CAPÍTULO 33
El pasillo que lleva de la sacristía al convento es una pieza cargada de intención simbólica: un umbral entre lo sagrado y lo cotidiano.
La bóveda de cañón ligeramente recurvada sobre las paredes que presentan nichos da ritmo al recorrido.
Las pequeñas ventanas altas mantienen el juego de luces y sombras.
La decoración en el estuco blanco es mínima, pero la relación entre altura y anchura crea una sensación de continuidad fluida.
Se mueven con rapidez sigilosa, procurando que las pisadas pasen desapercibidas en el vacío del espacio.
En un momento dado, Valle busca la mano de Chiara, sobrecogida por el miedo, con la otra, se ajusta la capucha.
Cuando llegan a la puerta de acceso, baja la cabeza, con el pensamiento de que alguien al otro lado pueda descubrirlas.
Sin embargo, cuando la puerta se abre, otra zona desocupada las recibe.
Poco antes de cerrar a su espalda, pueden escuchar las bisagras de la puerta anterior, lo que les hace acelerar el paso.
Chiara se mueve ahora con más rapidez, atenta a cualquier sonido.
A lo lejos pueden percibir el murmullo de los religiosos en el comedor, así como el sonido metálico de los cubiertos en los platos de porcelana.
La italiana mira a Valle y ambas asienten, tira de ella hasta un pasillo más austero y en unos pocos metros llegan a la puerta de acceso al convento desde una calle lateral.
Una entrada discreta que por fuera necesita llave.
—Ha sido demasiado sencillo —repone Valle, con el corazón encogido.
—Lo he hecho muchas veces.
—Alguien ha accedido al pasillo…
Sin terminar la frase, ya en la acera de enfrente y a unos diez metros de la entrada, la sencilla puerta de acceso se abre. Sale Paolo, que las busca. Ellas se agachan sin dejar de caminar, pero las ha visto.
—¡Valle!
Como movidas por un resorte se enderezan y corren a gran velocidad, pasan junto al coche oficial en el que el asistente y la historiadora llegaron a la zona.
A pocos metros tuercen en la esquina y se sueltan de la mano para acelerar el paso, que se convierte en una carrera de diez minutos, con giros que a Valle le parecen aleatorios, hasta que llegan a una parada de taxis.
Por suerte, hay dos en la fila y Chiara sube al primero.
Valle se gira y ve a Paolo llegando hasta donde ellas están, pero su amiga tira de ella y cae en el asiento.
Cierra la puerta con el pulso acelerado y el sudor le recorre la frente.
—Al Vaticano, grazie [59] —indica Chiara.
El taxista las mira con desconfianza por el retrovisor, la italiana le sonríe aparentando normalidad; después se pasa la mano por el pelo para ordenarlo y se pone el cinturón, que también se ajusta Valle.
En los casi veinte minutos de recorrido, que a la española se le hacen cortos, el silencio se hace incómodo.
Recuperan el resuello. Cuando entran a la via della Reconciliazione, Valle se levanta la túnica y se toca los bolsillos.
Encuentra en uno el cuaderno de tapas de cuero.
En el otro tiene su móvil, con la pantalla destrozada en negro.
—No llevo dinero.
Chiara le sonríe y le guiña un ojo, arremangando la vestimenta blanca, introduce la mano en el bolsillo de su gabardina y saca una cartera de piel.
A Valle le escama que su amiga lo tenga todo planeado, que nada de lo que han hecho parezca improvisado y que no haya querido salir en todo este tiempo y de pronto sea ella quien insista en ir hasta el Vaticano, con los riesgos que eso conlleva.
Aun así, decide seguir con el juego creyendo que lo que descubrirán justificará su decisión.
El taxista detiene el vehículo a las puertas de la plaza. Aunque son más de las diez de la noche, todavía hay turistas.
—¿Recuperaremos las reliquias? —pregunta Valle una vez han bajado.
—No es lo más importante ahora.
Se detienen ante las columnas de Bernini, y Valle desea que los brazos que simulan las acojan esta vez. Chiara reflexiona y finalmente se decide por la parte derecha.
—Llevar los hábitos, ¿nos ayudará a entrar? —observa Valle, que se siente extrañamente disfrazada—. Estaríamos menos expuestas.
—Puede.
Chiara no se detiene, camina con determinación hasta el pórtico por el que se cruza la muralla hacia la piazza della Città Leonina y continúa bordeando el perímetro de la basílica.
Valle la sigue sin dejar de mirar a todos lados, obsesionada de pronto con la sospecha de que las puedan estar siguiendo.
Tanto las tiendas de souvenirs como las cafeterías están abiertas, son algo más de las diez de la noche.
—¿Vamos a entrar por la Capilla Sixtina?
Chiara se gira y le guiña un ojo.
—Tengo un plan que espero que sea mejor.
El ritmo de la marcha es casi frenético, pero a Valle le llama la atención la columna de diferentes periódicos expuestos en una de las tiendas.
—¡Espera!
Se desvía del recorrido de Chiara, que se detiene un metro más adelante. Se acerca a los periódicos y, al ver que la italiana no se mueve, la llama con un gesto de la mano.
—Mira —le indica cuando ya está a su lado. Señala una de las portadas y después las demás.
—¡Han puesto en libertad a Ilaria!
—¡Sí! Me tranquiliza mucho, yo sé que ella es de fiar. Aquí pone que, aparte de la llamada que pudo favorecer el robo en la caja fuerte, no hay pruebas de que ella esté implicada en el asesinato de Valentina.
—Sí. Espero que haya desvelado a quién le dio el código y por qué. Y que han detenido a la persona que disparó a Isaac, que ha muerto.
Valle baja la mirada cuando un escalofrío amargo recorre su cuerpo. El recuerdo de los disparos y del cadáver del restaurador en el suelo le hace tragar saliva.
—Debemos irnos, Valle.
—Me gustaría llamarla. Pero mi teléfono no funciona. ¿Crees que podré comprar uno en estas tiendas? ¿Tienes suficiente dinero?
Chiara asiente y se tantea la gabardina. Mira con firmeza a Valle y la coge de la mano.
—Ven.
Busca una calle menos transitada desde via Borgo Pio, en la que McDonald’s favorece la afluencia de personas a esas horas, y se detiene en una zona poco iluminada de la via Borgo Vittorio, donde los turistas no encuentran en ese horario ningún comercio que les atraiga.
Observa a su alrededor para constatar que están solas.
Levanta la túnica y extrae un móvil apagado del bolsillo.
—¿Tenías un teléfono todo este tiempo?
—Lo apagué en la salida que hice a Sant’Ivo. Era la única forma de que no me pudieran localizar.
—¿Quién? ¿La policía? —pregunta Valle con desconfianza.
—Cualquiera. No sabemos quién es el autor de la muerte de Valentina, que en realidad buscaba la mía. No conocemos el alcance de su poder. Date cuenta de que han logrado entrar en la embajada y robar el cofre. Incluso conocían que esas reliquias estaban ahí. Piensa. ¿Cómo podía ser?
—En eso tienes razón. Solo Paolo, Ilaria y yo conocíamos el lugar en el que las habíamos dejado —repone Valle con tristeza.
Chiara se dispone a encender el móvil, pero Valle pone la mano sobre la suya.
—Será mejor que no lo enciendas con tu número si, según lo que dices, te pueden localizar. —Saca su móvil roto y con el enganche del pendiente abre la ranura de las tarjetas. Saca la SIM y hace lo mismo en el de Chiara para meter la suya.
—Es buena idea, aunque posiblemente tu móvil también esté interceptado, y más si has estado en contacto con la policía.
—Sí. Es absurdo porque no he hecho nada, pero tanto Paolo como yo estamos relacionados de alguna manera con el robo de la embajada. Esperemos que no lleguen a localizarnos.
Cuando al fin se enciende el móvil, Chiara se lo arrebata de las manos a Valle y lo bloquea escondiéndolo después a su espalda. Tira de ella hasta un portal.
Con un gesto del índice en los labios, la manda guardar silencio, después señala al principio de la calle, en la acera contraria. Valle ahoga un grito. La silueta de una figura en la zona iluminada la hace estremecer.