OLIMPIA
Hace dos días que tengo en mis manos el móvil de tía Valle, desbloqueado.
He curioseado en sus últimos mensajes, descubriendo que habló con Paolo días antes de su muerte.
No ponía demasiado, pues se llamaron por teléfono.
Solo un breve: «Tenemos que hablar, ha sucedido algo relacionado con la muerte de Valentina. »
El informe de la autopsia de mi tía revela que consumió anfetaminas días antes de su muerte y que pudieron ser la causa del infarto. Es evidente, aunque solo para mí, que la asesinaron. Ella no tomaba drogas. Imposible.
Dovela se desliza entre mis piernas cada vez que me ve pensativa, sentada en el sillón, con el manuscrito sobre el regazo y el mentón apoyado en la mano.
Sé que mi tía hablaba con ella. Y sé que tiene todas las respuestas.
Me quedo mirando sus ojos claros, intentando entender lo que quiere expresar sin palabras.
Estoy llegando al final del manuscrito, la impaciencia me puede, quiero ojear lo que me queda y descubrir quién es el asesino, pero algo me dice que es mejor que lo lea en el orden indicado, quizás las respuestas no estén solo en el quién.
Y esas respuestas están a punto de llegar.