El secreto de Olimpia CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El aire de la noche es frío fuera del subterráneo. Valle se encuentra dentro de una ambulancia cuando un coche de policía se marcha con Erik y su matón en el interior. Cavellini está junto a ella. Ambos pueden escuchar los gritos amenazadores del cónsul y sus lamentos por la pérdida.

—Espero que su decisión haya sido la correcta —le dice.

—Lo es. Me preocupan sus hombres.

—Ellos piensan que ese cuaderno lo traías tú. Un capitán de policía no miente. —Le guiña un ojo.

—Erik no es el único que me preocupa.

—¿Qué quieres decir?

—Ha repetido una cosa.

Cavellini aspira el cigarro.

—Que él no decide nada.

—¿Ha dicho eso?

—Algo así. Cada vez que le preguntaba quién había ordenado determinadas cosas, respondía lo mismo.

—¿Qué?

—«No me corresponde hablar de eso».

Cuando la médica le indica que todo está en orden ella se levanta y camina hacia una zona despejada de gente.

—Los cuadernos se han destruido. Eso es lo que tenemos que hacer creer a Erik. Es el único que me preocupa.

—He procurado que nos viera salir sin nada en las manos. El incendio que hemos provocado lo ha convencido.

—Por ese lado, no habrá ningún hilo del que tirar. Sabe que conozco lo que escondía la habitación secreta, pero debe pensar que todo ha sido destruido. Soy el único cabo suelto. Y Chiara, cuando se recupere… La fundación de Erik es la que lo maneja todo. Eso es lo que tiene que investigar usted.

—Si ese cuaderno era tan valioso, no entiendo cómo has dejado que lo devore las llamas.

—Esa cuestión me perseguirá el resto de mi vida.

—Piensa en explicarle que ha podido ver los experimentos, que en realidad descubrir al mundo lo que Olimpia hacía sería importante, alteraría la forma de contar la historia.

Pero no habla. Es mejor que el secreto quede a salvo.

—No entiendo cómo llegó hasta nosotros, pero algunas verdades pertenecen a quienes las vivieron.

—Extraña frase para una historiadora del arte.

Valle inclina la cabeza, mira el suelo empedrado y sus ojos se humedecen. Se da cuenta de que ahora ella forma parte de la historia, de una que no se contará en los libros, además de haber ocultado una información importante a la humanidad.

—Tu amiga encendió el móvil antes de descender las escaleras.

Teníamos tu número interceptado. El detenido por la muerte de Isaac Arlandis nos dio la pista.

Los vio en San Carlo. Era imprescindible encontrarla a usted y a Paolo.

Pero cuando lo interrogamos a él, no nos pudo decir dónde os encontrabais, salvo esa iglesia.

Sabíamos que tú seguirías buscando hasta llegar al final.

—Debo preguntarle si han recuperado las reliquias.

—Estamos en ello. Hemos pedido el registro del domicilio de Ilaria y el cónsul.

—No creo que estén allí.

—Igualmente, trataremos de localizarlas. De todas formas, no entiendo que te preocupe tanto, cuando has decidido ocultar el resultado de la búsqueda.

Ella sonríe a medias.

—Casi mejor que no las encuentren. Las preguntas seguirían dando vueltas en la cabeza de alguien que trataría de descubrir la verdad.

—Algo que nunca sucederá, igualmente.

—Exacto.

Un coche de la embajada llega al lugar. Valle lo reconoce justo antes de que Ilaria y Paolo bajen de él.

—¡Estás bien! —dice la diplomática.

—Lo estoy. Espero que no hayas tenido muchos problemas. Siento no haberte podido contar nada. Lamento que Erik te traicionara de esa forma. Siento que hayas vivido todo esto.

—Ha sido un golpe duro, Valle. Pero quizás sea la forma de emprender un nuevo comienzo. La embajadora entenderá que todo fue culpa de Erik… —Mira a Cavellini—. Yo no hice nada malo…

Valle percibe en su tono la mentira y le pone la mano sobre el hombro.

—Lo sé.

Ambas se giran hacia Cavellini, haciéndole sentir incómodo. Después de cabecear y soltar un improperio, las deja solas.

—¿Chiara…?

—Lo siento muchísimo… Erik se volvió loco. Está en una ambulancia de camino al hospital, muy grave.

Ilaria abraza a Valle dejando caer todo el peso de su cuerpo. Paolo se acerca a ellas y sonríe a la española en un gesto empático.

—También Chiara perdió la cabeza —expresa con una mezcla de tristeza y enfado la italiana al separarse para mirarla a los ojos.

—Cometió muchos errores en la búsqueda de la verdad, pero estoy viva gracias a ella.

—También yo he cometido errores. No te puedo engañar, Valle. Ya no. Conocía lo que hacía Erik.

—Él me ha hablado todo el rato de que seguía órdenes.

Ilaria baja la mirada y traga saliva. Sus labios se despegan cuando vuelve a levantar los ojos, pero no llega a decir nada porque Cavellini se les acerca de nuevo.

—Lo más difícil fue encontrarlas en esos túneles… —afirma el capitán.

—¿Qué había ahí dentro que era tan importante? —pregunta Ilaria.

Valle piensa antes de responder. Cavellini la mira inquisitivamente mientras enciende otro cigarro que le provoca una tos que le hace alejarse.

—Nada, Ilaria. Experimentos sin sentido. Nada valía la pena. Tantas muertes no justifican lo que Chiara quiso encontrar.