El secreto de Olimpia CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El eco de la voz de Chiara con la dramática frase sigue rebotando en las paredes.

—¿Cómo puedes decir eso? —pregunta Valle horrorizada.

—Isaac era la única persona a quien le conté, además de Valentina, que había descubierto unos objetos.

Le rogué que nos dejara bajar a la cripta porque habíamos averiguado algo importante.

Quiso saber qué era. Por suerte, no se lo dije.

Nos dejó acceder a la cripta y un día que nos dejó solas hice copias de las llaves para poderme mover con libertad sin que él estuviera presente siempre.

Sin embargo, unos días después me di cuenta de que me seguían.

Hasta que decidí esconder las reliquias en Sant’Ivo.

Ese día creí que no me habían podido vigilar.

Quedé con Valentina en la iglesia. Ella se había empeñado en venir.

—La voz de Chiara se vuelve temblorosa—.

Cuando me estaba ayudando a hacer el agujero bajo la losa del altar escuchamos un ruido.

Nos separamos. Pude ver cómo el asesino la seguía a ella.

Se pone las manos en la cara y solloza.

—Lo siento muchísimo —dice Valle, pasándole la mano por la espalda.

—No tendría que haber sido ella. —Se limpia las lágrimas con la mano.

—No tienes la culpa.

—Es inevitable.

—Viste a su asesino —afirma Paolo.

—Sí, y no. Llevaba capucha y un suéter de cuello alto que le tapaba hasta debajo de los ojos.

Si lo volviera a ver sería capaz de reconocerlo.

De todas formas, es inútil. Nos seguían diferentes personas.

Esto no es cosa de alguien que quiere las reliquias para beneficiarse de forma económica o porque profese un gran amor al arte.

Detrás de esto debe de haber una gran organización.

Al principio pensé que sería la Iglesia, pero no he logrado averiguar nada más.

Ese día lo preparé todo para que pudierais encontrarme.

Era muy importante para mí que todo ocurriera de esta forma, que llegarais a mí a través de las indicaciones del cuaderno.

Mi plan era que Ilaria y tú lo consiguierais.

—No hubiéramos llegado de no ser por las llaves de Isaac. Además, ¿para qué? No tiene sentido, Chiara. ¿Nos viste en Sant’Ivo?

—Todo inició en esa iglesia. Envié una carta a Ilaria cuando me supe en peligro.

Después de que el asesino modificara la posición del cuerpo de Valentina, os puse las pistas.

No estuve allí el día que llegasteis. El lugar iba a estar repleto de policía, así que la misma noche en que ella murió, cambié su documentación por la mía, lo hice por ganar algo de tiempo.

El asesino pensó que era yo, no podía conocer la existencia de Valentina y teníamos los bolsos detrás del altar.

Es cierto que la casualidad estuvo de mi parte.

Ella y yo tenemos aproximadamente la misma constitución y llevábamos el pelo muy parecido.

En realidad, era mucho más joven, pero creo que el asesino no se dio cuenta de ese detalle.

—Tenía un gran golpe en el lateral de la cabeza —interrumpe Valle—. Posiblemente la sangre cubrió su rostro.

—Cuando fuisteis a Sant’Ivo, yo estaba en la calle.

Os vi entrar y salir. Y vi cómo Isaac os seguía.

Ese descerebrado sabía que teníamos algo y lo quería a toda costa.

Pero no fue él quien asesinó a Valentina.

De hecho, si decís que lo han asesinado…

Bueno… Eso demuestra que hay alguien más implicado.

Además, vi que él no era el único que os seguía.

—¿Nos seguían más personas?

—Os seguía una mujer. Después pensé en ir a la embajada, incluso a casa de Ilaria, pero tenía tanto miedo que no he conseguido moverme de aquí.

—Si te hubieran encontrado… —piensa Valle en voz alta, la vista perdida en la pared de las escaleras—. No hubieras tenido escapatoria.

—Confiaba en que el cambio de identidad me daría tiempo. Y en que encontrarais las pistas y supieras descifrar el plano que contiene el cuaderno.

—No ha sido fácil.

—Después de que estuvierais, revisé que hubierais encontrado la llave y el cofre.

—Perdón —indica Paolo levantándose—. Necesito ir al baño.

Las dos lo miran asombradas. No podría haber elegido peor momento. Chiara le señala el cubo que hay en la esquina y él siente el olor acre clavándose en su nariz. Niega. —Voy fuera.

—En la sacristía hay un baño —indica Chiara.

—¿Sabrás cómo ir? —pregunta Valle.

Él se encoge de hombros.

—Cuando termines de subir —explica Chiara—, giras tu cuerpo noventa grados a la derecha. Después sigues hasta la pared frontal y a otros noventa grados a la derecha estarán las escaleras.

Las dos amigas se quedan solas mientras él se marcha. Pueden oír el ruido de la piedra al deslizarse y los pasos en el piso superior.

—¿Confías en él? —pregunta Chiara.

A Valle le asombra que Chiara cuestione a Paolo.

—Tú lo conoces mejor que yo, ¿no?

—Sí. Bueno, tampoco tanto, Valle, pero he coincidido con él las veces que he visto a Ilaria, pues siempre va con ella.

—Es de confianza —decreta Valle, pero por un momento duda de si se está dejando llevar por sus sentimientos—.

Hace un momento me estaba diciendo que sospecha que pueda ser alguien de la embajada.

Las reliquias desaparecieron de la caja fuerte del despacho de Ilaria.

Ella recibió una llamada desde allí en el mismo momento en que se perpetraba el robo.

Es casi evidente que dio la clave de la caja fuerte.

Eso ha provocado que la detengan y que la estén tratando como sospechosa de la muerte de Valentina.

—Pero eso es absurdo. Ella no puede haberlo hecho.

—No, materialmente. Tú viste que era un hombre. Pero ¿crees que podría haber sido la autora intelectual?

—Un poco absurdo, si tenemos en cuenta esa llamada, ¿no? Prácticamente se auto incrimina.

Valle asiente. El cansancio ha comenzado a hacer mella en su mente y le cuesta pensar.

—¿Me puedes dar un poco de agua?

—Era necesario —dice Chiara levantándose y tomando una botella pequeña— que fuera de esa forma porque lo que descubrí con la investigación es tan extraordinario que no me ibais a creer.

Escuchan pasos de nuevo y callan. Valle agradece en silencio la frescura del agua bajando por su garganta y el leve dolor de cabeza se atenúa.

Después de oír cómo la piedra se desliza de nuevo sobre la base, escuchan los pasos, que bajan la escalera y ven la ligera iluminación que provoca la llama del encendedor.

Cuando se detienen, de nuevo la piedra se mueve.

Paolo llega hasta ellas, Valle sentada y Chiara de pie a su lado.

—Chiara me estaba diciendo que era importante que llegáramos a ella de una forma determinada.

—Dime una cosa —pide Chiara a Valle, tendiéndole la mano para que se levante—. ¿Has experimentado mareos ahí arriba? —Señala con el dedo sobre su cabeza. Valle asiente—. ¿Y puede ser que hayas tenido la sensación de deja vú, o incluso algún recuerdo profundo?

Valle vuelve a asentir. Las palabras de su amiga la sobrecogen.

—¿Qué quieres decir?

Chiara no responde, se agacha sobre la lámpara y la toma por el asa. Se acerca a la pared en la que se encontraba cuando ellos bajaron las escaleras y la alumbra.

—Pero… ¡¿qué cojones?! —exclama Valle.

—Caspita! [58] —profiere a la vez Paolo.