CAPÍTULO 5 LA PROMESA #2
Afuera, la tarde se había teñido de un plomizo amenazante.
Las calles del Eixample parecían vaciadas de almas; la sombra de la contienda parecía haber barrido toda presencia humana.
Leonor caminaba sin rumbo fijo, con el eco de la advertencia de Roca zumbando en sus oídos, hasta que sus pies la condujeron hacia la finca de Mercè.
En el camino, pasó junto a una cola de ciudadanas que esperaban frente a una tienda de ultramarinos.
Reconoció a una de ellas, la señora Carme, que la saludó con un gesto cansado.
La maestra devolvió el saludo y siguió caminando, sintiendo que Barcelona entera se desmoronaba a su alrededor.
Subió la escalera a tientas sin encender ninguna luz.
La puerta del piso estaba levemente entornada, y un débil hilo de luz parpadeaba desde el interior.
Entró sin llamar. Desde el pasillo, a través de la rendija de la puerta, vislumbró la sala contigua.
El ataúd del niño descansaba sobre un par de sillas de tijera: una caja de madera tosca, desnuda de flores, coronas o cualquier consuelo.
Una única vela temblaba junto a la madera, proyectando sombras largas y famélicas sobre las paredes desnudas.
Leonor sintió un nudo cegador en la garganta.
Aquel pequeño había compartido pupitre en su aula de la calle Urgell; había visto sus dedos aferrar el lápiz por primera vez para trazar sus primeras letras.
Ahora reposaba allí, reducido a una caja de pino en la más absoluta soledad.
No se atrevió a cruzar ese umbral; aquel dolor pertenecía exclusivamente a la madre.
Avanzó un poco más hasta dar con la estancia donde Mercè la aguardaba en silencio.
La madre yacía sentada al borde del jergón infantil, con el jersey azul de lana apretado contra el regazo.
La penumbra y el olor a humedad de las paredes lo impregnaban todo.
—Mercè —murmuró Leonor con extrema suavidad.
La viuda apenas levantó la vista. Sus pupilas, secas y apagadas, parecían dos pozos vacíos.
—¿Qué importa ya, Leonor? —su tono era un hilillo roto—. Mi hijo se ha ido. Nada va a traérmelo de vuelta.
—Importa —respondió la maestra, arrodillándose ante ella y tomando sus manos yertas entre las suyas—. Porque si no descubrimos quién te lo arrebató, otros niños sufrirán su misma suerte.
Mercè permaneció callada durante unos segundos. Sus dedos, despacio, se cerraron con fuerza sobre los de su vecina.
—¿Qué pretendes hacer?
—Investigar. Preguntar en cada rincón. No permitir que el olvido se trague su memoria —hizo una pausa—. Te lo juro, Mercè. Encontraré a quién se lo llevó. Aunque me cueste lo que me queda de vida.
La madre la contempló fijamente, buscando una brizna de locura o de consuelo barato en su rostro, y al no hallar más que una resolución inquebrantable, llevó una mano temblorosa al cuello. Se desabrochó un pequeño relicario de plata desgastada, con una diminuta fotografía ajada en su interior.
—Toma —susurró, colocándoselo en la palma—. Es lo único que me queda de Joan. Desde este momento, ambas compartimos el mismo pacto: la memoria contra el olvido.
Leonor guardó la joya en el bolsillo de su abrigo.
No imaginaba aún que el metal frío albergaba algo más que una imagen, pero comprendió el alcance del gesto: la viuda le había entregado su bien más sagrado.
Aquel objeto era el último vínculo de Mercè con su marido, y al entregárselo a la maestra, estaba confiándole también su esperanza.
—Yo también quiero dejarte algo —dijo Leonor, extrayendo un viejo reloj de bolsillo de plata mate—. Era de mi hermano Pau. Lo llevaba siempre, pero no lo llevó al frente. Ahora es tuyo, para que sepas que no estás sola en este desierto.
Mercè abrió la tapa con torpeza. En el interior leyó las iniciales grabadas en el metal: P.F. 1935.
—¿Pau Ferrer? —preguntó en un susurro.
—Mi hermano. Cayó en Teruel el pasado agosto. —Somos hermanas de la misma herida —respondió Mercè con gravedad—. Y mientras respiremos, ellos seguirán aquí.
Aquel reloj era el único rastro tangible de Pau, y Leonor lo había guardado durante meses sin saber qué hacer con él. Ahora, al entregárselo a la madre, sentía que estaba compartiendo el peso de su propia pérdida.
Al amanecer, el coche fúnebre hizo su aparición ante la finca.
Un vehículo vetusto, de chapa negruzca, de los pocos que conseguían combustible en una Barcelona sitiada.
Mercè marchaba tras el carruaje con los brazos laxos y la mirada fija en el pavimento.
La maestra la custodiaba a pocos pasos, lo suficientemente cerca para sostenerla si flaqueaba.
El cementerio de Montjuïc se alzó ante ellas como un páramo desolado.
Los cipreses se cimbreaban bajo el azote de una brisa abrumadora que bajaba al mar, y el cielo parecía desplomarse sobre los nichos.
Un sacerdote anciano, de voz gastada por la fatiga, masculló dos oraciones de rigor ante la fosa abierta.
La viuda no parpadeó siquiera. La caja descendió lentamente por las cuerdas hasta el fondo de la tierra.
Un hueco diminuto, exactamente a la medida del espanto.
Leonor la rodeó en un abrazo firme para mantenerla de pie.
—No tienes por qué soportar esto hasta el final, Mercè. Podemos marchar.
—No —respondió ella con tono seco—. Me quedo.
Una ráfaga de viento violentó los árboles, levantando una polvareda seca que dio paso a un aguacero denso y repentino.
La tormenta comenzó a golpear el suelo con un repiqueteo sordo.
Ninguna de las dos se movió. El agua corría por el rostro de Mercè lavando las lágrimas mudas que ya no distinguía del temporal.
Leonor, inmóvil bajo el chaparrón, introdujo los dedos en el bolsillo de su chaqueta y rozó el contorno del relicario de Joan.
La plata le transmitió un extraño pálpito que la recorría por dentro: la medalla pesaba de un modo singular, delatando la presencia oculta de algo más que un retrato descolorido entre sus dobleces.
No era solo el peso material; el objeto parecía vivo, guardaba un secreto que esperaba ser revelado.
Apartó el pensamiento de inmediato; no era el momento.
La promesa ya no era una simple palabra lanzada al viento.
Se había convertido en un juramento grabado a fuego bajo la lluvia de Montjuïc.
Encontraría la verdad. Aunque el mundo entero se desmoronase a su alrededor.
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