El secreto de Olimpia CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La tenue llama del encendedor apenas alumbra medio metro alrededor de ellos.

—He oído historias, nada ratificado, de que Borromini construyó en la cámara funeraria una habitación.

Paolo mira a su alrededor. No ve nada destacable y lo que ha intuido bajo sus manos al deslizarlas por la pared no le da ninguna pista sobre una posible puerta.

—¿Quizás en el centro de la sala? —pregunta, achinando los ojos para intentar vislumbrar algo en la oscuridad.

—No, este lugar es completamente diáfano, salvo por esto —Valle señala lo que parece un altar. Le coge el encendedor a Paolo y lo alumbra. Rodea su cuerpo con la llama y piensa. Trata de recordar las fotografías en los libros de historia.

—Si hubiéramos venido durante el día, sería más fácil —reprocha Paolo—.

¿Cómo estará Ilaria? No puedo dejar de pensar en ella…

No me creo que sea culpable, pero alguien la llamó desde la embajada…

Alguien que sabía su número. Y ella dio el código de la caja fuerte…

Eso… es seguro… ¿No piensas que pudo ser alguien de dentro?

Tiene que ser alguien de la embajada. No me cabe duda.

Pero ¿quién? … Hay demasiadas personas en la embajada… Puede haber sido cualquiera…

El encendedor se apaga a la vez que Valle emite un leve quejido.

—¿Te puedes callar? Me he quemado. Me estás poniendo nerviosa.

Vuelve a iluminar, después desliza sus dedos por la junta de la losa horizontal de mármol del altar sobre las verticales. Le devuelve el mechero y, con las dos manos, hace fuerza para deslizarla.

El eco del corazón, en la oscuridad, le impide oír otra cosa.

Paolo sacude la cabeza, está convencido de que es un error.

Le ha parecido escuchar un ruido al otro lado de la piedra, unos metros por debajo.

La mirada de Valle le confirma que no se equivoca.

Guarda el mechero y pone las dos manos sobre el mármol para ayudar a empujar.

Cuando lo hacen, se mueve unos centímetros y un pequeño halo de luz destellea hacia ellos.

Alentado por el pequeño cambio, empuja con más fuerza hasta dejar la losa girada en oblicuo sobre una de las partes.

Saca el encendedor y alumbra con él el hueco que han descubierto.

—¡Madre mía! —exclama Valle.

Por debajo de las piedras verticales nace una estrecha escalera.

El leve resplandor titilante se extingue. Ellos se miran.

—Hay alguien —susurra Valle. Él niega con la cabeza—. Deberíamos bajar.

Paolo sacude la cabeza de forma enérgica.

—Las pistas del cuaderno nos llevan hasta aquí. Hemos descubierto un acceso secreto. Debemos explorarlo. Si no vienes, iré yo.

Valle escala la piedra vertical y estira la pierna hasta dar con la punta del pie en el primer escalón.

Él le ilumina el camino. La llama flamea entre las paredes.

Paolo le señala un hierro grueso que sobresale de la zona central de la piedra.

Ella asiente, lo esquiva contorneando el cuerpo y desciende.

Se detiene cuando quedan un par de escalones para llegar al final.

Lo mira y él piensa unos segundos, después la sigue, apagando el mechero cada cierto tiempo para refrescar la piedra.

En el tercer escalón se gira hacia el hierro y se plantea si cerrar el cubículo, pero la sensación de asfixia le hace cambiar de idea.

Al llegar abajo, pueden apreciar el hermetismo de una estancia sin ventilación. Paolo da un paso adelante para iluminar. Es un recinto de apenas dos metros por dos. En una de las paredes pueden distinguir una figura.

—¿Una estatua? —susurra Valle, sobrecogida por el miedo.

—No. Valle. Es una persona…

—¿Valle? —pregunta la sombra, con voz de mujer.

Paolo se acerca más, el encendedor por delante, iluminándola. Valle lo sigue, hasta que ve el rostro de la figura.

—¿¡Chiara!? —grita. Después corre hacia ella, que está todavía contra la pared, con las manos apoyadas detrás de la espalda.

El eco de las paredes devuelve el nombre de la amiga de Valle. El fuerte olor a humedad combinado con un olor acre provoca en Paolo una náusea.

—¡Creíamos que podías haber muerto! —exclama Valle—. No te imaginas cómo me alegro de verte. Cuánto tiempo… Y estás bien…

Se suelta del abrazo y da un paso atrás para observarla.

—Espera —indica Chiara—. ¿Dónde está Ilaria?

Se acerca a la pared lateral y busca a tientas.

—A Ilaria la han detenido, Chiara.

Una llama les deja ver una lámpara de gas.

—Estás bien preparada… —señala Paolo —. ¿Cómo has sobrevivido aquí?

Chiara señala un pequeño montón en el suelo, cerca de la lámpara, pero prácticamente fuera del círculo que ilumina. Se esfuerzan por ver y distinguen agua, bollos, fiambre… Y un cubo en una esquina, el origen del hedor acre que les incomoda.

—Paolo, me alegro de verte. —Él asiente—. He salido en algunos momentos, también. Siempre de noche. ¿Qué le ha ocurrido a Ilaria?

—¿No tenías miedo de que te localizaran aquí? —pregunta Valle—. Si alguien hubiera encontrado o conociera la existencia de esta habitación y hubiera bajado… Estabas acorralada.

—Tengo mucho que contaros. Pensé que no me encontraríais. Y era demasiado peligroso salir. Además, quería que vivierais algunas cosas antes de que os revele lo que averiguamos Valentina y yo.

—Tus padres —interrumpe Valle— fueron al forense a identificar el cadáver.

—Siento mucho que piensen que he fallecido —replica Chiara—, pero no me arrepiento. Mejor que hayan pasado por eso y no sea la realidad. Valentina…

—Este tiempo hemos tenido la incertidumbre de no saber nada de ti. No sabíamos si habías muerto. ¿Por qué pusiste tu documentación en el cuerpo sin vida de Valentina?

Cuando Chiara va a responder, un ruido en la parte de arriba la hace callar.