OLIMPIA
Me llamaron de la residencia de mi iaia y tuve que ir, pues papá está de viaje de trabajo.
Tiene bronquitis y la han ingresado en el hospital.
Hoy he retomado la lectura después de dos días.
Una vez vi que todo se estabilizaba, después de pasar por mi casa a por ropa y enseres para el aseo, volví al piso de mi tía a recoger el manuscrito.
También puse agua y comida a Dovela, ¡pobrecita!
No estoy acostumbrada a tener animales y ni siquiera me había acordado de ella.
Le limpié el arenero y allí, en el balcón, mirando escasos metros por debajo a la calle, pensé que ha podido bajar en estos días al cubo de basura a cazar algo para comer.
Ha llovido, habrá bebido agua de los charcos.
O quizá alguien se haya apiadado de ella.
Cuando llegué al piso estaba al sol en el balcón, sucia como nunca, lamiéndose el pelaje color avellana, que tenía manchas negras; tenía restos de aceite de motor también en las patas, así que la llevé al veterinario para que la limpiaran bien y le hicieran una revisión.
Está mejor que yo. Le dejé comida y agua suficientes, su balconcito abierto para que pueda ir a su antojo de un lado a otro, y me vine al hospital para estar con mi iaia, que ahora duerme, tranquila, mientras yo escribo estas líneas y me dispongo a retomar la lectura.
Al tomar distancia con la narración, me he dado cuenta de lo limitada que estaba Serena Moretti al escribir la historia.
Pienso que es bastante fiel a lo que ocurrió, pues, aunque la haya relatado en tercera persona, casi todo el tiempo ofrece el punto de vista de mi tía Valle.
También me resultan agradables sus descripciones arquitectónicas, siempre vistas desde la belleza como conductora de los sentimientos y la magia.
Sobre los capítulos del pasado, obviamente son fábulas con el rigor histórico imprescindible, pero me gusta la forma en la que Serena ha canalizado lo que mi tía le tuvo que narrar, pues, por poner un ejemplo, describir el arte desde el prisma de Borromini, dejando filtrar por las fisuras de las frases su tremendo sufrimiento por plasmar las sombras que siempre veía por encima de las luces, me parece un ejercicio difícil que solo puede realizar alguien con un gran conocimiento de la obra del maestro y una gran sensibilidad.
Serena es periodista, no lo olvidemos, no tiene una formación como la de tía Valle o la mía, pero todos somos sensibles a la belleza y, por supuesto, acompañados de los conocimientos adecuados, podemos sentirla y hacerla nuestra.
Esto era algo que yo siempre discutía con papá cuando decidí elegir Historia del Arte como carrera universitaria.
Él, tan lógico, estructurado y analítico, con una mente capaz de verificar, contrastar y demostrar, no entendía que yo quisiera estudiar algo tan abstracto en lugar de basar mis aprendizajes en una carrera que sostuviera el método y la lógica por encima de todo.
Decía que podía disfrutar de la belleza sin dedicarle toda una vida.
Además, por supuesto, de la preocupación de todo progenitor por asegurar un buen salario para el futuro; ser historiadora le parecía literalmente comprar un boleto de lotería.
Este pensamiento se ha enlazado con recuerdos.
¿Cómo veía mi padre a su hermana Valle? Ella era una historiadora con una reputación digna de reconocimiento por su parte.
Es difícil alcanzar el pico de la pirámide en un campo como el nuestro, pues las salidas de nuestra carrera suelen terminar sacrificando la vertiente contemplativa por una más práctica.
En resumen, la carrera de Historia del Arte se sostiene sobre dos pilares complementarios: la belleza, que enseña a mirar, comprender y sentir el arte; y la práctica, que instruye sobre cómo investigar, proteger y comunicarlo.
No pocos compañeros de mi promoción han terminado con empleos mediocres en cuanto a la versión sensible, pero con cierta dignidad en su reporte económico.
Que tía Valle no terminara de profesora en un instituto o facultad era algo que yo admiraba de ella, sobre todo porque lo logró sola.
Yo tuve la suerte de tener su apoyo y sus contactos, me introdujo en su círculo con cierta rapidez y he tenido la suerte de trabajar en proyectos de investigación sublimes, lo que ha alimentado mi alma y mi cuenta corriente a partes iguales.
Ella no tuvo esa suerte. Cuando la enviaron al internado, perdió el contacto con mi iaia y mi padre.
Cuando salió, con dieciséis años, no era la misma persona.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que tía Valle alcanzara la distinción laboral que Valle Moliner tenía.