El secreto de Olimpia OLIMPIA
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OLIMPIA

Contar lo ocurrido con la perspectiva del pasado provoca que caiga en el error de pensar que todo se podía haber evitado.

Terminé de leer el manuscrito hace un mes.

Traté de localizar a Ilaria, pero no lo conseguí.

Desesperada, llamé a la embajada. Nunca me pasaron con ella.

Entiendo que quisiera alejarse de este asunto, no le guardo rencor, pero puede que hablar con ella hubiera evitado lo sucedido hace solo tres días.

Como digo, estaba desesperada, así que pedí que me pasaran con su asistente.

No lo logré. Dejé nota para que me llamara, diciendo que era Olimpia, sobrina de Valle, y dando mi número de teléfono.

Apremiada por la impaciencia también hice anotar que era importante que le dijeran, a él o a Ilaria, que era sobre un manuscrito relacionado con Borromini.

Y ese fue mi gran desliz.

Después de acabar el manuscrito, volví a encargarme de mi iaia. Azuzada por las ganas de entenderlo todo, le pregunté sobre la historia familiar. Sobre mi abuelo. No conseguí que me contara nada. Días después, desconcertada por su silencio, me senté a hablar con mi padre.

Le costó mucho. Ese secreto estaba guardado en sus entrañas, igual que en las de mi iaia y mi tía.

Ni siquiera, me dijo, mi madre lo sabía.

Siendo Valle muy pequeña, tuvo el valor de acercarse a mi abuela una mañana de verano.

Apenas tuvo que hablar: tenía un ojo morado y un rastro de sangre seca mancillaba su pierna.

Habló. Acusó a su padre de hacerle daño.

Mi iaia, a la que tanto he idolatrado pese a su mentalidad cerrada y su falta de muestras de cariño, echó de casa a mi abuelo bajo amenazas.

Nunca más debía acercarse a ellos. Con todo, ella cambió.

Apenas volvió a sonreír. Papá recuerda, como algo muy oculto en su interior, que antes de eso ella era alegre y tierna.

Que amaba a mi abuelo. Quizás por eso, tomando a la víctima por verdugo, castigó a tía Valle, llevándola a ese internado y olvidándose de su existencia.

Fue su forma de hacer su vida más soportable.

Imperdonable, pienso yo. Mi padre la disculpó a su manera.

«Hice lo que tenía que hacer» , me dijo desbordado por la angustia de una verdad terrible.

«Yo estuve con tu tía cuando me lo permitieron, años después, pero ella nunca superó su dolor.

Logré que mi madre la volviera a acoger, pero nunca la reconoció con el cariño que se merecía».

Quise volver a casa de mi tía la misma tarde. Dovela necesitaba cuidados y pensé en llevarla a mi casa. Pero antes necesitaba comprenderla. Entender por qué se había comportado así. Y si era cierto lo que me habían relatado.

Busqué en sus fotos, en la mirada de niña que me devolvía el papel, en sus gestos cohibidos.

En la mano que mi abuelo ponía sobre su hombro, con fuerza.

En el semblante de una niña asustada que se cubría con los brazos estirados la zona púbica.

Y lo supe. Era cierto. Mi tía había sobrevivido a abusos sexuales, y nadie la había protegido por ello. Es más, la castigaron.

Se me hizo de noche, aunque solo fueran las siete de la tarde. Entre lágrimas, acurrucada junto a Dovela en la cama, me rompí con la historia.

El miedo me hizo pensar que debía marcharme.

Hablé con Chiara, con quien me puse en contacto en cuanto supe que todavía podía vivir, necesitaba comprobarlo.

Ella no respondía a las llamadas, pero, a través de su email, guardado en la agenda de mi tía, logré que me contara que estaba bien, escondida por miedo.

Cogí a Dovela, un álbum de fotos y busqué el manuscrito.

Pero no estaba. Había desaparecido. Aunque recordaba perfectamente haberlo dejado sobre el sillón de lectura, revolví el escritorio, la cocina, la sala de estar…

Nada. Alguien se lo había llevado. Me asomé al balcón, era sábado y la zona estaba repleta de personas que disfrutaban de la noche en el barrio de moda.

La furgoneta que en días anteriores había podido ver aparcada bajo el balcón, no estaba.

No en ese momento, pero debía de haber estado.

Instigada por el terror que me producía saber que alguien había estado en esa casa, en mi ausencia, robando el manuscrito, salí corriendo.

Recuerdo moverme por las calles en dirección a mi coche, con miedo.

Por un momento, perdí la orientación y terminé dando más vueltas de lo previsto.

Fue entonces cuando me di cuenta de que me seguían.

No como otras veces. O tal vez sí. Era de noche y pese a la excentricidad de algunos transeúntes no llevaban gafas de sol ni gorras.

Eso fue lo primero que descarté. Pero mi persecutor iba a cara descubierta.

Llegué al coche y lo abrí nerviosa, coloqué el transportín de Dovela en el asiento del copiloto.

Antes de que me diera cuenta, el individuo me tapó la boca con la mano derecha, rodeando mi cuerpo con la otra. Forcejeé inútilmente.

—Quieta —me dijo con marcado acento italiano.

Me removí una vez más, consiguiendo que su mano se desplazara hasta mi pecho, aprovechando para gritar.

Dos chicas pasaron por delante y miraron, yo seguía forcejeando, él movió la mano intentando colocarla en mi boca.

Pasaron de largo apretando el paso. Seguí luchando con todas mis fuerzas, el cesto de Dovela cayó al suelo.

Estaba asustada, recuerdo que maullaba de la misma forma que llora un bebé.

Mientras él luchaba por meterme dentro del coche pude ver en su muñeca el fulgor del reluciente metal de un reloj de grandes dimensiones que llamó mi atención. La esfera era verde.

—Paolo —susurré temblando.

—Así es. He venido a tu llamada.

—Pero...

—Has leído el manuscrito, nadie debe conocer el secreto de Borromini, nadie.

Serena cometió un gran error, investigar y escribir sobre ello, insistir a tu tía para que lo publicara.

Y Valle, ella hizo bien al principio. La vigilamos durante mucho tiempo, pero no pudo ser.

Cuando pensábamos que nuestras amenazas contra ti y tu familia habían hecho efecto, de pronto volvió a conectar con personas que podrían hacer que todo se descubriera.

—No te entiendo.

Con medio cuerpo dentro del coche, inmovilizada por el cuerpo atlético de Paolo, apenas me podía mover. Dovela maullaba desesperada y yo trataba de pensar la forma de escapar.

—Quiso publicar el manuscrito. Como sabes, tenemos contactos.

Nuestra fundación es grande. Siempre hemos tenido su teléfono pinchado, como el de Ilaria.

Ella sí ha sabido escapar de todo. Puso tierra de por medio y sabemos que está en algún lugar de Polonia.

En calma. También Chiara permanece oculta, pero daremos con ella.

Pero tu tía no. Ella, de pronto, años después, cuando todo parecía olvidado, intentó ponerse en contacto con Serena para publicar el manuscrito.

También contactó con Chiara. Y lo intentó con Ilaria. Incluso conmigo, como has hecho tú.

—Pero no entiendo…

—Mi familia lleva generaciones dentro de Custodia Veritatis .

Mi padre murió protegiendo el secreto. Sí, Olimpia, somos custodios de un gran secreto.

Borromini reunió textos y conocimientos que no deberían circular entre los fieles, y no necesariamente porque fueran paganos o heréticos, sino porque son verdaderos.

Si esos conocimientos se divulgan, los hombres empezarán a interpretar los símbolos de las iglesias por sí mismos, sin necesidad de intermediarios que los descifre para ellos.

—Pero eso, es absurdo… A lo largo de la historia los avances científicos han refutado las creencias religiosas…

—Claro que sí, pero las obras de Borromini eran encargos de la propia Iglesia que ponían de manifiesto conocimientos que no eran simplemente heréticos. De hecho, eran ciertos. La fundación surge de la necesidad de proteger a quien administra la verdad.

—Vuestra verdad…

—He tenido una vida difícil, cargada de impedimentos, mi madre se hundió en una depresión y no supo atenderme.

Pero, con la ayuda de la fundación, logré estudiar y conseguí un puesto de cierta relevancia en la embajada.

A veces uno no defiende sus propios principios, basta con luchar contra quien ataca lo que te protege.

—Lo de Claire… Lo de Claire Meunier, la comisaria del Museo de Arte Sacro del Mediterráneo…

—Frédéric Dupont es muy amigo mío. En aquellos días Chiara trató de ponerse en contacto contigo. Nunca le devolviste la llamada, por suerte, pero temíamos que buscara otra forma, como así fue. Solo intentamos que estuvieras asustada por si eso ocurría.

—Mi tía…

—Fue fácil retomar con ella lo que habíamos dejado a medias aquellos días. Nunca sospechó de mí. Necesitaba tanto tener a alguien a su lado que se entregó sin medida. Fue sencillo envenenarla poco a poco sin que ella se diera cuenta. Te nombró. En el suelo, desvencijada, dijo tu nombre.

—Colocaste su cuerpo como el de Borromini y el de Valentina.

—Belleza poética.

Me dio un golpe en la cabeza.

Cuando volví a despertar estaba en el hospital.

La policía custodiaba mi habitación. Me contaron que las chicas a las que había visto pasar habían avisado a emergencias.

No solo eso, se habían quedado cerca, observando, por si Paolo lograba meterme en el coche y raptarme.

Casi lo consigue. Llegaron cuando había arrancado el motor.