1.322 refugios que acabarían horadando el subsuelo de Barcelona, apenas un quince por ciento habían recibido impulso estatal; el ochenta y cinco por ciento restante respondía al esfuerzo titánico de los comités locales de barrio.
Los comités organizaban turnos de excavación, conseguían materiales —a menudo reutilizando ladrillos de edificios derruidos— y sorteaban la falta de herramientas con ingenio.
Los refugios no eran todos iguales: los había profundos y seguros, con paredes reforzadas; otros, improvisados y superficiales, apenas un agujero en la tierra.
Eran monumentos a la resistencia popular, excavados con la urgencia de quien cava su propia tumba pero espera encontrar una salida hacia la vida.
Aquel 14 de octubre de 1937 transcurría envuelto en la rutina de la zozobra.
Leonor localizó un hueco libre junto a una pilastra revestida de azulejos y extendió la manta con gesto mecánico.
A su alrededor, las familias se distribuían en un mosaico de supervivencia: los ancianos, en las zonas más protegidas, contra el muro de carga; las mujeres con niños pequeños, cerca de los pozos de ventilación; los hombres jóvenes, en los bordes, vigilando las entradas.
Una niña de unos cinco años, con el pelo rubio enredado y la cara sucia, se acercó a Leonor y le ofreció un guijarro liso que había recogido del suelo.
—Es una piedra bonita —dijo la niña—. Para que no tengas miedo.
Leonor tomó el guijarro y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.
—Gracias —respondió con una sonrisa que apenas podía sostener—.
Ahora tendré menos miedo. La niña se quedó un momento mirándola, sin esperar algo más, y luego volvió a correr hacia su madre.
Leonor nunca supo su nombre, pero la imagen de la pequeña mano ofreciendo el guijarro se le quedó grabada en la memoria como un gesto de resistencia, la prueba de que incluso en el infierno, alguien intentaba ofrecer consuelo.
Sebastià se dejó caer a su lado, colocando el fajo de expedientes sobre los muslos antes de cerrar los ojos. Un espasmo leve le recorrió los párpados al acomodarse, reflejo de las noches en blanco vigilando los partes oficiales.
—Descansa —le aconsejó ella en un susurro—. Yo me encargo de vigilar.
El anciano no emitió sonido alguno. Tal vez dormía, o tal vez fingía hacerlo para ahorrar energías. Su respiración se volvió progresivamente más ronca, un silbido sordo que competía con el murmullo general del andén.
Fue entonces cuando Leonor advirtió la presencia de Mercè Soler.
Estaba sentada a pocos metros, con las piernas cruzadas sobre el cemento, sosteniendo a su hijo Jordi adormilado contra su hombro.
El pequeño llevaba puesto un jersey de lana azul tejido por su propia madre, y sus mejillas conservaban un rubor febril provocado por el calor húmedo y viciado del túnel.
Leonor se puso en pie y caminó hacia ellas.
Al verla acercarse, Mercè le regaló una sonrisa frágil, casi transparente.
Los labios se le curvaron con un esfuerzo visible, sosteniendo aquella expresión que le exigiera doblar una voluntad ya quebrada.
—Leonor —dijo con voz apenas audible—. Siéntate con nosotras.
No tienes por qué vigilar sola en esa columna.
—No estoy sola, mi padre me acompaña a pocos pasos.
—Pues ven aquí de todas formas. Jordi se alegrará de verte.
Leonor tomó asiento en el suelo duro. Miró al pequeño. Con sus ocho años, el pelo oscuro y la piel translúcida, Jordi era uno de los alumnos más avispados de su escuela en la calle Urgell, un crío cuya curiosidad innata parecía fuera de lugar en unos tiempos que exigían obediencia ciega y silencio.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Leonor en voz baja.
—Agotado —respondió Mercè, acariciando la cabeza del pequeño—.
Como todos nosotros. No concilia el sueño desde que empezaron a caer los proyectiles con frecuencia.
Dice que percibe ruidos extraños que vienen del fondo de las vías muertas.
Sonidos que... bueno, que no deberían estar ahí abajo.
Se mordió el labio inferior un instante, apartando un mechón de pelo apelmazado por la humedad con un movimiento rápido y nervioso.
Leonor recordó que, antes de la guerra, Mercè tenía el pelo siempre recogido en una trenza perfecta.
Ahora lo llevaba suelto y descuidado, ya no le importaba su apariencia.
Leonor calló. Un destello de incómoda afinidad la recorrió; ella misma llevaba semanas sintiendo que los túneles del metro guardaban algo más que el eco del tráfico ferroviario.
Ecos que no correspondían a ningún convoy, pisadas solitarias sin dueño y susurros que parecían arrastrarse desde un siglo pretérito.
Era un presentimiento que le erizaba la nuca, una sospecha de que, bajo la capa de cemento y fe republicana, se extendía otra Barcelona, una ciudad fantasmal que la guerra había despertado.
—Son cosas de críos —añadió Mercè con una ligera mueca defensiva, intentando autoconvencerse—. Inventan fantasías para mitigar el terror de la superficie.
—¿Y tú? —preguntó Leonor, clavando los ojos en ella—. ¿No tienes miedo? Mercè desvió la mirada hacia la oscuridad de la boca de la galería antes de contestar:
—Perdí a mi marido en Belchite. Mi hijo es lo único que me mantiene sujeta a este mundo. ¿Tú qué crees? Un destello opaco cruzó sus pupilas, un vacío antiguo que ninguna palabra lograba maquillar.
Leonor asintió con lentitud. Conocía el peso exacto de esa ausencia.
Su hermano Pau había muerto en el frente de Aragón a finales del pasado mes de agosto; el único rastro físico de su existencia había sido un sobre de papel estraza con el sello oficial de la República informando escuetamente de su defunción en acto de servicio, sin tumba que visitar ni cuerpo al que velar.
Recordaba la noche en que recibió la noticia, sentada en la cocina con el sobre en la mano, sin atreverse a abrirlo.
Durante horas había permanecido inmóvil, sabía que ese sobre contenía una bomba que podía explotar al menor movimiento.
—Somos hermanas del mismo dolor, Mercè —afirmó Leonor con firmeza—. Y mientras nosotras respiremos, ellos no se habrán marchado del todo.
Mercè la observó sin hablar durante unos segundos.
Con un movimiento maquinal, sus dedos buscaron el colgante de plata que llevaba siempre ajustado a la garganta, en cuyo interior guardaba una pequeña fotografía de Joan.
Mercè había perdido a su marido en Belchite, en una de esas batallas sin nombre que los periódicos apenas mencionaban.
La carta oficial había llegado un mes después, con el sello de la República y el texto impreso en una máquina de escribir que había visto el dolor de miles de familias.
"Lamentamos comunicarle que su esposo, el soldado Joan Soler, falleció en acto de servicio el 15 de septiembre de 1937.
" No había más explicaciones. No había cuerpo. Solo el silencio.
—Mi Joan también se quedó en Aragón —murmuró con un hilo de voz—. Me mandaron la misma carta estandarizada. Sin explicaciones. Sin derecho a una despedida.
Un nudo apretó la garganta de Leonor. Tragó saliva con dificultad, sintiendo que el aire cargado del andén se le metía en el pecho como un bloque de plomo.
Jordi se agitó de repente en sueños, mascullando palabras ininteligibles.
Mercè lo envolvió con más fuerza en la manta y le depositó un beso protector en la frente.
—No sé qué sería de mi vida sin él. Es lo único que me queda.
El subsuelo entero dio un vuelco repentino.
Primero se percibió un rumor sordo, una vibración telúrica que ascendía desde las entrañas de la tierra como el avance de una mole invisible.
Después, el estruendo estalló en un rugido masivo que reverberó por las paredes.
En el andén, el murmullo colectivo se desvaneció de golpe.
Las risas de los jugadores de cartas cesaron y una vecina comenzó a rezar en voz alta, meciendo el torso hacia delante y hacia atrás.
Las bombillas oscilaron con violencia, escupiendo chispas diminutas antes de sumir el sector en un parpadeo frenético.
Las sirenas volvían a bramar en el exterior, anunciando la cercanía letal de los motores.
Su ulular metálico perforaba los tímpanos y se clavaba en la médula.
No había quien no lo reconociera, quien no sintiera que el estómago se le contraía al oírlo.
Las sirenas se habían convertido en el latido de la guerra, el palpitar de una ciudad que vivía pendiente de su siguiente alarido.
—Jordi —susurró Mercè, sacudiendo suavemente los hombros del niño—. Despierta, cariño. Hay que estar atentos.
El pequeño abrió los ojos, parpadeando con una mezcla de adormecimiento y pánico puro.
—¿Qué pasa, mamá?