CAPÍTULO 37
—Un paso atrás, señorita —avisa el padre Nico con una calma que asusta a Valle—. Chiara, ven aquí.
Le entrega las llaves y, sin quitar la pistola de la frente de Valle, le indica dos del llavero. Los cerrojos crujen uno tras otro, al girar cada llave con un sonido sordo que se extiende por el aire. La puerta no se abre.
—Falta otra —observa Valle. Chiara le hace un gesto pidiendo paciencia.
Entonces, el padre Nico mete la mano en su bolsillo y extrae una tercera llave, igual de antigua y robusta que las anteriores.
—Esta llave estaba escondida en el mismo hueco que las reliquias —aclara Chiara—. Ni te imaginas el tiempo que llevo en esto… Valle.
—Tu amiga decidió por voluntad propia que yo la guardara —añade el padre Nico.
Chiara introduce la llave y la hace girar, empuja la puerta.
Las bisagras, en un lamento agudo, emiten un chirrido que rebota contra las paredes, retumbando una y otra vez.
El sacerdote hace pasar a Valle de un empujón, Chiara se enfada y le grita, pero él repite la acción, ahora sobre ella.
Sin cerrar la puerta, entra a la estancia.
Tiene unos veinte metros cuadrados y es mucho más oscura que las galerías por las que han estado transitando, pero cuando logra que los ojos se adapten a la escasa luz, Valle detecta que están en una habitación totalmente vacía, con las paredes de yeso comidas por la humedad, y que alberga una puerta, también de hierro.
En la pared contigua, la derecha desde la puerta de entrada, entre las manchas de humedad puede vislumbrar una serie de dibujos que, al acercarse, distingue.
Son similares a los que ella tiene en el cuaderno de cuero.
Un texto escrito con letras grandes cubre prácticamente toda la pared.
—En este texto me basé para escribiros los acertijos que os puse para encontrar el cofre —explica Chiara—. No he sido capaz de descifrarlo. Si no logramos abrir esa puerta, todo habrá sido en vano.
Sin que nadie se lo pida, movida por la majestuosidad de esas letras tan antiguas, casi borradas por el paso del tiempo, Valle se acerca a la pared y pasa el dedo sobre las líneas, comprobando por sí misma que pueden datar del siglo XVII.
—Esta era la razón por la que me estabas esperando —susurra.
—Tanto el padre Nico como yo hemos probado todas las llaves. Ninguna abre esta puerta. Una sola cerradura, imposible de forzar sin destrozar lo que hay al otro lado.
—No entiendo por qué dices eso.
—Lo pone ahí.
Chiara señala con el dedo la última línea de las seis que componen el acertijo:
—Evita el riesgo, contacta con el guardián —lee Valle en voz alta.
Luego, lee el resto—: Gira el signo que no es letra ni número, mira su reflejo donde el tiempo es espejo; cuenta puntas, quita la V que guarda silencio, añade el centro que nunca cambia de lugar, lee en voz baja y la cerradura dirá su secreto.
Camina a lo largo de la pared, localizando símbolos, como la V, que puede ver enseguida. Busca las puntas de una estrella… Niega con la cabeza.
—No creo que busquemos una llave. Si de verdad esta puerta tiene tantos años como parece, en el caso de que pueda haber un sistema que destruya lo que se oculta en la estancia…
No… Esa puerta no debería abrirse. Estamos hablando del siglo XVII, he visto demasiadas cosas, pero ninguna que justifique un sistema autodestructivo que se active solo forzando una puerta.
Sin embargo, he leído mucho sobre esa técnica.
Si ese sistema está instalado, sea como sea todo desaparecerá.
Vuelve a caminar por delante de los dibujos, leyendo una y otra vez el acertijo.
—La estrella, el objeto que no es un número ni una letra.
Colocada en la parte superior izquierda.
Esta moldura… —Pasa el dedo sobre ella y el yeso se deshace, cayendo al suelo.
Desliza los dedos y llega hasta otra figura—.
El espejo, apenas lo parece, es un círculo pequeño, la mitad sombreada, Chiara, tienes que verlo.
—Lo veo.
—Acércate más.
Cuando la italiana está lo suficientemente cerca, Valle le susurra que encienda el móvil.
—¡Silencio! —grita el sacerdote—. Dame tu móvil —ordena.
—¡No lo tengo! Pero no hay cobertura… —grita Chiara, el sacerdote rebusca en los bolsillos y de un tirón la aparta de la pared—. Lo veo, Valle, lo veo.
—Bien. —La mente de Valle busca alternativas, sabe que las matará cuando le revelen lo que tanto desea.
Toca la estrella, la hace girar ligeramente en su imaginación, la sombra de sus puntas se proyecta hacia el centro, en dirección al espejo, que vuelve a tocar.
Recorre con la vista los símbolos que lo rodean, traza una línea recta en su imaginación desde la estrella hacia este símbolo central, obviando la V que queda en medio de los dos.
Imagina que se proyecta, así que camina en línea recta hacia la pared lateral izquierda desde la entrada.
—Nudo —dice en voz alta, embargada por la idea de que al decir esa palabra una puerta mágica se abra.
Pero no ocurre nada.
—El centro, un pequeño círculo —piensa en voz alta, buscando en la pared en la que se encuentra ahora.
Hay símbolos decorativos como cruces o figuras geométricas salpicadas por la superficie.
Apenas cinco o seis, logra ver. Encuentra entre el yeso un pequeño saliente, la superficie redondeada de una piedra sobresale ligeramente y ella lo araña alrededor para dejarla al descubierto.
Valle ha dejado a la vista la piedra y toca ahora alrededor de ella, se agacha y logra encontrar una zona más débil, una capa de yeso entre el símbolo del centro y la base de la pared. Al golpearla con los nudillos, el material cae y deja al descubierto el fragmento de una puerta metálica.
Chiara y el sacerdote, que se han mantenido expectantes a apenas un metro de Valle, dan un paso adelante justo cuando fuera de la estancia se escuchan pasos y murmullos acercándose.
Valle mira al sacerdote, que sonríe.
—Tranquila, esperamos visita.
Al otro lado de la puerta, en la zona más clara, puede apreciar dos figuras masculinas. Valle reconoce al individuo que las seguía y a… Erik.