CAPÍTULO 38
Su altura inusual, su porte, no cabe duda de que es el marido de Ilaria. Él y su acompañante entran a la habitación. Él sonríe.
—Bien. Ya estamos todos. Padre Nico, se puede marchar.
—No me voy a marchar, yo llevo las llaves…
—El tipo que acompaña a Erik no le deja terminar, de un puñetazo lo tira al suelo, se agacha y le quita la pistola y le arranca el llavero y la llave de las manos.
Después, le propina un par de patadas, hasta que el sacerdote pierde el conocimiento.
Mete el arma en su cintura. Al abrirse la chaqueta, Valle puede ver que lleva una cartuchera con otra pistola.
—¡Tú! —exclama Valle acercándose al marido de su amiga—. ¡Todo este tiempo has sido tú! —Lo golpea con ambas manos en los hombros, dejando dos marcas de yeso en su impecable traje gris. Después se separa y recoloca sus gafas de pasta sobre la nariz. Mantiene la mirada desafiante sobre el cónsul.
—Sí, así es. Yo fui quien robó lo que habíais encontrado, ya era suficiente.
—Mataste a Valentina…
—No exactamente. ¡Venga! —apremia apuntándolas con la pistola que saca de su bolsillo. Se gira hacia el lugar en el que Valle había permanecido agachada segundos antes, escarbando, y sonríe—. Veo que has hecho grandes avances… Habrás encontrado la llave.
—Tú robaste las reliquias de la caja fuerte de la embajada —recrimina Valle.
Erik no ha dejado de sonreír en ningún momento, pero al escuchar esas palabras su boca se amplía y emite una especie de carcajada sorda.
—Tu amiga es tan frágil… No necesitó mucho para decirme la clave. Es tan temerosa…
—¡Hijo de puta! —responde Valle, rabiosa, sabiendo que Ilaria ha tenido que soportar a ese ser demasiado tiempo.
—Por suerte, no me delatará. Siempre ha estado tan enamorada de mí como para que yo pueda doblegar su voluntad sin mucho esfuerzo.
Y salvarla de la cárcel ha sido magnífico.
Ahora está en deuda conmigo pues jamás me delatará para que yo no declare que ella me dio la clave.
¿No es ingenioso que se me ocurriera una explicación tan convincente?
Ella se quedó maravillada cuando le aclaré lo que tenía que decir.
—¡Eres un hijo de puta y un maltratador! —Valle se lanza de nuevo contra él, que de un empujón la aparta tirándola al suelo. Cae junto al sacerdote, que permanece inconsciente.
—Sí, Valle, puedes pensar lo que quieras de mí. Tienes mi permiso.
—¿Cómo sabías lo de la embajada?
—¿Qué cosa?
—Cómo entrar, lo que tardaba el generador…
—Lo sabía.
—Ilaria no te lo pudo decir, no lo creo.
Él no responde.
—¿Fue alguien de la embajada? ¿Es eso? —insiste ella.
Silencio. Una sonrisa tétrica se dibuja en los labios del cónsul.
—La llamada a Ilaria era una trampa. Sabías con exactitud cómo entrar y posiblemente la contraseña.
—¡Qué fantasiosa eres!
El silencio entre ambos provoca que las miradas se afilen, corten, se claven en la carne y los ojos del otro.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndonos? —insta ella incorporándose y agarrando con sus manos las rodillas para levantarse. Erik sonríe.
—El suficiente.
—¿Y todo esto lo has organizado tú?
—Yo he hecho lo que tenía que hacer. Sigue con lo que estabas haciendo —le ordena—. Resuelve el misterio.
—No me va a servir de nada. Tus manos están manchadas de sangre…
—Las mías no. Yo no me ensucio, querida Valle, es mi amigo —señala a su acompañante— el que hace esos trabajillos.
Chiara, que ha permanecido paralizada, se agacha junto a Valle para ayudarla a levantarse.
—Has hecho un buen trabajo, Clarita —dice Erik—, si no fuera por tu inutilidad y exceso de confianza jamás hubiéramos encontrado las reliquias.
Ahora están a salvo. Como comprenderás, Valle tiene razón, no podéis salir vivas de aquí.
El secreto que pretendéis descubrir no es ninguna tontería.
Nuestra fundación hace muchos años que conoce su existencia, pero jamás había llegado tan lejos.
Nadie lo había hecho. Durante siglos lo hemos preservado…
—¿Y tú decides quién vive y quién muere? —pregunta Valle.
Erik la mira durante unos segundos.
—No confundas las cosas.
—¿Qué cosas?
—Hay decisiones que no me corresponden.
—¡Asesino! —grita Chiara.
—Entonces alguien te da órdenes —dice Valle con los ojos entrecerrados, ya en pie.
La carcajada sonora de Erik multiplicándose contra las paredes les hiela la sangre.
—No seas ingenua. No necesitas que alguien te dé órdenes para saber cuál es tu deber.
—¿Y cuál es el tuyo?
—Proteger aquello que otros no comprenden.
Valle aprieta el codo de Chiara. No sabe cómo saldrán de ahí, pero enfrentarse a ese monstruo no mejorará la situación. Se plantea abrir la puerta, forzarla, hacer desaparecer lo que haya al otro lado, destruirlo de forma intencionada. Pero sabe que justo eso es lo que Erik quiere.
—Durante muchos años —explica el cónsul rompiendo el silencio— hemos custodiado escritos que hacían referencia a esta habitación. Sabíamos que acabaríais llegando aquí.
—¿Quiénes?
Erik tarda un segundo en responder.
—Nosotros.
Y Valle insiste:
—¿Quiénes son «nosotros»?
—Personas que llevan mucho tiempo protegiendo esto. —Señala con el dedo hacia la puerta—.Podría decirte, incluso, lo que contiene, pero hemos llegado hasta aquí, solo debemos dar un paso más.
—Así tendrías el poder que nadie tiene… —responde Chiara.
—Exacto.
—La policía llegará en cualquier momento —refiere Valle intentando que sus palabras se conviertan en realidad—. Hemos avisado a Cavellini antes de llegar.
—El capitán —se ríe Erik— está demasiado ocupado interrogando a uno de nuestros colaboradores… El que se encargó de aniquilar a ese restaurador entrometido. Nuestro querido amigo Matteo Conti.
A Chiara se le transfigura el rostro. No puede ahogar un grito terrible que expresa el dolor de la traición.
—Matteo…
—Él nos puso en aviso. Cada una de las personas en las que has confiado tu secretito nos ha puesto en tu camino. Ahora llegaremos a la meta juntos.
Valle se ha quedado paralizada, cada palabra, cada cosa que descubre la asombra más que la anterior.
—¿Quién decide quién es un entrometido? —balbucea.
Erik sonríe.
—No soy yo quien decide esas cosas. No por el momento.
—Es imposible abrir la puerta sin que se destruya lo que hay dentro —replica Valle.
—En eso tienes razón. Jamás nadie ha logrado abrirla, lo que entraña una gran incógnita, cada una de las personas que han logrado llegar hasta aquí han sido incapaces de descifrar el enigma, pero también de destruir la habitación, algo que sería muy sencillo si se forzara la puerta.
Según los legajos, los engranajes de esa entrada están conectados con un recipiente que contiene ácido, si se fuerza, los documentos que hay dentro se desintegrarán.
—Son documentos… —responde Valle.
—¡Pues claro! —Erik emite otra sonora carcajada—. ¿Qué esperabas encontrar? ¿Personas?
El sacerdote recupera el conocimiento y se endereza en el suelo, quedándose sentado. Valle siente preocupación por su estado. La brecha de la frente sangra en abundancia.
—¡Ahí! —dice el padre Nico con esfuerzo—. Ha descubierto otra puerta—. Se toca la frente emitiendo un gemido de dolor—. No hay llave. La historiadora ha dicho que no hay llave.
Chiara y Valle lo miran sorprendidas. Está ayudando a las personas que le acaban de atacar, tan fuerte es su deseo por descubrir lo que se esconde en esa dependencia.
Erik empuja suavemente a Valle hacia la pared, la española da un paso al frente y se agacha cerca del muro.
Sigue rascando con las manos y buscando la ranura de la puerta que ha descubierto. Erik se acerca a ella y la observa.
—¡Tú! —ordena a su secuaz—. ¡Ayúdala!
El matón se agacha junto a Valle después de dudar unos segundos, sus grandes manos resquebrajan el yeso, que cae a sus pies, con mucha más rapidez.
Apenas un par de minutos más tarde la puerta de hierro, podrida y sin cerradura, queda al descubierto.
—Bien —dice Erik—. Veamos qué es lo que esconde.
Hace que Valle y el secuaz se aparten de la entrada. Sin titubear, lanza su cuerpo contra la puerta, provocando que ésta se mueva unos cinco centímetros. El secuaz se acerca y repite la acción. La puerta apenas se mueve.
—Es posible que esté equivocada —afirma Valle—. Y que si abrimos la puerta todo se desintegre.
—No hay marcha atrás. Descubriremos lo que hay ahí o morirá con nosotros.
—¡Un momento! —grita la española—. Si, como dices, las paredes contienen recipientes de ácido, es posible que nos asfixiemos.
Erik se lanza contra la entrada ignorando su súplica. El sonido sordo de objetos cayendo al otro lado hace que pare. La puerta se ha movido unos centímetros más, lo suficiente para que él pueda asomarse por la ranura.
—Está todo oscuro. Huele a humedad, pero no a ácido.
Golpea con su cuerpo hasta que esta cede sobre las bisagras y cae, él, movido por la fuerza de la inercia, cae sobre la puerta.
Un habitáculo oscuro queda descubierto al otro lado.