El secreto de Olimpia CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Las voces son tan elevadas que los han podido escuchar desde la habitación en la que se encuentran.

Pueden distinguir la desesperación de Cavellini cuando brama que deben estar ahí, pues ya han revisado todas las habitaciones.

El ministro responde con voz pausada que la iglesia es grande y que hay estancias que todavía no han revisado, que no es posible que se encuentren ahí, pues hacen falta llaves para acceder y es imposible que esas personas las tengan, pues no son el restaurador oficial.

—Se han detenido —indica Paolo, con la oreja pegada a la madera de la puerta.

—Sí. —Valle está colocada de la misma forma que él, con el rostro en su dirección. Puede percibir su aliento cálido y suave y el ligero aroma dulzón de su tabaco.

Cuando Paolo y Valle se sienten, al fin, a salvo:

—Ma apra prima questa porta: voglio dare un'occhiata [49] —añade el capitán para decepción de los fugitivos.

La mirada desesperada de Valle hace que Paolo tome una decisión.

Escuchan el enfado del ministro, que acusa de agravio contra su persona al policía.

El trinitario busca en el manojo de llaves hasta dar con la correcta.

Cavellini entra enfurecido y repasa la estancia con un vistazo rápido, pero efectivo.

El sonido entrecortado de la radio da paso a una comunicación:

—Capitano, abbiamo localizzato l’aggressore, è trattenuto nell’auto di servizio. [50]

—Dove? [51]

—All'inizio di Via Rasella. [52]

—Portatelo in questura e aspettatemi lì. Sarò lì tra un'ora. [53]

Cavellini se da la vuelta y sale.

El trinitario cierra la puerta a sus espaldas.

Valle y Paolo, agachados en el pequeño armario de madera oscura, encogidos entre la ropa litúrgica, aguardan unos segundos antes de salir. Ella se ha aferrado a los brazos de él porque siente tan fuerte el latido en sus oídos que piensa que se va a desmayar.

—Vamos, ya se han ido —susurra él, dándole a continuación un beso en la frente y abriendo el armario despacio, por si fuera una trampa.

Se escuchan las sirenas de los coches de policía alejándose.

Extrae de su bolsillo el cuaderno y lo coloca sobre el tocador. Del otro saca su móvil, completamente roto y que no se enciende. Lo guarda en el bolsillo de nuevo.

Paolo toma su teléfono y lee los mensajes de Ilaria mientras deja el pesado llavero en el tocador.

—Valle, ha ocurrido algo muy grave.

El móvil de Paolo tiene varias notificaciones de llamadas y mensajes sin leer cuando Valle se acerca a ver lo que él le está diciendo.

—Mira, me ha escrito varias veces.

Valle los lee en voz alta:

—Tengo que hablar contigo… Paolo, llámame en cuanto puedas… Tampoco consigo hablar con Valle… Paolo, necesito que me llames, ha sucedido algo terrible.

Paolo llama de inmediato a Ilaria, pero ella no responde, pese a que lo intenta varias veces.

Después, escribe un mensaje pidiéndole que le cuente qué ha pasado y que lo llame.

También le dice que el teléfono de Valle se ha roto.

Después, se sienta en el diván y se levanta la pernera del pantalón. Tiene una herida en la rodilla derecha.

—Localizarán el coche, Valle. Esperaremos a que se haga de noche y nos marcharemos.

—¿Estás bien?

—Es solo un graffio . [54]

Sobre una de las estanterías hay una caja de pañuelos de papel, Valle coge un par y se los da a Paolo para que se limpie la herida.

Mira en el baño, pero no hay botiquín. Al pasar por delante de la ventana, que da a la calle lateral en la que se escondieron antes de entrar, oye las sirenas de los coches de policía llegando.

Se acerca y retira la cortina blanca un par de centímetros; ve varios coches oficiales y reconoce el de Cavellini.

—¿No crees que si habláramos con él…? —dice, girándose hacia Paolo. La mueca de él llama su atención. —¿Qué ocurre?

Tiene la vista puesta en la pantalla y desliza con el dedo.

—Algo muy grave, Valle.