CAPÍTULO 28
La llama de la lámpara de gas titila en las paredes de la estancia.
Todos han escuchado el sonido de las bisagras de una puerta al abrirse y una tos impertinente a continuación.
Viene del piso de arriba, aunque también lo escuchan a través de la pared lateral, puesto que la estancia es más pequeña que la cripta.
Chiara acerca la mano a la lámpara para apagarla, pero antes los mira y pregunta:
—No habéis corrido la piedra hasta su sitio, ¿verdad?
Paolo niega con la cabeza.
Chiara se acerca con el candil a las escaleras y las sube con rapidez.
Cuando llega al penúltimo escalón deja la lámpara en el suelo y la apaga.
Luego agarra el hierro con ambas manos ejerciendo fuerza para mover la gran losa de mármol.
El sonido de la piedra al arrastrarse provoca estremecimiento en Valle, que sigue escuchando la persistente tos de Cavellini, cada vez más cerca, hasta que se atenúa porque el cubículo está cerrado.
La oscuridad los ha absorbido. Escuchan los pasos en el piso de arriba.
—Ha faltado muy poco —susurra Chiara cuando regresa a su lado—. He llegado a ver las luces de las linternas, que ya alumbraban la cripta. Debían estar en los últimos escalones. Espero que no hayan oído el ruido de la piedra.
—Solo se escuchaba la tos del capitán Cavellini —responde Valle en un tono más bajo todavía que el de Chiara.
Los pasos en el piso de arriba son de al menos dos o tres personas.
Alguien recalca al capitán que no hay nadie, que han revisado todos los espacios de la iglesia y el convento.
Cavellini, entre otro de sus insoportables ataques de tos, responde que no es posible, que las cámaras de tráfico los sitúan en la iglesia y no se les ve salir.
El ataque de tos le hace terminar la última frase con una respiración profunda que agrava el problema.
Perciben que sus últimas palabras se alejan.
—Aquí ya no estamos seguros —indica Valle cuando todo está en silencio de nuevo.
—Al contrario —responde Chiara encendiendo la lámpara—, ya han revisado esta zona y no nos han encontrado. Este es uno de los lugares más seguros en estos momentos.
—De todas formas —indica Paolo—, no nos vamos a quedar aquí eternamente.
Valle asiente.
—¿Cuál era tu plan, Chiara?
—Debo contaros demasiadas cosas. Es mejor que nos sentemos.
Camina hacia la pared en la que se encuentran los víveres y coge una manta del suelo.
Vuelve con ella y la extiende para que Paolo y Valle se sienten en ella.
Valle lo hace sin pensar, azuzada por el deseo de que Chiara comience con su explicación, Paolo se lo piensa, el olor de la estancia le ha revuelto el estómago y siente que al cerrar la piedra es más fuerte.
Finalmente se sienta y Chiara lo hace también.
—Cuando comencé el proyecto no me imaginaba todo lo que llegaría a descubrir.
Yo admiraba la obra de Bernini y conocía la de Borromini, sabía que había tenido menor repercusión en su época, lo que me instigó a decantarme por él.
Hay demasiados estudios sobre el primero, pero no tantos sobre el segundo.
Siempre me ha gustado el camino difícil.
Chiara sonríe con una mueca pícara y a Valle le recuerda a los días del intercambio, cuando conoció a la italiana y le llamó la atención ese gesto en sus labios.
—Hace un par de meses —continúa—, estando aquí precisamente, en San Carlino, descubrí la baldosa que se movía en el presbiterio, junto al altar.
Aunque en ese momento ya conocía a Valentina y ella me acompañaba a menudo en las horas de investigación movida por su fuerte interés por aprender, ese día estaba yo sola.
—Hemos encontrado ese hueco —afirma Valle—, ¿era ahí donde estaban las reliquias, o en Sant’Ivo?
—Las reliquias se hallaban aquí. Lo de Sant’Ivo os lo cuento ahora, dame un segundo.
El caso es que descubrí los objetos que tenéis vosotros ahora, de otra forma no me hubierais encontrado.
Un documento antiguo, de Borromini, una carta no oficial prácticamente borrada hacía alusión a un escondite en el presbiterio de San Carlos.
Ese documento estaba en la biblioteca del convento. Un par de pisos por encima de nosotros.
Valle extrae el cuaderno de su bolsillo y se lo muestra a Chiara.
—Por desgracia, es lo único que nos queda de todos los artículos que había en el cofre. Por eso está detenida Ilaria.
—¡No! —Chiara se tapa la boca con ambas manos. Su rostro muestra más horror que asombro.
—Ilaria y yo seguimos las pistas que nos dejaste en Sant’Ivo. Encontramos el primer cofre y el segundo. A ella se le ocurrió guardarlas en la caja fuerte de su despacho en la embajada, muy a mi pesar, y allí las robaron.
—No tiene sentido, ¿por qué tomasteis esa decisión?
—Bueno, parecía un lugar seg…
—El papel de Ilaria —interrumpe Paolo antes de que Valle termine la frase —es conectar el mundo de la cultura con el de la comunicación, tomó esa decisión como responsable de la gestión cultural.
—El cuaderno no se lo llevaron porque yo lo cogí antes de que metiera el resto de los objetos en la caja fuerte —aclara Valle—. Gracias a él te hemos encontrado.
Chiara tiene los labios apretados y el ceño fruncido. Piensa durante unos segundos y luego continúa:
—Encontré las reliquias. Al principio no iba a decir nada, pero no era capaz de descubrir qué querían decir los símbolos. No acertaba a descifrar el mensaje. Por eso hablé con Valentina. Ella fue quien dio con la clave de la cripta.
—¿Por qué es eso tan importante? —indaga Paolo.
—El hecho de que haya una habitación secreta aquí… —responde Valle a la vez que Chiara sigue con la explicación.
—Os lo contaré enseguida. Esta habitación solo se nombra en algunas fábulas.
Y aunque os parezca una simple estancia, revela un gran secreto.
—Paolo y Valle la miran gravemente, instándola a seguir—.
Para bajar a la cripta necesitábamos las llaves y durante ese tiempo algo me hacía sospechar que si la Iglesia se enteraba de lo que habíamos encontrado no tardarían en arrebatárnoslo.
Averigüé que había tres juegos de las llaves de todas las estancias, incluidas las de la sacristía, único acceso por el que se puede llegar a la cripta: las que tiene el ministro, las que se guardan para uso del sacerdote que da la misa y las del restaurador.
El resto de los monjes únicamente tienen acceso a las zonas comunes del convento.
Eso me llevó a investigar quién era el restaurador de esta iglesia, dando así con Isaac Arl…
—Tenemos que contarte algo sobre él… —interrumpe Paolo.
—¿Cómo habéis logrado acceder vosotros? Sin las llaves es imposible…
—Eso es lo que tenemos que contarte —indica Valle—. Conocimos a Isaac. Él nos trajo hasta aquí.
—Tenemos sus llaves —añade Paolo—. Es que… Bueno… Es que lo asesinaron esta tarde.
El rostro de Chiara se transfigura. De nuevo se lanza las manos a la cara como signo de sorpresa. Luego deja una de ellas con los dedos haciendo presión sobre la frente.
—Bueno —dice finalmente, juntando las manos sobre su regazo—. Puede que sea lo mejor.