El secreto de Olimpia CAPÍTULO 39
93%

CAPÍTULO 39

Mientras Erik se levanta, todos avanzan con precaución.

Él entra primero, sacando un móvil del bolsillo y poniendo la linterna.

Una estancia pequeña, de apenas dos metros de largo por uno de ancho, se ilumina.

Una vez dentro, Valle puede ver, en la parte alta de la pared frontal a la que les ha dado acceso, los recipientes que contienen el ácido, aunque están cubiertos de polvo.

El líquido del interior se ha evaporado a través del tapón de corcho y cera, por lo que no están completamente llenos.

Demasiados años esperando. De las botellas salen unos resortes que terminan en la puerta que no han abierto.

Por debajo de las vasijas, una estantería que cubre toda la pared, repleta de cuadernos y libros polvorientos y con las cubiertas ajadas.

En el suelo, algunos libros que han caído durante los golpes a la puerta.

—Ese líquido —explica contemplando el sistema y acercándose—, seguro que era corrosivo, puede que lo siga siendo, de haber forzado las bisagras se habrían roto los envases, se habría vertido sobre la estantería. Tened cuidado, no toquéis nada, si se libera el gas nos podría matar.

Erik se vuelve hacia ella.

—¡Atrás! ¡Todos atrás! —Saca su pistola y les apunta—. Ninguno de vosotros es digno de conocer el misterio.

El sacerdote no hace caso y toma entre sus manos el libro más grande que hay en la estantería, el único con cubiertas de cuero, que estaba en posición horizontal, protegido dentro de un pequeño nicho de yeso abierto en la pared.

—¡Suelte eso, padre! —grita Erik, encañonándole. El móvil se mueve en su mano izquierda, provocando inestabilidad en la única fuente de luz.

Los demás han dado un paso atrás, el secuaz permanece junto al cónsul, sujetando la pistola en sus manos, apuntándoles. Él aprieta el cañón de la pistola contra el pecho del sacerdote y extiende la mano para que le dé el cuaderno.

—¡Vamos, padre! De todas formas, ninguno de vosotros saldrá con vida de aquí —grita Erik mirando a Chiara y Valle.

El padre niega, en un esfuerzo absurdo por custodiar el secreto, por sentirse propietario de algo tan grande.

Erik le pone el cañón en la frente. El sacerdote aprieta el libro contra su pecho.

Sin darle otra oportunidad, el cónsul dispara.

El sonido del tiro dentro del pequeño habitáculo provoca pitidos en los tímpanos de Valle.

También los demás se llevan las manos a los oídos.

El sacerdote ha caído al suelo, junto a restos de su cerebro, su carne y su sangre, que lo rodean.

Valle no sale del estado de ausencia en el que ha entrado hasta que el eco se silencia en el interior de la sala. Contempla el cuerpo del padre Nico y aventura su triste final. Erik se acerca al sacerdote y le arranca de las manos el valioso, pero desvencijado cuaderno.

En medio del silencio pueden sentir la reverberación de unos pasos a través de la pared que alberga la estantería, colindante a las escaleras por las que accedieron al subterráneo.

Ante la inminencia de la aparición de intrusos que puedan alterar su plan, Erik coge a Chiara en un abrazo por detrás y le pone la pistola, todavía caliente, en la sien. Ella se queja por la quemadura, pero él no aparta el arma.

—¡Déjala! —grita Valle desesperada.

Los pasos se escuchan cada vez con más claridad e indican que el ritmo es rápido, también se oye la incómoda tos de Cavellini. Valle suspira, todo acabará pronto. Sin embargo, la reacción de Erik es tan imprevisible como devastadora.

—¡Nadie saldrá vivo de aquí! ¡Nadie podrá jamás contar lo que hemos visto! —grita. Da un paso atrás y recoloca su pistola en la espalda de Chiara—. No dejaré que todo se estropee. No ahora.

Un segundo después dispara su pistola.

—¡Nooooooo! —grita Valle. Cae al suelo de rodillas, con la cabeza entre las manos. El cuerpo de Chiara ha caído sobre el del párroco, Valle ve en el pecho de su amiga la herida de la bala, que ha cruzado su cuerpo.

La visión se vuelve borrosa y una náusea espesa se apodera de la española, que intuye que en la sala contigua han entrado Cavellini y su equipo justo cuando el arma de Erik la apunta a ella. Levanta la cabeza en estado de shock y espera el final.

Un disparo y su eco impertérrito rompen de nuevo el silencio.

Una de las botellas estalla y el líquido comienza a derramarse sobre los legajos.

Tres tiros más.

El que procede del arma del cónsul rompe otra de las botellas.

La bala que salió del revólver de Cavellini destroza la rodilla de Erik, que cae junto a ella, con la mano reventada por el disparo de uno de los policías.

Valle se mueve, enajenada. Pasa por encima de los cuerpos de Chiara y el sacerdote, se arrastra sobre los fragmentos de piel, carne, huesos…

Sobre la sangre. Llega hasta el cuaderno, que cayó al otro lado de los muertos.

Lo abraza y sale de la sala, se acurruca en una esquina.

Los policías de Cavellini han reducido al secuaz de Erik, también a él le han puesto las esposas, aunque puede ver que está herido en un brazo y en la pierna.

El humo del ácido comienza a formar una niebla espesa.

Dos agentes salen de la estancia con Erik agarrado por los brazos.

Cavellini se agacha junto a Chiara, le pone dos dedos en el cuello y afirma que está viva.

—¡Gracias a Dios! —indica Valle, y se agacha junto a su amiga para notar su respiración.

—Debemos salir de aquí —ordena entre toses Cavellini—, el ácido no nos deja respirar.

—Salga, saque a Chiara de aquí, le ruego que me deje unos minutos… Usted no entiende lo importante que es esto…

—Quizás sí.

Cavellini carga con Chiara al hombro y sale de la pequeña habitación. Valle oye su tos impertinente alejarse.

Abre el cuaderno, temblorosa, la cabeza embargada por un tic nervioso incontrolable. Y observa los dibujos. Y las letras. Y entiende la razón de que el secreto se haya protegido con tanto esmero.

Las páginas contienen estudios, ensayos realizados con personas.

Hojea el cuaderno y observa que exponen el experimento que se realiza, seguido de las fichas personales de cada participante, la fecha en la que se realizó, el nombre, la edad, el origen, el oficio y el resultado; todo ello en latín clásico, la lengua utilizada para los escritos académicos y científicos en esa época.

Todas las páginas están firmadas con el anagrama de Olimpia.

En un plano distinto, puede observar, como si estuvieran a kilómetros, y escuchar de fondo los movimientos de la policía y la tos de Cavellini. Por momentos el ácido no la deja respirar.

El primer experimento lleva el nombre de: Visus Mentis. [60]

Según ve en los primeros dibujos y las anotaciones al margen, el Experimentum Visus Mentis se realizaba en una cámara cerrada, iluminada solo por una vela situada detrás de un papel traslúcido.

El participante observaba una serie de dibujos o símbolos dispuestos en secuencia.

Lee que el protocolo se realiza en tres frases que Olimpia nombra como: Figurae Inversae, Symbola Resonantia y Speculum Mentis.

En la primera fase, cuyo subtítulo es: Las formas que devuelven la mirada, según la anotación al margen que puede leer Valle, consiste en lo que aprecia como siete dibujos compuestos por espirales, triángulos y el motivo del oculus interior (ojo interno).

La explicación indica que el sujeto debía mirarlos sin parpadear durante «septem minuta et tres respirationes». Siete minutos y tres respiraciones.

El objetivo era provocar un leve desfase entre la visión óptica y la percepción psíquica, es decir, que el cerebro comenzara a ver movimiento, vibración o «vida » , en lo inanimado.

En la segunda fase, descrita en el margen como: Los signos que suenan , el sujeto copiaba glifos (signos o figuras que representan un sonido o idea) mientras escuchaba el goteo rítmico de agua, sincronizando su respiración con cada trazo con el objetivo de crear una composición entre el ritmo corporal, la visión y la audición, induciendo al sujeto a una sinestesia en la visión de sonidos e imágenes.

En la tercera fase, con el subtítulo de El espejo de la mente, el participante debía cerrar los ojos y observar las imágenes «que aún permanecían encendidas dentro del párpado » .

Según el manuscrito, en ese instante « aparet figura non visa sed nata ex lumine interior» . Aparece una forma no vista, sino nacida de una luz interior. Era el momento de la «transfiguración cuando la mente proyectaba su propio contenido simbólico como si el espacio lo revelara.

Cavellini se acerca a Valle y le dice algo que ella no entiende.

Se ha sumido en la lectura, traduciendo frases del latín e interpretando símbolos.

Algunas de las hojas se le han desmenuzado en la mano, por lo que las pasa deslizando el dedo con suavidad, por la parte superior del lomo, tocando lo menos posible.

El capitán le repite y ella asiente. Cree que le ha preguntado si está bien.

Las siguientes páginas muestran las fichas de los ensayos:

Día 21 del mes de marzo, año del Señor 1668

Sujeto I – Lucia della Torre

Edad: 27 años

Origen: Nacida en Florencia

Oficio: Pintora en la casa Barberini

Resultado: Después del tercer giro de luz, dijo ver movimiento dentro del papel, como figuras que se movían en el pigmento. Cierra los ojos y aún ve. Luego llora, diciendo: «las formas me miran». Tras una hora, tenía el rostro sereno, pero la pupila dilatada.

Día 14 del mes de abril, año del Señor 1668 Sujeto II – Giovanni Battista Ferri Edad: 34 años Origen: Ciudad de Roma Oficio: Clérigo, notario de la iglesia menor Resultado: Mientras observaba los símbolos durante siete minutos, comenzó a murmurar un salmo sin emitir sonido con su voz.

Pulso lento, rostro pálido. Tras el experimento escribió en el margen: “Vi la palabra en la luz, pero la lengua no basta.”

Día 27 del mes de junio, año del Señor 1668 Sujeto III – Messer Pietro Alfani Edad: 42 años

Origen: Perugia

Oficio: Músico e inventor de instrumentos de viento

Resultado: Mientras copiaba los símbolos resonantes al ritmo del agua, las paredes parecían moverse al compás. Dijo escuchar armonía sin causa. Anotó: «El signo suena en mí, no en el aire». Después, sueño inquieto, pero sin mal en el corazón.

El proyecto contaba con personas de distinta procedencia, edad, sexo, dedicación y resultados.

Una mujer, Isabella, de 19 años, novicia en Venecia, había experimentado taquicardias y visionado una luz dorada en sus manos.

Incluso días después, olvidó el experimento y perdió el habla, comunicándose por escrito mediante iconos a los que no encontraron sentido.

Algunos de los sujetos no habían dado un resultado positivo, como un comerciante de Roma de 51 años.

Sin embargo, en todos ellos se había modificado su personalidad de algún modo.

En este caso, el hombre abandonó el comercio tras sufrir un cansancio que lo incapacitaba para el desarrollo de su labor.

Escucha la tos de Cavellini, también sus pasos, lo ve entrar, la visión borrosa le hace apenas distinguir su espeso bigote.

Se acerca a Valle, se sienta a su lado. Ella está sudorosa, con las manos temblorosas y el tic de la cabeza cada vez más acentuado.

Él la observa mientras lee y pasa las hojas hacia adelante, con la mirada perdida entre símbolos y datos.

Con calma, cierra el libro y hace que Valle lo mire.

—Señorita, debemos salir de aquí —le dice con suavidad—.

Debo retirarle este libro. —Le quita el cuaderno y la hace ponerse de pie.

Ella sale de su abstracción y observa a su alrededor.

La nube de humo tóxico lo inunda todo. Él apenas puede respirar.

Al mirar hacia la sala, se da cuenta de que han puesto focos en el interior, aun así, el ambiente denso imposibilita la visión, pero puede vislumbrar que los cuadernos de la estantería están corroyéndose.

Uno de los policías hace fotos, los disparos de flash la alteran.

Cavellini tira de ella para que salgan de la estancia, pero ella se resiste.

—Haga salir a sus compañeros —susurra. Él la mira con el rostro desencajado por la tos. —Debemos destruir este cuaderno.