El secreto de Olimpia CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La noche ha caído por completo y apenas son las siete y media de la tarde.

—¿Un mapa? Valle, no entiendo.

—Un plano, o un mapa, con directrices para seguir.

—Es una locura. ¿Para seguir?

—Si las seguimos, nos llevará a algo. Estoy segura. No tenemos nada más. Chiara sigue desaparecida y nos buscan a nosotros. La policía nos encontrará y nos acusará de todo esto como ha hecho con Ilaria.

Paolo la mira con severidad. Busca sus ojos a través de los grandes cristales enmarcados con pasta roja y se detiene en ellos. Aprecia el iris castaño con puntos más oscuros.

—Vayamos.

—Tenemos que bajar a la iglesia. A estas horas estará cerrada.

—¿Y si han dejado a alguien vigilando?

—No tenemos otra opción.

Sigilosos, desandan su camino hasta la cancela que da entrada a las escaleras, abriendo y cerrando las puertas a su paso.

La iglesia está desierta y oscura. Solo la tenue luz de la luna colándose por la linterna y los ventanales y las anacrónicas luces de emergencia les proporcionan una suave iluminación. Observan a un lado y al otro, no parece que haya nadie.

Paolo selecciona la llave y las bisagras de la cancela irrumpen con su chirrido, que rebota contra las ondulaciones de las paredes, reproduciéndose algunas veces antes de apagarse por completo.

Los corazones se aceleran. Antes de cerrar de nuevo, Valle pone una mano sobre el hierro, haciendo presión hacia abajo, procurando que esta vez la verja se queje menos. Aun así, el ruido es llamativo.

En el pasillo lateral de la pequeña iglesia, Valle saca el cuaderno y señala el primer dibujo.

Una paloma con las alas abiertas. Se lo enseña a Paolo y le indica con el dedo el dibujo central de la cúpula.

Él se encoge de hombros levemente, pero entonces ella le señala un pequeño punto al final del ala izquierda de la paloma.

—Esto marca que debemos ir al otro pasillo —susurra ella—, al de enfrente.

—Estupendo —responde Paolo con sarcasmo. Caminan entre los bancos hacia la nave principal y antes de cruzar el pasillo central miran a su alrededor, agachados. Valle le coge la mano y tira de él hasta la fila de bancos al otro lado.

—Venga, ¡vamos!

Desde ahí, mira de nuevo la hoja del cuaderno.

Reproducen las decoraciones de las columnas, hornacinas, nichos y altares de las paredes laterales de la nave principal.

Resbala su vista por las curvas de la iglesia, desde el lado izquierdo hasta el presbiterio y volviendo por el lado derecho.

De nuevo siente cómo la frontera del espacio físico se diluye.

Un leve vahído la invade. Pone la mano sobre el respaldo, después continúa deslizando la mirada hacia la cúpula, buscando alguna diferencia.

Ambos lados son iguales. El dibujo de la hornacina que figura al final de la página se representa con una celosía sobre ella, así que corresponde a uno de los laterales que enmarcan el presbiterio, justo al lado de una de las dos grandes columnas. Sacude la cabeza.

—Solo sé que es en este lado por el pequeño punto que hay en el ala de la paloma. El resto es completamente igual en ambas partes.

Paolo asiente y busca con la mirada para localizar la hornacina. Ve la que queda enfrente, exactamente igual, los confesionarios, las pinturas que decoran las paredes. Vuelve la vista hacia el cuaderno, no ve nada que pueda aclararle hacia dónde tienen que ir.

El espacio es imposible de abarcar, los ojos de Valle no logran fijarse en un punto concreto, su cerebro busca constantemente sin encontrar respuesta.

Su sentido del equilibrio se altera y un leve mareo la obliga a cerrar los ojos.

Aunque está de pie, le da la impresión de estar flotando.

Cuando se siente un poco mejor desliza la mirada por las geometrías de los muros, que se repiten hasta el infinito.

Intenta concentrarse en una figura concreta, pero descubre de nuevo que no hay un principio ni un final.

Sus ojos han entrado en la órbita de la elipse sin lograr detenerse.

Saturada, no logra recrear el mapa del espacio.

Como consecuencia se desorienta y entra en un estado similar al de un desmayo.

Con los ojos cerrados, pretende que la cabeza se detenga, que deje de dar vueltas.

Cuando logra estabilizarse, pasa la página. Hay un plano de la planta de la iglesia. Solo patente por un rectángulo que parece el presbiterio, con la línea que dibuja la pared trasera más marcada.

—Vayamos al altar.

Allí, toca en la pared el fresco que representa la Gloria de San Carlos Borromeo. No encuentra ninguna irregularidad. Se aparta unos centímetros y alza la vista, pensando que quizá lo que busca estará en altura, o que se trate de la misma pintura. Después de unos minutos, sacude la cabeza.

—No sé, Paolo. No entiendo qué nos quieren decir estos dibujos.

Guiada por lo que han visto en Sant’Ivo, revisa el suelo. Levanta la alfombra y descubre el pavimento decorado con figuras geométricas. Revisa cada baldosa hasta que encuentra un par con menos masa de rejunte en los bordes. Pisa una y otra. Nada.

Vuelve a repasar con la mirada el perfil curvo de las paredes y se marea de nuevo. Esta vez, cae al suelo.

—Per l'amor di Dio! [57] —exclama Paolo agachándose a su lado.

—Estoy bien —indica ella sentada—, ha sido un vértigo leve.

Valle recuerda aquel día del internado. Ella en el suelo, las compañeras haciendo círculo a su alrededor.

Es un recuerdo recurrente, a veces lo revive en sueños.

Ese círculo se va ensanchando hasta que entre las cabezas aparece la madre superiora.

Esta vez no es así. Tiene los ojos cerrados, aunque ha dicho a Paolo que está bien, siente que la cabeza le da vueltas.

El círculo se agranda, las personas que la rodean son cada vez más, desde el suelo siente la asfixia, que contrasta con las respiraciones crecientes de las demás.

Entonces una cabeza se hace hueco con calma entre el resto. Es el rostro de un hombre.

Se tumba en el suelo. Paolo le está sosteniendo la mano y le coge el cuaderno. Siente el aire sobre su cara. Abre los ojos y ve que la está abanicando.

—Ya, ya. Un momento —dice, aturdida.

Toca con las manos a su alrededor. Bajo su cuerpo siente una baldosa moverse.

—Ayúdame —pide mientras se incorpora despacio.

Se sienta junto a la baldosa y mete las uñas para levantarla. Al no poder, Paolo coge una de las llaves y rasca la masilla. Luego hace palanca.

La baldosa se mueve unos centímetros, que Valle aprovecha para meter un dedo y ejercer fuerza, luego, con el resto, quita la baldosa.

Ante sus ojos se descubre un cuadrado de mortero a la cal, blanco, roto, debajo, un hueco.

No hay nada.

—Es posible que aquí estuvieran los objetos del cofre —señala abatida.

—No hay nada más.

—Es posible que esté confundida. Esto no nos lleva a ninguna parte.

Contempla el cuaderno, todos los bocetos. Se detiene en el último, el de la planta de la iglesia con el altar.

—Un momento…

—¿Qué?

—La cripta…

Paolo la mira encogiéndose de hombros.

—¿Qué ocurre con la cripta?

—La cripta tiene una planta oval, como la iglesia. El altar está en el mismo lugar. —Echa un vistazo a su alrededor. —¡Claro! Tenemos que bajar a la cripta. Por eso marca la parte derecha. Si no recuerdo mal, a la cripta se accede desde unas escaleras que hay detrás del altar.

Se levanta y camina decidida hacia el pasillo lateral derecho, por donde se entra a la sacristía.

—El acceso a la cripta se encuentra debajo del altar mayor. Originalmente se bajaba por una escalera pequeña en el lateral. Yo nunca he podido entrar, hace falta un permiso especial que dan con antelación para visitas académicas o restauraciones.

La puerta de madera que da a la sacristía está cerrada, Paolo busca en la oscuridad entre las llaves y acierta con la que abre a la segunda.

Ante ellos se descubre la dependencia a un lado y una escalera estrecha al otro, el final de esta no se aprecia por la oscuridad.

Él señala hacia la escalera y ambos se sonríen.

Valle desciende despacio, tanteando los escalones con el pie para no caer.

Percibe que Paolo se detiene. Y ella también lo hace.

Entonces oye el chasquido del encendedor y una pequeña llama ilumina el camino sutilmente.

El fuerte olor a humedad y el reflejo de la lengua de fuego en las paredes la transportan a otra época, al origen de todo.

Con el cuaderno en la mano se siente protagonista de la historia, caminando por los mismos lugares por los que lo hiciera Borromini en su día.

—¡Aquí no se puede respirar! —exclama Paolo, saturado por el olor.

Ella le chista para que calle. El corazón le late con fuerza. Oye los pasos del asistente a su espalda, inseguros, y siente que su presencia la tranquiliza. Paolo suelta la pieza que exhala el gas de vez en cuando para dejar que el mechero se enfríe.

Cuando llegan a la cripta, les absorbe una oscuridad total. La llama apenas ilumina un par de pasos por delante de ellos. Valle se acerca a una pared y la continúa, poniendo las manos sobre ella, resbalando sobre los nichos y dando zancadas cortas a un lado. Él la sigue en la penumbra.

—La cripta —susurra Valle— fue proyectada por Borromini como tumba monástica y como espacio simbólico de tránsito entre la vida terrenal y la gloria divina.

Era profundamente religioso. Quería ser enterrado aquí, bajo el altar mayor, en la iglesia que consideraba su creación más personal.

Según dicen, su sobrino decidió tras su suicidio inhumarlo en la iglesia de San Giovanni dei Fiorentini, junto a su tío Carlo Maderno, quien fue su maestro.

Quiso así evitar el escándalo público que rodeó su muerte.

No es un hecho probado, según los documentos lo pidió el mismo Borromini en su testamento.

—Hubiera sido lo mismo en un sitio que otro.

Valle llega, a pasos cortos, al fondo de la estancia. Ve el óvalo que marca el ángulo de la elipse. Da un paso más y tropieza con el pequeño altar.

—Ilumíname a tu alrededor. Gírate y da un paso al frente.

—Es una estancia vacía, Valle. Solo es el altar.

—No. Es una cámara funeraria.