CAPÍTULO 34
La via Borgo Vittorio continúa desierta salvo por las dos amigas y la figura que, al caminar hacia ellas, pueden vislumbrar, aunque no distinguen su rostro ni su aspecto les hace reconocerla.
Se mantienen en silencio, agazapadas en el estrecho zaguán.
—Agáchate —susurra Chiara—, debemos escondernos tras los coches.
Guiadas por el sonido sordo y casi imperceptible de los pasos sobre los adoquines, se ocultan tras el Fiat Panda blanco aparcado frente a ellas.
Esperan hasta que la figura pasa, observando encogidas.
Antes de la esquina, se detiene y hace un barrido de la calle con la mirada, después, sigue su marcha hasta desaparecer.
—No lo he podido ver —dice Valle enderezándose.
—No sé. Era un hombre. —Chiara sigue agachada, observando hacia el final de la calle, donde puede entrever la fachada de la Chiesa di Sant'Egidio a Borgo. Se pone de pie y saca el móvil del bolsillo.
—Puede que ni siquiera nos busque a nosotras.
—En este lado de la calle no hay portales.
Le da el móvil a Valle, que busca el contacto de Ilaria para llamarla. Pone el manos libres y, después de tres tonos, se oye la voz dulce de la diplomática.
—¡Valle!
—Ilaria, he visto que te han dejado libre.
—Sí. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? Paolo me ha dicho que no tenías teléfono…
—¿Está ahí Paolo?
—Sí, vino a casa hace un rato. Me ha dicho que estaba contigo y con Chiara y que ha salido a fumar. Cuando ha vuelto no estabais.
Valle guarda silencio. Cruza una mirada con Chiara, que niega con la cabeza.
—Te han dejado libre, me alegro muchísimo. Solo quería decirte que estoy bien. Estamos bien. Vamos a aclarar todo esto. Confía en mí.
—Erik vino con nuestro abogado. Gracias a él me han liberado.
No han podido demostrar nada. La caja fuerte…
Yo no di el número, pueden haberla desbloqueado de otra forma.
Eso piensan. Es cierto que recibí una llamada desde la embajada, desde mi despacho.
Pero no escuché a nadie al otro lado. Colgaron en menos de un minuto.
Fue anoche, cuando entraron en casa. Poco antes de que llegara Cavellini.
He intentado recordar el momento exacto en el orden de lo que ocurrió, pienso que fue cuando estaba sonando la alarma, porque tardé más en colgar porque no escuchaba nada.
Quien realizara esa llamada, lo hizo para incriminarme.
—No he dudado de ti ni un solo momento.
—Ha sido todo tan difícil… Es posible que pierda mi puesto en la embajada… Hay personas con mucha influencia detrás de todo esto… La policía detuvo a la persona que disparó al restaurador y sigue la pista de una fundación internacional…
Entre las palabras de Ilaria se puede escuchar el susurro de una voz grave.
—Ilaria, ¿estás sola? —pregunta Valle, alarmada porque Cavellini pueda estar al otro lado.
—No… Estoy en casa con Paolo y Erik, no me han querido dejar sola después de lo ocurrido. ¿Dónde estás?
Chiara le arrebata el móvil y cuelga. Valle la mira sorprendida.
—¿Por qué…?
—No deja de preguntarte dónde estás. Algo no va bien. Lo intuyo. Debemos irnos.
El móvil suena con notificaciones de llamadas y mensajes.
—Entiendo que no confíes en nadie, pero es Ilaria, ella es nuestra amiga, hace años que la conocemos…
—No está sola.
—Paolo… Erik… ¿Crees que ellos pueden tener algo que ver?
—Según lo que pienso, muchas personas pueden estar implicadas. Ella misma te lo ha dicho.
—No es justo. Tú confiaste en personas que posiblemente te hayan traicionado, pero no por ello debes desconfiar de todo el mundo. ¿Qué es lo que crees? Porque hasta ahora no me has dicho nada, solo que no crees que sea la Iglesia.
—Pienso que puede haber detrás una organización con siglos de antigüedad. Por favor, vamos a entrar, tenemos que encontrar lo que Olimpia nos dejó.
Valle la mira desconcertada. Le tiende la mano para que le devuelva el móvil.
—Es una idea descabellada. No hemos hecho nada malo. Si contamos todo a la policía, ellos se encargarán. No podemos seguir con esto. ¿Qué plan tienes? ¿Por qué va a ser un acierto seguir adelante?
Se pasea inquieta por la acera. La mayoría de los mensajes y llamadas son de Ilaria y Claire. Uno de ellos le preocupa mucho.
—Claire está en peligro —dice al leerlo—. Siente que la están persiguiendo. Es de ayer. —Sigue leyendo—. La han amenazado… Le dicen que me llame y me diga que devuelva el cuaderno… ¡Chiara! ¿Cómo pueden saber…? Debo llamarla.
—Debemos apagar el móvil, si la policía ha…
—Voy a llamar.
Valle selecciona el contacto de Claire y se mueve inquieta en círculos. Cuando al fin contestan al otro lado, no es la voz de Claire la que escucha.
—¿Valle?
—Sí… ¿Quién es?
—Valle, soy Sophie, la hija de Claire. No me conoces, ella me ha hablado mucho de ti.
—Sí, a mí también…
—Está muerta, Valle —solloza al otro lado—. La han asesinado.