El secreto de Olimpia CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El silencio en la línea telefónica y en la calle es estremecedor. Valle se siente abatida. La incomprensión y la desconfianza están haciendo mella en su voluntad. Lanza una mirada acusadora a Chiara, que la mira sorprendida.

—Sophie, lo siento mucho.

—Te intentó localizar. Muchas veces. La asesinaron ayer por la tarde. Me había transmitido su miedo y no pude hacer nada. No le hice caso… Era tan descabellado… Ayer por la mañana me llamó. Me dijo que le habían dado un mensaje para ti…

—¿Qué…? ¡Dime!

—Parece un mensaje en clave: «Hay ecos que duermen en la penumbra del ayer, y despertarlos sería tentar a los fantasmas que aún saben nuestro nombre».

Valle comprende. La certeza de que Chiara está en lo cierto, de que hay alguien que quiere impedir que siga adelante, la abruma.

—Lo siento mucho, Sophie. Debo colgar. Te llamo mañana. Tu madre era…

—Lo sé —llora.

—Era muy importante para mí.

Después de colgar, entrega el móvil a Chiara y se acuclilla en el suelo con la cabeza entre las manos. Siente angustia y una presión en el pecho que no la deja respirar. Las lágrimas se desbordan. La italiana apaga el móvil y se agacha a su lado.

—Debemos seguir adelante. Por Claire, por Valentina, por Isaac.

—Es todo tan inverosímil… No puedo continuar.

—Sí puedes. Ahora sabes que estamos en algo importante. No es un misterio absurdo. Por alguna razón, hay personas que no quieren que se descubra la verdad.

—¿Vale la pena arriesgar nuestras vidas? ¿Las de tantas personas?

—No los hemos asesinado nosotras, Valle.

—La búsqueda de esa verdad que tanto te importa es la razón.

—Si no vienes conmigo, iré sola.

—¿Cómo puedes decir eso? Hace apenas dos horas estabas escondida como una rata sin saber cuándo saldrías de ese agujero.

El silencio corta el espacio entre ambas. Chiara se pone en pie. Valle se levanta despacio.

—Lo siento. Solo intento comprender lo que ocurre.

Esto es demasiado. Claire está en Francia, ¡en Francia!

Estamos hablando de que alguien la ha asesinado después de dejarle un mensaje que bien podría ser para mí.

Es cierto que ella había recibido amenazas antes y que cuando Ilaria me avisó para que viniera, investigábamos sobre un hallazgo que reivindicaba interpretaciones laicas sobre el arte.

¿Dónde nos estamos metiendo? ¿Tan importante es descubrir que alguien asesinó a Borromini?

De pronto se detiene. Un pensamiento extraño cruza su cuerpo.

Los días en los que estuvo en Francia, cuando acudió a la llamada de Claire para ayudarla a descifrar la pintura y la escultura manchadas de sangre…

¿Puede que eso estuviera relacionado? Quienes asesinaron a Valentina debían estar al tanto de lo que ella y Chiara estaban descubriendo…

Sacude la cabeza. No, es una idea absurda.

—Como historiadora, como persona que ha dedicado su vida al arte y su estudio, al cuidado de su permanencia a lo largo de los siglos… ¿No crees que es nuestro cometido?

Valle respira hondo.

—Siempre he querido descubrir la verdad detrás de los misterios a los que me he enfrentado, pero jamás he estado tan presionada como ahora, con esta sensación de desasosiego todo el tiempo, entre las ganas de resolver el enigma y el miedo por hacerlo, esta coacción constante…

—Solo tienes que ser quien siempre has sido.

—Antes de dar un paso más necesito que me expliques cuál es tu plan.

Siento desconfiar de ti, pero es posible que por tu culpa haya ocurrido todo esto.

Y no me refiero al descubrimiento de un patrón en la obra de Borromini, ni a lo absurdo que me está pareciendo sospechar, a partir de un dibujo infantil, que hay algo extraordinario escondido en el Vaticano.

Me refiero a que tú confiaste en personas que pueden haber provocado esas muertes. Quiero estar segura antes de seguir.

—¿Ves esa iglesia? —señala la fachada al final de la calle, en la perpendicular a la que se encuentran.

—Chiesa parrocchiale di Sant'Anna dei Palafrenieri.

—Sí —responde Chiara mientras se desata el cordón que amarra la túnica a su cintura—. No es una iglesia cualquiera.

—No. Se considera la parroquia del papa.

—Exacto, fue sede de la primera misa pública del papa Francisco después de su elección.

—¿Y? —la apremia Valle, quitándose la túnica como hace Chiara, en un gesto de imitación espontáneo.

—Conozco al párroco.

—¿Y?

—Vamos, te lo cuento por el camino.

—Chiara… —dice Valle deteniéndose de golpe.

—Tiene las llaves de una entrada al Vaticano.

Solo entonces Valle la sigue. Chiara ha comenzado a andar hacia un contenedor de basura, donde tira el hábito y recoge el de la española para hacer lo mismo.

Continúan en silencio, Chiara marca con sus pasos la determinación; Valle piensa que, ocurra lo que ocurra, ya no hay vuelta atrás.

Entrar al Vaticano y descubrir si la sospecha de la italiana es cierta es la única alternativa.

Un resquicio de esperanza la invade y continúa, esta vez decidida, su marcha.

Envalentonadas, cruzan la calle y bordean el complejo eclesiástico, dejando a la derecha la iglesia.

Unos metros después, alcanzan la puerta, Chiara pulsa el botón iluminado con una pequeña luz led del videoportero.

Antes de que respondan, Chiara se gira hacia Valle y le guiña un ojo.

—Puedes estar tranquila. Esta noche vamos a realizar un descubrimiento importante. Lo sé.

La española la mira contrariada.

—No entiendo que estés tan segura.

—Lo estoy porque me había acercado mucho. Demasiado. Por eso quisieron matarme. Valle, yo ya he estado en los túneles subterráneos del Vaticano, a las puertas de descubrir lo que Olimpia escondió con tanto cuidado.

Una voz grave responde un «buenas noches», Valle percibe en el tono seco lo poco cortés que le resulta la visita a esas horas de la noche; sin embargo, el chasquido de la cerradura electrónica de la verja les abre paso.

—Valle. No pude seguir porque no supe descifrar el enigma.

Cuando la española abre la boca para responder una puerta de madera oscura muy ornamentada se abre ante ellas.

Al otro lado, el sacerdote, un anciano de pelo blanco abundante, ataviado con un elegante pijama cubierto por una bata granate de terciopelo, ceñida a la cintura por un cinturón del mismo material y zapatillas estilo mule, les sonríe con una mueca forzada.

Extiende la mano izquierda hacia ellas, mientras la derecha queda detrás de la puerta.

—Padre Nico, siento molestarle a estas horas.

—No es molestia, Chiara… Las estaba esperando. —De pronto, saca la mano oculta por la madera y las apunta con un arma. —Han tardado ustedes demasiado.