El secreto de Olimpia CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El sacerdote se quita las pantuflas y se calza sin agacharse unas zapatillas de deporte con cordones elásticos. Estira la mano libre para coger un abrigo, que se echa sobre los hombros antes de cerrar la puerta.

—Venga, andando —ordena con marcado acento argentino.

Valle mira a Chiara, que está tan sorprendida como ella.

Si le dijeran que todo es una broma, se lo creería.

Sin embargo, el padre Nico se desenvuelve con una jovialidad y determinación inusuales.

Extrae del bolsillo de la bata granate un móvil con tapa, que abre con un solo dedo de la mano de la pistola.

Marca una tecla y se lo pone a la oreja.

—¡He dicho que andando! —repite señalando hacia la verja con la pistola.

El botón de apertura se encuentra en un pilar cercano a la salida.

Chiara lo conoce y lo presiona. Antes de que la puerta se abra, Valle se gira de nuevo, de un solo vistazo, la imagen del padre Nico en batín y deportivas quiere provocarle una risa que corta de raíz la pistola que sostiene en la mano.

Para estar esperándolas, no estaba muy preparado. Aunque parece no importarle.

—Las tengo. Te espero donde siempre.

Es la confirmación de que todo va mal. No solo la Iglesia estaba implicada. No solo Isaac y Matteo conocían los secretos de Chiara. También ese sacerdote. Desconfía de ella, pero la duda se disipa de alguna forma cuando ve que el padre Nico también apunta a su amiga.

—Padre Nico… —pide Chiara.

—No fuiste capaz de terminar el trabajo.

—Usted no es así… Usted…

El padre Nico le da un golpe en el hombro con la punta de la pistola para que continúe andando, se pega a ella apoyando el cañón en la espalda de Chiara, que sigue caminando ya en la calle.

—Yo no te habría asesinado sin antes dejar que acabaras lo que empezaste. En eso tienes razón. Pero a quien he llamado, sí. Ambos formamos parte de un gran grupo de personas que protegen la historia de insensatas como tú.

—Un grupo de personas… de la Iglesia —indica Valle, prudente.

—Una fundación muy importante formada por quienes deseamos preservar el arte de la forma más natural posible, acorde a la representación de los principios de la Iglesia, favorecedora de estos encargos.

—Lo que había descubierto… Padre Nico, asesinó a Valentina…

—No, ya te he dicho que no fui yo. La persona que ordenó su muerte conoce todos los secretos y los protege de otras personas. Yo quiero que me reveles todos esos secretos. Te acompañé por las galerías del Vaticano…

—Valle, no tenía otra opción. Él tenía las llaves… —Chiara la mira suplicante—. Sé que he sido muy imprudente, lo sé, entiendo que me veas así, pero era lo única forma de…

—¡Silencio! —El padre Nico aprieta el cañón de la pistola contra el omóplato de Chiara, que grita de dolor. —Sabíamos que llegaríais hasta aquí, había una persona siguiéndoos y no os habéis dado cuenta.

Caminan por una calle repleta de turistas. Valle recuerda al tipo del que se han ocultado hace apenas veinte minutos, el padre Nico las estaba esperando. Piensa en hacer algo que las pueda salvar, pero el arma apuntando a su amiga tan de cerca le hace desistir.

Apenas unos metros más adelante se pueden ver las columnas de la plaza de San Pedro.

Cuando están llegando, Chiara vira su paso hacia una calle lateral, sin que el padre Nico le diga nada ni corrija su dirección.

Dos miembros de la Guardia Suiza los saludan, es obvio que los reconocen.

El padre ha escondido su pistola bajo el batín y se aproxima a la espalda de Valle.

—Entonces —comenta Chiara unos metros más adelante, en un intento por entender y hacer ver a Valle lo que está ocurriendo—. Usted tenía interés, no de la forma me hizo ver. Esa no es su forma de ser, padre, siempre colaboró conmigo de forma amable, nunca me pidió ninguna explicación…

—Eres una ignorante. No te pedí explicaciones porque yo estaba allí contigo y con Valentina.

No me hizo falta preguntar nada. Me tratabas como si no existiera.

Como si fuera un objeto sin voluntad. Me buscabas, te abría la puerta a los pasadizos y me dejabas allí, sin volverme a hablar hasta que necesitabas algo más, como si fuera un mayordomo a tu servicio. Como si estuviera sordo y ciego.

El padre Nico se ríe exageradamente y Valle se sobresalta. Están en una calle poco concurrida, en un lateral de la basílica, y el eco de su voz se amplifica.

—Solo quería demostrar que la muerte de Borromini no fue un suicidio.

—No… Chiara, querida Chiara. Tu ambición iba mucho más allá.

El silencio de la italiana corrobora las palabras del sacerdote. Al final de la calle por la que transitan se aprecia una puerta pequeña de madera, una puerta sencilla que da acceso a la grandiosidad de la basílica y sus dependencias.

El padre Nico abre la puerta con sigilo y las hace entrar; no la cierra después de pasar.

Caminan por un pasillo estrecho, sin decorar, hasta otra puerta, donde el sacerdote realiza la misma acción.

Esa entrada da acceso a unas escaleras protegidas por una verja cerrada con una cadena con candado.

También abre y la deja abierta. Valle se inquieta, es obvio que esperan a alguien y las pocas esperanzas que tenía sobre poder atacar al anciano se desvanecen.

No es fuerte, pero es listo, no les da la espalda y la pistola las apunta todo el tiempo.

No hay movimiento, por rápido que fuera, que se pueda realizar sin causar un accidente.

Pese a haber recorrido el Vaticano en muchas ocasiones, jamás había visto esa puerta, que parece más una entrada de servicio que un acceso formal, ni había recorrido ninguno de los pasillos por los que transitan ahora.

Después de bajar las escaleras la humedad se ha condensado y el aire es espeso.

Valle se transporta en el tiempo, sabe que esas paredes tienen cientos de años, e imagina a Olimpia pisando el mismo suelo cementoso por el que ahora ella camina, con la diferencia de que la iluminación ahora son unas modernas lámparas de emergencia de LED azulado.

Chiara camina en primer lugar ahora, debido a la estrechez de la galería, y es ella quien lleva la pistola a la espalda.

Al final del pasaje hay una bifurcación y la italiana no duda.

Sin embargo, después de unos metros, otras dos puertas y dos bifurcaciones más, duda de si ella sería capaz de volver a la salida.

Al fin, Chiara se detiene.

Están ante una puerta de hierro oxidado protegida por cuatro cerraduras.

El espacio es pequeño y el padre Nico se abre paso entre ellas para ponerse en primer lugar, tomando la precaución de quedarse de lado.

Aun así, la lucha de su mano izquierda por abrir la segunda cerradura le hace exclamar indignado.

Valle cree que es el momento y se prepara para atacar.

Veloz, da un paso al frente con las manos por delante para desarmar a su captor, pero el sacerdote la detiene poniéndole la pistola en la frente.