XVI EXPERIMENTIS VISUS MENTIS (1698)
A ojos de los ignorantes, aquello era mera penumbra, un vestigio de la memoria antigua, donde las sombras se amontonaban como sedimentos de siglos.
Pero Olimpia y Anna, dos historiadoras y alquimistas de la percepción, sabían que aquel subterráneo no era sino la antesala de la visión que excede los límites del ojo.
Habían descubierto un pasaje secreto bajo los cimientos del Vaticano, entre arcos y columnas olvidadas, cuyos ladrillos murmuraban nombres y fechas como si temieran ser olvidados.
En aquel espacio, la luz se volvía líquida y densa, filtrándose por rendijas que apenas eran visibles, dibujando glifos sobre los muros húmedos.
Allí comenzaron sus experimentos con sujetos escogidos: hombres y mujeres cuya voluntad y curiosidad los hacían aptos para el Visus Mentis .
Cada gesto, cada respiración y cada mirada eran medidas y anotadas con sumo cuidado, como quien registra los latidos de un corazón que se cree inmortal.
A ojos de los indoctos, aquello era monstruosidad.
Pero Olimpia entendía que la materia tenía alma y que el alma podía ser vista si se la preparaba adecuadamente: un trazo, un glifo, un soplo de aire o la vibración de un instrumento podían despertar en la mente del sujeto una visión que trascendía la forma.
Caminaba entre los sujetos, con su andar etéreo y silencioso, dejando un rastro de misterio que hacía que cada figura observada pareciera danzar con su propia sombra.
Anna vigilaba atentamente, anotando los resultados: los ojos se dilataban, las pupilas parecían absorber la luz de los glifos; los sujetos murmuraban palabras que nunca antes habían pronunciado, y algunos describían colores que no existían, o sonidos que no provenían de ningún instrumento.
La sinestesia, decían, se desplegaba como un velo entre lo visto y lo sentido.
En aquel subterráneo, entre el eco de sus voces y el vapor de la cal, se entendió que la percepción era un río que podía ser desviado, un arte que podía enseñarse y una puerta que podía abrirse.
Y mientras Olimpia caminaba, los muros susurraban: la realidad no es lo que vemos, sino lo que nuestra mente se atreve a reconocer.
Las amigas ocultaron el escondite una vez se dieron por satisfechas.
Después de muchas cavilaciones, entendieron que, de dar a conocer la verdad, su destino sería el mismo que el de Borromini.
Olimpia se resistía a ignorar lo que habían descubierto, pero Anna la convenció cuando su amiga enfermó.
Había manipulado los recipientes de ácido y sus pulmones se habían deteriorado.
Le prometió no retirar nada del hueco del presbiterio de San Carlos, como un juego que empezaron cuando eran unas niñas, deseando que en algún momento alguien lo descubriera, siglos más tarde quizás, cuando la modernización en el entendimiento y la posible laxitud de las normas de la sociedad fueran un hecho.
Habían sido testigos de la detención de Beatrice y su infeliz final, quitándose la vida en la cárcel cinco años después de su detención.
Así pues, alguien en algún momento encontraría, en el hueco en la cal, un cuaderno de cuero, otro de cartón, un fragmento de espejo y una carta firmada por Bernini.
Anna se resistía a que la carta se quedara allí, pero sentía la necesidad de que la verdad se supiera, ella misma no había perdonado a su progenitor por la maldad del deseo expresado en aquella misiva.
También era conocedora de que la orden no se había materializado.
Ambas habían descubierto la fundación que conspiraba contra el del rival de Bernini.
Borromini no se había suicidado; habían logrado que su criado confesara que alguien lo había chantajeado para que le dejara entrar a ver al maestro, pese a que este le había dado la orden de no recibir visitas, temeroso de la amenaza de Bernini.
Ese hombre formaba parte de una organización dispuesta a todo por evitar que los conocimientos de Francesco despertaran el interés de las personas que ahora creían fielmente todo lo que la Iglesia proclamaba.
En el sistema arquitectónico que desarrollaba Borromini la geometría tenía un significado especial, determinadas proporciones podían relacionarse con conceptos teológicos, las formas producían determinadas experiencias psicológicas.
Lo más importante: las figuras geométricas podían esconder conocimientos procedentes de tradiciones antiguas.
Ante el temor del encargo de su muerte por parte de Bernini, Borromini había destruido gran parte de sus dibujos y apuntes.
El cuaderno indicaba la palabra: APERTURA.
Olimpia había descubierto el escondite en la cripta de San Carlo y había dejado el enigma en un dibujo con su firma.
Solo una persona con el conocimiento suficiente lo entendería.
Solo alguien con el respeto y amor al arte podría descubrir la verdad y gestionarla en su momento, con las consecuencias de su tiempo.
Olimpia pasó sus últimos días encamada, entre flemas de sangre que la ahogaban y fiebres que la hacían delirar. Anna sabía que todo lo que decía y las cosas que estaba viendo y sintiendo no eran más que el fruto de sus propios experimentos. El arte convertido en ciencia.