El secreto de Olimpia CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La pared en la que están las pinturas colinda con los cimientos de la iglesia. Chiara tiene ahora la mano puesta sobre la de la izquierda, donde ha localizado el origen de la reverberación. Les hace una señal.

En silencio absoluto, pueden escuchar prácticamente sobre ellos el eco de los pasos sobre el pavimento de adoquines del claustro.

Valle y Paolo se miran sin decir nada, Chiara apoya el rostro ladeado sobre la pared para escuchar mejor.

Poco después vuelve el silencio y se aparta del muro para regresar junto a ellos.

—En este lugar corremos peligro —dice Paolo—. Puede que no nos descubran nunca, o puede que en unos minutos aparezcan. No se sabe.

—¿Por qué huis de la policía? —pregunta Chiara.

—Resumiendo —responde Valle—, no nos fiamos de que estén abiertos a las explicaciones que les podamos dar.

Han detenido a Ilaria, lo que nos hace desconfiar.

Si nos acusan a nosotros también, no podríamos revelar la verdad.

Estaba segura de que las pistas que nos habías dejado para encontrar las reliquias y, en concreto, este cuaderno, nos llevarían al culpable…

Valle mira a su alrededor y baja la mirada. Chiara le pone una mano en la espalda.

—Y así pienso yo que será.

—Pero el cuaderno nos enviaba aquí. No entiendo muy bien… Quiero decir: hemos descubierto esto, es grandioso, pero ¿es la razón por la que asesinaron a Valentina?

—Eso es lo que parece. —Chiara se pone frente a Valle y la coge de las manos—. Hay a quien esto —señala la pared— no le interesa que se sepa.

—Pero ¿por qué?

—Según la historia, tú la conoces tan bien como yo, Borromini era muy religioso. En aquella época uno de los arquitectos encargados de dar forma a la ciudad en crecimiento no podía pretender activar procesos mentales en las personas que visitaban sus edificios.

—Hablas de neurociencia, cuyos orígenes se remontan a miles de años atrás. Hace más de cinco mil años los egipcios ya hablaban de las lesiones cerebrales y sus efectos en el cuerpo humano.

—Sí. Pero pensaban que el corazón, no el cerebro, era el centro del pensamiento y las emociones.

Si vas a seguir por ahí, sé perfectamente que la neurociencia como disciplina científica moderna nació hace poco más de un siglo.

Hasta llegar a ese punto, hemos atravesado una lenta evolución.

El funcionamiento de la mente humana se ha estudiado desde Grecia hasta el Renacimiento y, por supuesto, en el Barroco.

Sin embargo, hay un vacío en esta época.

—¿A qué te refieres?

—Matteo Conti, el neurocientífico que me ayudó con la investigación para el proyecto…

—¿Qué? —interrumpe Valle.

—Matteo, el…

—Te he oído. ¿Hablaste con un neurocientífico sobre esto? —Señala con la mirada los bosquejos de la pared.

Chiara mira hacia donde le indica.

—Bueno, no le conté esto en concreto. Le comenté que había realizado un hallazgo importante que podía estar relacionado con su campo.

Cuando va a responder, se da cuenta. Suelta las manos de Valle y da unos pasos alrededor de sí misma.

—Chiara, solo Valentina, Isaac y tú sabíais esto…

—Sí. Ni siquiera mi profesor tenía conocimiento exacto de lo que había descubierto.

—Pero sí ese neurocientífico. ¿Crees que podría estar él detrás de la muerte de Valentina? ¿Hubiera querido asesinarte?

—¡No! —Chiara baja la cabeza y se lleva los dedos a la frente. Piensa durante unos segundos—. Rotundamente no. En cualquier caso, su pensamiento sería favorable a que esto se descubriera.

—Quizás en un principio, cuando le comentaste qué estudiabas. ¿Y si hubiera querido atribuirse el mérito?

La iluminación de la lámpara flamea entre ellas. Chiara se siente abrumada por lo que Valle dice. Intenta recordar qué le contó exactamente a Matteo.

—Es cierto, podría ser. Estuvimos trabajando juntos unos meses. Nunca me lo pareció. Pero es posible. No le dije qué había encontrado, ni dónde.

—Pero tu proyecto es público, ¿verdad? Está subvencionado…

—Sí, bueno. Igualmente, sí le dije que mis preguntas se enfocaban a la obra de Borromini.

—Es posible que él esté detrás de todo esto.

Chiara mira hacia la pared. Se detiene unos segundos analizando las conversaciones que mantuvo con el neurocientífico.

—Bueno, podría ser —responde al final—. Sí le hablé de un hallazgo en la Galeria del Palazzo Spada.

Un documento antiguo que me había llevado a realizar varios descubrimientos.

—Incluso en la penumbra anaranjada, Valle puede ver que Chiara se sonroja—.

Salimos algunas veces. Estaba tan feliz por lo que había encontrado…

Algunas de nuestras conversaciones fueron entre copas.

Así que puede ser que le contara más de lo que recuerdo.

Es muy posible. Cuando volví a la Galleria Spada a poner el cofre para que lo encontrarais, después de que asesinaran a Valentina, ese documento ya no se encontraba allí.

Pero estoy segura de que no le nombré esta estancia.

Ni siquiera mi subconsciente me habría traicionado en eso.

El silencio se cierne como una bruma espesa.

—Necesito respirar —expresa Paolo de pronto—. Voy a salir.

Ellas lo miran con extrañeza, pero se ha dado la vuelta y está subiendo los escalones, apenas lo ven como una sombra negra que desaparece después del ruido fantasmagórico de una piedra de mármol deslizándose.

—¿Confías en él? —pregunta Chiara.

—Es amigo de Ilaria y un trabajador de la embajada.

—No te he preguntado eso.

—Sí, supongo que confío en él.

—Es la segunda vez que sale. Entre una y otra hemos oído movimiento ahí fuera.

—Nos están buscando, ese es el motivo por el que huimos. No conoces al capitán que está al mando de la investigación. Cavellini es… implacable.

—Seré clara. No me fío de él.

—Me ha salvado… ahí fuera. Me trajo hasta aquí…

Chiara se agacha y coge la lámpara, alumbra con ella la parte derecha de la pared.

—Este boceto, el último, el que corresponde a la misma época, pero que se realizó con otros pigmentos… —Valle asiente—. Pienso que Olimpia lo hizo años más tarde.

—Sí, es posible. No sé adónde quieres llegar.

—Es un dibujo de la planta de esta iglesia.

—Correcto —responde Valle, encogiéndose de hombros.

—Creo que es algo más.

Valle se acerca, desliza el dedo junto a las líneas.

—Llevo demasiado tiempo escondida aquí, entiendo que no lo veas. Fíjate bien.

La española mira el diseño con detenimiento. Coge la lámpara y la acerca.

—¿Qué son estas letr…? ¡Hala!

—Eso es.