El Secreto de Rocafort
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CAPÍTULO 1 EL REFUGIO
Leonor Ferrer descendió por las escaleras arrastrando una manta de lana áspera y una bolsa de tela que guardaba un mendrugo de pan racionado —la exigua porción reglamentaria de apenas ciento cincuenta gramos diarios que la Generalitat distribuía desde febrero de aquel año para contener la escasez.
La bolsa pesaba menos de lo que le gustaría, un recordatorio constante de que, en la Barcelona de la retaguardia, el valor de la vida se medía ahora en gramos de harina y en la capacidad de aguante de los estómagos vacíos.
Leonor, como maestra, intentaba disimular ante sus alumnos la languidez que la falta de nutrientes le provocaba, pero a veces, al alzar la tiza, su mano temblaba con una fragilidad impropia de su juventud.
En la escuela de la calle Urgell, los críos llegaban cada mañana con los ojos hundidos y los labios agrietados, y ella había aprendido a no preguntar si habían desayunado.
Sabía que la mayoría no lo habían hecho.
A su lado, su padre Sebastià avanzaba con extrema lentitud, apoyándose en un bastón de madera nudosa que apenas lograba compensar su falta de equilibrio.
Cada peldaño de granito exigía un cálculo milimétrico de las articulaciones; el anciano se detenía un segundo en cada escalón, exhalando un soplido corto mientras su peso muerto recaía por completo en la madera.
Bajo el brazo izquierdo sujetaba un fajo de legajos oficiales que se había negado obstinadamente a dejar en casa, desatendiendo las advertencias de su hija sobre la absoluta inutilidad de proteger papeles en medio de un bombardeo.
—Podrías haberte quedado en casa, papá —murmuró Leonor, sin girarse para comprobar si le seguía el ritmo.
Los nudillos se le blanqueaban al aferrar las asas de la bolsa de tela, sintiendo la dureza del mendrugo contra el antebrazo.
El bullicio de los vecinos, que bajaban con la premura de una colmena alterada, la obligó a desviarse hacia el pasamanos.
Era una coreografía de la miseria: hombres con boinas caladas hasta las cejas, mujeres que apretaban a sus bebés contra el pecho con un gesto protector, casi animal, y ancianos que cargaban con sus retratos familiares como si fueran los únicos bienes de valor en un mundo que se deshacía.
Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo gris escapándose de un moño deshecho, cargaba una jaula vacía que antes había contenido un canario.
Leonor la conocía de vista: vivía en el tercer piso de la finca de al lado y, antes de la guerra, solía pasear por la rambla con el pájaro cantando en la jaula.
Ahora la jaula estaba vacía, y aquella vecina la llevaba consigo al refugio esperando que el canario regresara.
Leonor supo que el pájaro había muerto en el primer bombardeo de febrero, cuando la explosión había destrozado la ventana de su cocina, y había pasado tres días buscando entre los escombros. Nunca lo encontró.
—Y tú podrías dejar de decir tonterías —replicó él, con la voz áspera de carraspera crónica—.
Las bombas no entienden de archiveros jubilados ni perdonan a nadie por quedarse en el salón.
Carraspeó con fuerza, expulsando un gallo sordo que se perdió contra la superficie esmaltada antes de acomodar mejor el fajo de papeles bajo la axila.
Sebastià no buscaba salvar los documentos por su valor histórico, sino porque eran la única prueba tangible de que el mundo, antes de que el hierro y el fuego lo fracturaran, tenía una lógica basada en el orden, la ley y la continuidad.
Entre aquellos legajos se encontraba el acta de nacimiento de Leonor, la partida de defunción de su esposa y los planos originales del Ensanche que había copiado a mano durante sus años de aprendizaje en el Ayuntamiento.
Eran los restos de una vida que la guerra había puesto en suspenso, y Sebastià se aferraba a ellos como un náufrago a una tabla.
Inaugurada en 1924 como parte de la moderna red del Gran Metro, la estación de Rocafort guardaba todavía en sus andenes subterráneos los ecos de una paz que ya parecía pertenecer a otra vida.
Trece años más tarde, aquellos mismos muros aparecían salpicados de manchas de barro seco, hollín y una bruma de polvo suspendida que se pegaba a la garganta.
El aire allí abajo era espeso, cargado con el vaho de centenares de cuerpos apiñados y el tufillo acre a aceite de maquinaria y miedo.
El calor humano ascendía en ondas densas, impregnado de sudor agrio y el olor dulzón de la ropa guardada sin secar.
Una joven, sentada contra la pared con un bebé en brazos, mecía al pequeño con un movimiento mecánico mientras susurraba algo inaudible.
A su lado, un hombre de barba crecida la miraba sin verla, con los ojos fijos en un punto que no existía.
El refugio se extendía bajo sus pies como una catedral invertida, excavada entre seis y diez metros bajo la superficie.
Los pozos de ventilación, distribuidos estratégicamente a lo largo del andén, apenas lograban renovar el aire viciado que se acumulaba en las horas punta, cuando la estación se llenaba hasta los topes.
Al fondo, junto a la escalera de emergencia, se distinguían las letrinas separadas por sexos —una precaución higiénica que la Junta de Defensa Pasiva había impuesto tras los primeros brotes de disentería en los refugios más improvisados.
Un botiquín de madera, pintado de blanco con una cruz roja toscamente dibujada, colgaba de una columna cercana, aunque su contenido se reducía a vendas de gasa y alcohol de quemar.
En un rincón, un cartel de la Junta de Defensa Pasiva dictaba las normas de convivencia: "No fumar", "Prioridad a niños y ancianos", "Prohibido cualquier comentario religioso o político".
Eran mandatos de cartón y tinta que intentaban imponer una cordura civilizada sobre el caos de una sociedad al límite, aunque la realidad del subsuelo desmentía cualquier disciplina: los cuerpos se apretujaban sin respetar filas, y los más fuertes ocupaban los mejores lugares sin que nadie osara recriminarles.
Un hombre de espaldas anchas, con la camisa abierta sobre el pecho sudoroso, había extendido su manta justo en el centro del andén, rodeado de su mujer y sus tres hijos.
Ella tenía el rostro surcado por la fatiga y los pequeños, dos hermanos y una niña, se apretujaban contra ella con los ojos abiertos de par en par.
Nadie se atrevía a pedirle que se moviera.
En el barrio, el hombre era conocido por su fuerza y su carácter; antes de la guerra, había trabajado en el puerto y se decía que era capaz de cargar sacos de cien kilos sin ayuda.
Ahora, su fuerza solo le servía para ocupar el mejor lugar en el refugio.
El espacio disponible se había convertido en un tapiz humano.
Familias enteras se apretaban sobre mantas extendidas directamente sobre el suelo de baldosas; mujeres con lactantes pegados al pecho y ancianos inmóviles sentados sobre cajones de madera vacíos compartían el mismo metro cuadrado.
Cerca de una columna de hierro, un grupo de hombres jóvenes que habían esquivado el frente del Ebro mataba las horas jugando a los naipes bajo la luz mortecina de lámparas de carburo que chisporroteaban con un olor penetrante.
Los jugadores se inclinaban sobre el tapete, los pómulos iluminados por un resplandor anaranjado que les daba un aire de espectros.
Uno de ellos, un chico de apenas veinte años con el bigote recién estrenado, arrojó una carta sobre el montón y soltó una risa seca.
—Tres pares —dijo—. La suerte no me abandona ni bajo tierra.
Sus compañeros rieron también, pero sus ojos no reían.
La guerra, el hambre y la angustia habían borrado la verdadera alegría de sus rostros.
Otro jugador, de mayor edad, murmuró sin mirar la baraja: —La suerte, dice.
La suerte es que tu primo no esté muerto en el Ebro como el mío.
—El mutismo que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
En un rincón sombrío, una mujer zurcía un jersey raído mientras su marido contemplaba la nada con los ojos vacíos.
La esposa cosía con movimientos precisos, hundiendo la aguja en la lana y tirando del hilo con una regularidad mecánica.
El jersey era azul, del mismo color que el que llevaba Jordi, y Leonor sintió una punzada al reconocer el tono.
Ella no levantaba la vista, pero sus dedos se movían con la seguridad de quien ha zurcido la misma prenda decenas de veces.
A su lado, el marido no decía nada. No miraba a su mujer ni a los críos que correteaban cerca.
Miraba la pared, como si detrás de los azulejos hubiera una ventana a otra vida.
Leonor supo que el hombre había perdido a su hijo en el frente y que ya no hablaba desde entonces.
Ella remendaba el jersey del crío muerto, una y otra vez, con la certeza de que la prenda intacta pudiera devolverlo a la vida.
Desde aquel primer ataque del 13 de febrero de 1937 —cuando el destructor italiano Eugenio di Savoia sembró el terror en la fábrica Elizalde de Gràcia, dejando dieciocho muertos en los muelles—, la ciudad se había convertido en un blanco móvil.
Aquella mañana de febrero, los vecinos de Gràcia habían visto caer los proyectiles sobre los tejados de la fábrica con la incredulidad de quien asiste a un crimen sin nombre.
Dieciocho familias que aquella noche ya no tendrían a quién esperar en el umbral de la puerta.
El bombardeo había sido un ensayo: la guerra, que hasta entonces se libraba en los frentes de Aragón y Madrid, había llegado a las calles de Barcelona.