El secreto de Olimpia CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

En el dibujo se pueden apreciar, rodeándolo de forma sutil, cuatro grandes columnas de aspecto robusto y geométrico. Sobre ellas se puede apreciar una inscripción, apenas son unas letras encima de los arcos sobre los que descansan los pilares.

—San Pedro —dice Valle embelesada.

—Eso es. Son los cuatro pilares que soportan la cúpula del Vaticano.

—Los había confundido con la planta de esta iglesia.

—Pero ya sabes que…

—Es una asociación bastante burda. Me extraña que en aquella época lo tuvieran asumido.

—La iglesia de San Carlino cabe entre los pilares que sostienen la cúpula.

Es una asociación que se hace como ejemplo didáctico clásico para explicar la escala engañosa de Borromini, pues hace que un espacio pequeño parezca complejo y monumental; el contraste con la arquitectura oficial y grandiosa de Roma y la capacidad del Barroco para impresionar sin necesidad de tamaño.

Debemos ir a San Pedro. Olimpia quiere decirnos algo.

Ella dejó este dibujo para que alguien lo encontrara.

Alguien que pudiera entender todo lo que ya hemos descubierto. Para nosotras.

—Podría haberlo encontrado cualquiera.

—No… Cualquiera no. Lo que tú misma has comprobado al sentir vértigos…

—Tuve un recuerdo que es recurrente en mí. Pero esta vez lo vi de otra manera… Fue clarividente.

—Lo sé. Depende de muchos factores que alguien experimente esa alteración. Si no lo hubieras percibido no entenderías nada de lo que estamos hablando. Es posible que en San Pedro encontremos la prueba definitiva.

—O es posible que no haya nada. O que lo que haya no demuestre lo que piensas. O sí. De todas formas… ¿De qué serviría?

—Para contárselo al mundo. Es grandioso, Valle. Es ciencia muy avanzada en una época en la que ni siquiera se podía intuir que la mente estuviera en el cerebro, mucho menos que a través de los sentidos se pudieran trastornar los pensamientos o los recuerdos.

—¿Aunque nos pueda costar la vida?

—Somos historiadoras, Valle, nacimos para esto.

—Sí —responde sonriendo, sobrecogida por una extraña y envolvente sensación de fortuna y gratitud—. Eso es cierto.

—Las construcciones de Francesco Borromini buscaban evocar estados de alteración mental.

No construía pensando en acercar a los fieles a la fe, aunque es posible que también, o que en un principio sí lo hiciera.

Edificaba buscando algo tan moderno como lograr que la percepción humana se viera modificada y conectara, a través de la visión de su obra, con la mente, más concretamente, con el subconsciente.

—Es magnífico.

—Esa es la palabra exacta. Ten en cuenta que sus contemporáneos no lograron acercarse ni siquiera remotamente a esto.

Incluso, hoy en día, con el avance de la tecnología, sería una completa locura pensar en que de forma intencionada alguien pudiera inducir, a través de la visión de formas arquitectónicas, un estado de trance.

—Bueno, la hipnosis…

—En el siglo XVII, Descartes propuso que el cuerpo funcionaba como una máquina y el cerebro controlaba el movimiento a través de espíritus animales.

A finales del siglo XVIII, es decir, unos cien años después de esto —Chiara señala la pared haciendo un círculo imaginario con su índice— se descubrieron los nervios como conductores de señales eléctricas.

El nacimiento de la neurociencia moderna se data en el siglo XIX porque fue cuando Gall desarrolló la frenología, una idea equivocada, pero pionera en relacionar funciones mentales con zonas del cerebro.

Y en 1861 Broca descubrió que una lesión en una zona específica del cerebro causaba problemas en el habla, mostrando la localización funcional.

—Te entiendo, sé lo grandioso que es, de verdad.

—Valle. Yo no tenía pensado salir de mi escondite en un tiempo. Pero sé que debo hacerlo. Creo que no podemos confiar en Paolo. ¿Dónde está? Es posible que en este momento nos esté delatando.

—Yo confiaba en él…

—Creo que las dos sabemos que no podemos confiar en nadie. Posiblemente la muestra más clara de ello la haya provocado yo misma con mi confianza en Matteo. Debemos marcharnos.

Valle asiente y Chiara coge del montón de sus cosas una gabardina.

Después camina hacia las escaleras con la lámpara a un lado, para que ambas puedan ver el suelo.

Sube despacio y escucha con atención. No se oye nada, así que sigue adelante, dejando la iluminación en el suelo del altar para poder salir del cubículo.

Cuando Valle hace lo mismo, aprecia, ahora con más luz, el espacio de la cripta.

Chiara coge la piedra para moverla hasta su sitio, pero Valle le pone una mano sobre las suyas.

—Mejor no. Si piensa que estamos dentro, perderá más tiempo.

—No lo puedo dejar abierto, Valle. Si lo dejo abierto cualquiera lo podrá descubrir.

—Lo harán igualmente si Paolo es culpable de lo que le acusas.

—No lo voy a dejar abierto.

Mueve la piedra con decisión hasta dejarla completamente centrada sobre las verticales. Toma de nuevo la lámpara y camina despacio hasta las escaleras que suben a la iglesia. Se detiene de nuevo para escuchar. Al no oír nada, sube con decisión.

La entrada al distribuidor que separa la iglesia de la sacristía y la cripta está abierta, Valle recuerda que, cuando Paolo y ella accedieron, cerraron tras ellos, lo que quiere decir que Paolo ha salido.

Y que tiene la intención de volver. Siente remordimientos y confusión, no le gusta pensar mal de nadie, pero nunca se había visto en una situación así.

—Vayamos a la sacristía —susurra Chiara—, hay una puerta que lleva al convento.

Dan un par de pasos desde el final de las escaleras de la cripta hasta la sacristía.

Mientras Chiara gira el pomo de la puerta, un ruido de bisagras las sobrecoge.

El eco se desliza por las ondulaciones como si fuera una lengua, reproduciendo el sonido una y otra vez hasta que se apaga.

Se han quedado quietas, paralizadas por el miedo, atentas a cualquier otro ruido que les indique la procedencia del primero y si el peligro acecha.

El silencio se apodera del templo y Chiara gira el pomo y entra con decisión.

Cuando Valle lo hace, cierra a su espalda.

La sacristía de San Carlo alle Quattro Fontane no es un simple cuarto utilitario; es un espacio octogonal con ángulos cóncavos, cubierto por una cúpula decorada con casetones geométricos.

Es un espacio luminoso, blanco y armónico.

—Si vamos a hacer esto —aclara la española—, tenemos que hacerlo bien. No podemos presentarnos en el convento y que nos descubran allí. ¡Somos dos mujeres!

—Calma, Valle. Me he colado algunas veces, ¿de dónde crees que he sacado la comida y el agua? Es tarde —mira su reloj—, pasan de las nueve y media, es muy posible que estén en el comedor.

Camina hacia un armario oscuro al fondo de la estancia.

Lo abre y deja al descubierto varios hábitos y vestimentas para la misa.

Toma entre las manos dos túnicas blancas largas, dos escapularios, dos cíngulos y dos capuchas blancas.

Hace dos montones sobre un diván y comienza a vestirse colocando sobre su ropa las piezas en el orden y forma que lo haría un trinitario.

El cuerpo de Chiara dobla su volumen con la túnica sobre la gabardina, a Valle le hace parecer también un par de tallas más grande la chaqueta de punto cubierta por la prenda religiosa.

Valle sigue dudando, pero no se le ocurre otra forma. Si las descubren, todo habrá terminado. Por un momento lo desea. Esa idea no le parece tan atroz. Pensar en Cavellini atendiendo a sus explicaciones sin comprender la importancia de los hallazgos le quita la momentánea ilusión.

El ruido de la puerta que separa la iglesia de la zona de la sacristía y las escaleras de la cripta se escucha esta vez de forma nítida y clara.

También el pestillo al girar la llave. Incluso la piedra del mechero y los pasos de Paolo encaminándose hacia los escalones.

En algún momento llega hasta Valle el aroma dulzón de los cigarrillos de Paolo.

«Puede que solo estuviera fumando», piensa con el corazón encogido por el sentimiento de traición.

—¡Tenemos que darnos prisa! —pide Chiara atándose con fuerza el cordón a la fina cintura.

La puerta que lleva al convento está al final de la estancia, junto al armario, al otro lado queda el baño.

Valle piensa si estará cerrada con llave y después confía en que no lo estará.

Recuerda que Chiara tiene copia de las llaves.

Termina de vestirse y sigue a su amiga, que ya tiene la mano en el pomo de la puerta.

Justo antes de salir, se escucha el eco de la piedra de la cripta moviéndose, arrastrada por Paolo.

—¿Valle?

—¿Por qué te llama? No le ha dado tiempo de bajar. Solo ha movido el mármol.

—Se habrá dado cuenta de que hemos cerrado. Y de que no hay luz.